Abandonar el Acuerdo Transpacífico podría ser una mala idea

A estas alturas parecería inofensivo acabar con el Acuerdo Transpacífico (TPP, por su sigla en inglés).

Tiene muy pocos amigos en Washington. Incluso Hillary Clinton, que alguna vez lo calificó como el “gold standard“, o punto de referencia, de los acuerdos comerciales, aparentemente ha cambiado de opinión.

Un análisis de la Comisión de Comercio Internacional de Estados Unidos concluyó que el acuerdo le daría un empujoncito a la economía estadounidense: dentro de 15 años le añadiría 42,7 mil millones de dólares al producto interno bruto y produciría 128.000 nuevos empleos. Pero esto es insignificante comparado con una economía que ya genera 18 billones de dólares al año.

El acuerdo aumentaría salarios, según la comisión. Pero solo en un 0,19 por ciento. Los trabajadores con escasa educación se quedarían con el 25 por ciento de la modesta ganancia económica, mientras que un 41 por ciento le tocaría a los trabajadores calificados y el 34 por ciento a los empresarios.

Si esto constituye el mejor argumento que se puede hacer a favor del acuerdo, no es muy contundente.

En un contexto político en el que los hombres blancos estadounidenses con bajo nivel educativo que conforman una gran parte de la clase trabajadora se han volcado a favor de las propuestas de Donald Trump de erigir un muro contra México, prohibir la entrada a los musulmanes y bloquear los productos hechos en China, incluso los más elocuentes defensores del orden comercial liberal se están preguntando si la campaña de Washington a favor de la globalización se pasó de la raya.

“Quizá tengamos que renunciar a la retórica de las fronteras abiertas, el libre flujo de capitales, el libre comercio”, comentó Eswar Prasad, profesor de política comercial en Cornell. “Quizá sea mejor dejar de insistir por un tiempo, porque la reacción contra esta agenda podría ponernos en una situación mucho peor”.

El problema es que si decidimos darle la espalda al acuerdo —cuyo objetivo es reducir los aranceles y establecer reglas de negocios en una docena de países de la cuenca del Pacífico— ¿qué pasará? Si se retira Estados Unidos, el TPP se desbarata. ¿Es mejor esta alternativa?

Al igual que la administración de Bill Clinton y la de George H. W. Bush, la diplomacia comercial de la administración de Obama no se reduce a aumentar el acceso a mercados extranjeros y promover los intereses de las empresas estadounidenses.

Uno de los objetivos centrales del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) era promover el desarrollo y la estabilidad económica en México. Aceptar a China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) fue parte de una estrategia para incorporar a la nación más poblada del mundo al orden capitalista de las democracias occidentales, regido por reglas comunes.

Ni que decir que ninguna de estas estrategias funcionó a la perfección. La entrada en vigor del TLCAN no impidió que una devastadora crisis económica estallara en México, solo unos meses más tarde. Por supuesto, no hizo que parara la inmigración de indocumentados. Al contrario de las predicciones optimistas de Washington, China no ha aceptado la democracia, y en muchas ocasiones ha encontrado la forma de darle la vuelta a las normas comerciales y manipular su moneda.

La estrategia globalizadora también ha causado verdaderos daños colaterales en la clase obrera estadounidense. Al eliminar el riesgo de que el gobierno de Estados Unidos pudiera aumentar a su antojo los aranceles contra las importaciones chinas, el ingreso de Pekín a la OMC desencadenó una oleada de inversiones estadounidenses en China que acabó diezmando millones de empleos en la industria manufacturera de Estados Unidos.

No obstante, a pesar de estas críticas, debe considerarse qué habría pasado de no haberse aprobado estos acuerdos. ¿Como sería ese mundo alternativo?

Los beneficios de la integración de México a las cadenas de suministro de América del Norte son claros. El TLCAN ayudó a modernizar la economía mexicana y le ofreció empleos a muchos trabajadores que abandonaron el improductivo sector agropecuario. Sin el TLC, la inmigración indocumentada a Estados Unidos pudo ser mayor.

El argumento de que era indispensable incorporar al orden capitalista a la que, inevitablemente, será la mayor economía del mundo tenía mucho sentido.

“Las relaciones con China hubieran sido peores si no se hubiera incorporado a la OMC”, enfatizó Kenneth Lieberthal, experto en China que trabajó en el Consejo de Seguridad Nacional del presidente Bill Clinton. “Cada desacuerdo económico y comercial habría sido un desacuerdo bilateral y China no habría abierto su economía”.

Sin duda tiene que replantearse la agresiva agenda globalizadora implementada por Estados Unidos durante los últimos 50 años. Para empezar es necesario cumplir la promesa, vacía hasta ahora, de que parte de las ganancias que reciben los ganadores de la apertura comercial serán usadas para compensar a los perdedores. Eso implica invertir en capacitación, ofrecer subsidios a trabajadores de bajos ingresos y esquemas similares.

También es necesario repensar los principios básicos de los acuerdos comerciales, incluyendo la forma en que se utilizan las normas internacionales para restringir las decisiones democráticas de cada país. No importa que facilitar el acceso de empresas estadounidenses a los mercados mundiales pueda generar beneficios económicos ulteriores para la economía estadounidense. En el contexto político actual es inviable diseñar una agenda comercial en defensa de los intereses corporativos.

Como explica Dani Rodrik, profesor de economía en Harvard: “Una vez que se aceptan los términos que imperan en la discusión, como por ejemplo, que las negociaciones comerciales se tratan de otorgar mutuo acceso al mercado, que la globalización financiera es una meta atractiva para todos, que el Congreso solo puede tener influencia limitada en los acuerdos comerciales, etc… entonces el terreno de juego se inclina a favor de esos intereses particulares”.

De acuerdo ¿pero todo esto justifica rechazar el Acuerdo Transpacífico? Hay que admitir que el acuerdo repite algunos de estos pecados. En particular en lo que se refiere a la protección de los intereses de la industria farmacéutica. Pero también es cierto que, comparado con los estándares de acuerdos anteriores, este protege un poco más los intereses de los trabajadores.

“Queremos garantizar que los beneficios del comercio lleguen a un espectro amplio de la población”, afirmó Michael Froman, embajador comercial de Estados Unidos. “No todos los acuerdos comerciales anteriores lograron satisfacer las necesidades del público en general”.

En el TLC, los convenios relativos a mano de obra y medioambiente fueron adiciones de último momento, mientras que en el Acuerdo Transpacífico son una parte central.

Quienes critican los términos en que China se incorporó a la OMC deberían darle la bienvenida al acuerdo del Pacífico. “El TPP es un antídoto”, subrayó Nicholas Lardy, experto en China del Instituto Peterson de Economía Internacional. “Ofrece un estándar más elevado e incluye más protecciones” para las empresas estadounidenses y sus empleados.

También desde el punto de vista estratégico, tirar por la borda el acuerdo parecería una mala idea.

China no está en el acuerdo comercial del Pacífico. Pero en gran medida el acuerdo gira en torno a ese país. Si el objetivo de invitar a China a la OMC era incorporarla al sistema internacional de normas comerciales, el acuerdo del Pacífico pretende envolverla en una red de normas a su alrededor. Es una forma de establecer estándares para la integración económica de Asia. Y garantiza a los nerviosos vecinos de China que Washington mantiene su compromiso con esa región.

Si Estados Unidos decide no aprobar el acuerdo, a sus aliados asiáticos como Japón y Vietnam les parecería un golpe traicionero. Y a China le encantaría.

“Si la idea de desistir se convirtiera en realidad y se echara para atrás el TPP, sería un profundo golpe a la influencia y la credibilidad de Estados Unidos”, señaló Prasad, el experto de Cornell. “Si Estados Unidos no puede cumplir, su legitimidad y credibilidad se verán afectadas.Eso sería un problema muy grande”.

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