Buenaventura supera la violencia y atrae al turismo

Un río en la reserva natural de San Cipriano.

En el puesto 6 de la ruinosa sede temporal del mercado de Pueblo Nuevo, Rosana Angulo se veía un poco frustrada por mis preguntas insistentes sobre las opciones de almuerzo para ese día.

“Venga, venga”, gritaba en el español entrecortado de Buenaventura, una ciudad de 400.000 habitantes y el puerto más concurrido de Colombia. La seguí hasta la pequeña cocina donde un montón de ollas se disputaban el espacio, colocadas caóticamente sobre trozos encendidos de carbón. Las tomó una por una. “Tengo calamar, tiburón, guisado de mariscos, camarones, piangua, pata de burro…”. Había una docena en total.

“¿Cómo prepara estos platillos todos los días?”, le pregunté.

“Con mucho amor”, respondió sin dudarlo.

El amor y la tradición son ingredientes clave en la gastronomía y la música de esa lluviosa región de Colombia, ubicada en la costa del Pacífico. Pero no son los únicos. Las semillas de achiote se utilizan para darle una tonalidad entre amarillo y naranja a las comidas. Las hierbas, cultivadas en jardines elevados conocidos como azoteas, aportan sabores terrosos y complejos: las hojas gruesas y crespas del oreganón, también llamado orégano cubano, aunque no es orégano; el cimarrón, mejor conocido como culantro pero que no es cilantro, y el poleo.

Pedí piangua —una almeja negra, pequeña y de consistencia elástica que se recoge en la marea baja de los pantanos de manglares—, pero también camarones y cangrejo. A eso se le dice triple, y me costó tan solo 18.000 pesos colombianos (cerca de 6,35 dólares).

Hasta hace poco, cualquiera que quisiera adentrarse en la cultura afro del Pacífico colombiano habría preferido viajar a Cali, una ciudad ubicada a unos 160 kilómetros tierra adentro atravesando los Andes occidentales, para asistir al Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. La celebración de seis días se musicaliza con los ritmos de la región y siempre está repleta de vendedores que ofrecen platillos tradicionales, así como el viche, un licor de caña de azúcar que sirve de ingrediente tanto para sus bebidas como para su medicina tradicional.

La gente optaba por viajar a Cali porque ir a Buenaventura era muy riesgoso. “Las guerras de la cocaína han convertido a Puerto Colombia en la ciudad más mortífera del país”, decía un titular del Times en 2007. En 2014, el presidente colombiano Juan Manuel Santos envió tropas para estabilizar la ciudad, y aunque las pandillas violentas de la droga aún operan ahí, la tasa de asesinatos está por debajo del promedio nacional, y la ciudad está cambiando para atraer turistas.

En 2017, Buenaventura se convirtió en miembro de la Red de Ciudades Creativas de la Unesco, gracias a su gastronomía, y si la construcción de la nueva Galería Pueblo Nuevo (el nombre oficial del mercado donde trabaja Angulo) llega a terminarse, tendrá un muy buen escaparate para sus productos.

Catalina Ortiz, una vieja amiga de Cali, me convenció de que, con las precauciones habituales, la ciudad no solo era segura, sino imperdible. Además, ella tenía una amiga ahí: Stephanie Bueno Torres, quien estaba comenzando un sitio web de turismo y nos podía mostrar la región.

Buenaventura es una ciudad de 400.000 habitantes que alberga el puerto más concurrido de Colombia. 

Buenaventura es por mucho la ciudad más grande de la región, donde una población de mayoría afrocolombiana vive principalmente en comunidades pequeñas. La mayoría de los habitantes desciende de esclavos que fueron traídos por los españoles a partir del siglo XVII para trabajar en las minas de oro.

“Hemos preservado nuestra cultura ancestral”, dijo Élver Rengifo Micolta, un periodista de la radio local que conocí en las afueras de Buenaventura, mientras mis compañeros de viaje —Adam y Steve— y yo esperábamos para abordar un vagón de madera modificado con un motor de motocicleta para ir a la Reserva Natural de San Cipriano (hablaré de eso más adelante). “Conservamos lo mejor de la música y la gastronomía con sus elementos originales, tal como llegaron desde África”. Descubrí que era cierto, aunque también hay una gran influencia indígena. Sin embargo, la cultura de la región tiene un aspecto distinto, sobre todo en un país que solo tiene un diez por ciento de habitantes de raza negra.

Nuestro plan era pasar un día en Cali —que, aunque no está en la costa, tiene una gran población migrante de la región del Pacífico— y después conducir tres horas hacia el norte por un tramo de los Andes para agregar paradas en San Cipriano y los pueblos costeros del Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga.

Buenaventura todavía no es una ciudad para pasear sin rumbo, así que pasamos la mayor parte del tiempo en el centro, que nos pareció seguro. Estuvimos casi todo el tiempo en la Calle 1, que está llena de hoteles para los visitantes del puerto, restaurantes y bares con salsa a todo volumen, además de un nuevo parque costero que siempre está lleno (por lo menos durante los fines de semana) de gente comiendo mango, jugando baloncesto, saltando en juegos inflables y subiendo al faro de este sitio imperdible.

 Las brujitas —plataformas modificadas de madera con bancas y un motor de motocicleta cuya llanta trasera te impulsa a lo largo de los rieles— son la única forma de llegar a la reserva natural de San Cipriano.

Hay pocos edificios atractivos; el ayuntamiento es una torre poco estética que se salva en parte gracias a un mural altísimo con la historia de la ciudad. Una excepción es el Hotel Tequendama Inn Estación Buenaventura, un edificio neoclásico de tres pisos de la década de 1920 conocido informalmente como Hotel Estación, que resulta una buena opción de hospedaje para una pareja por 178.500 pesos, o por lo menos para visitar y disfrutar las vistas espectaculares del atardecer sobre la bahía.

Para visitar la Galería hay que hacer un viaje corto en taxi, pero a todo lo demás se puede llegar a pie. En nuestra primera noche cenamos en el Café Pacífico, que lleva los platillos tradicionales a la alta cocina sin alterarlos demasiado, como es el caso del delicioso pargo entero en leche de coco y hierbas de azotea (yo pedí el triple, algo mucho menos glamoroso), y los sirven con bebidas de fruta fresca, como su mezcla helada de zarzamoras y coco.

La decoración es elegante y está complementada con el trabajo de artistas y artesanos locales, tanto afrocolombianos como indígenas. Como era la noche anterior a la elección presidencial, la venta de alcohol estaba prohibida, así que no podíamos tomar viche.

 Una tienda que vende hierbas y frutas en la Galería Pueblo Nuevo, en Buenaventura.

A la mañana siguiente condujimos media hora para llegar a Córdoba y compramos boletos (nos costaron 4000 pesos) para ir a la Reserva Nacional San Cipriano en brujitas, uno de los medios de transporte más divertidos e ingeniosos que he visto: solo se puede llegar a la comunidad (también llamada San Cipriano) que sirve de punto de partida para ir la reserva atravesando la jungla sobre las vías del tren, pero la línea de pasajeros ya no pasa por ahí, así que los lugareños modificaron plataformas de madera con bancas y las ataron a motores de motocicleta cuyas llantas traseras te impulsan por los rieles a una velocidad que raya en lo divertido y lo aterrador.

Contratamos a un guía por 12.000 pesos cada uno para un paseo de 45 minutos. Pronto estábamos recorriendo un gran río, además escalamos por colinas de barro. La aventura terminó de manera refrescante, con un clavado en el agua de una encantadora cascada. Regresamos a la ciudad para almorzar por 13.000 pesos un pescado frito antes de subirnos a una brujita para volver al auto.

Al día siguiente nos dedicamos a la comida y —¡finalmente!— al viche, para el que aún no hay mucha regulación, pero que cada vez es más popular. “El primer trago es como una llamarada de fuego en el cuerpo”, dijo Bernardo Giraldo, el taxista que me llevó desde el aeropuerto de Cali. “El segundo es cuando empieza a ser sabroso”.

Descubrimos que esa descripción era asombrosamente precisa cuando Stephanie, nuestra guía, nos llevó a uno de los mejores proveedores de Buenaventura. Lucía Solís vende sus productos con la marca Semillas de Vida en el local 77 en otro mercado temporal justo en frente de la Calle 1, a la altura del mural.

Solís, una productora de sexta generación, hace diferentes preparaciones para atacar distintas enfermedades, lo que requiere un gran conocimiento de las plantas, raíces y semillas nativas. “Viene de generaciones”, nos dijo Solís. “Es un regalo de la antigüedad”.

 El parque principal de Buenaventura.

Quizá lo más intrigante es que las mujeres suelen tomar viche antes, durante y después del embarazo, bajo el cuidado de parteras tradicionales. Se dice que las distintas creaciones ayudan a que las mujeres conciban, estén sanas durante el embarazo, tengan contracciones menos dolorosas y a que se detengan las hemorragias después del parto. “Dar a luz sin viche”, dijo Solís, “es como dar a luz sin vientre”.

“Puedes beber y sanar al mismo tiempo”, decían los materiales promocionales de Solís, un muy buen eslogan si este producto alguna vez se vuelve internacional (actualmente su exportación está prohibida). Algunos tienen sabores fuertes o amargos, pero el que nos gustó a todos fue el arrechón de Solís, hecho con viche, crema, huevos y frutas locales como borojó y chontaduro. Sabía a rompope hecho con whisky de turba y es célebre por sus cualidades afrodisiacas (si buscas una coartada, nos dijeron que también funciona para la anemia).

Adam y Steve tuvieron que irse a casa unos días antes que yo, así que me subí con Stephanie a una lancha para hacer un recorrido algo mareador hasta Juanchaco (70.000 pesos, viaje redondo), una de las aldeas playeras dentro del parque nacional. Las playas estaban llenas de palmeras y moteadas con pequeños cangrejos, aunque la arena color marrón no es de portada de revista.

Para Stephanie, es algo bueno: “Si la arena fuera blanca, las grandes cadenas de hoteles ya habrían venido”. Me pareció una zona bellamente rústica, con muchos lugares donde acampar u hospedarse sin gastar mucho, además de disfrutar platillos tradicionales y preparaciones a base de viche. Sin embargo, pasamos la mayor parte del día explorando la bahía en lancha y acercándonos a rincones y recovecos aislados a la orilla del mar.

También nos parábamos en cascadas tropicales, viendo cómo los pelícanos se adentraban en el agua para pescar y observando cómo nuestro guía, Cristian Hurtado, abría cocos en la playa remota de Juan de Dios, hogar de un hotel ecológico del mismo nombre del que Catalina habló maravillas. Tendré que comprobarlo en mi próxima visita.

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