Donald Trump pone en peligro el sistema de asilo, pero no es el único

El presidente Donald Trump ha desplegado miles de tropas para evitar que la caravana de migrantes hondureños cruce la frontera sur de su país.

LONDRES — La promesa del presidente Donald Trump de impedir que una caravana de migrantes centroamericanos llegue a la frontera estadounidense —con el uso de la fuerza militar si es necesario— podría parecer otro esfuerzo suyo por desmantelar de manera unilateral las leyes y las prácticas aceptadas en el ámbito internacional.

No obstante, hay una diferencia importante entre su estrategia actual con la caravana y el desafío a los acuerdos contra el cambio climático, los tratados comerciales o de control de armas. En lo que respecta a criticar los métodos aceptados desde hace mucho tiempo para proteger a los refugiados y mantener la estabilidad en tiempos de desplazamientos masivos, no está solo. Lo secundan muchísimas personas.

No son pocos los países que también eluden y, por ende, debilitan las reglas mundiales sobre los refugiados. La Unión Europea y Australia son dos de los infractores más grandes. Perú y Ecuador están restringiendo el acceso a los refugiados venezolanos, mientras que Tanzania intenta expulsar a los burundeses.

 Migrantes rohinyá en un bote a la deriva en aguas tailandesas del mar de Andaman agarraban los alimentos lanzados por un helicóptero del Ejército tailandés, en 2015. 

En 2015, cuando los refugiados rohinyás huían de Birmania en botes abarrotados, los gobiernos de Indonesia, Malasia y Tailandia empujaron las embarcaciones hacia mar abierto para que quedaran varadas —una estrategia vergonzosa incluso para los estándares de Trump—, y así evitar que llegaran a costas seguras.

Con todo, los demás países tienden a ocultar sus infracciones presentándose como observadores de la ley o intentan disfrazar las medidas antirrefugiados en términos humanitarios. Sin embargo, Trump divulga de manera deliberada su hostilidad hacia los solicitantes de asilo y, aunque no es el primero en romper las reglas, contribuye a su colapso.

“Cuanto más descaro demuestres, como Trump, y si lo haces con mucha frecuencia, es fácil imaginar el fin absoluto de una norma”, comentó Stephanie Schwartz, experta en migración de la Universidad de Pensilvania, quien añadió que el presidente estadounidense “intenta destruir una de las normas más fuertes que tenemos en el derecho internacional”: el derecho de un refugiado a solicitar asilo.

Para analizar cómo podría ocurrir eso y qué significaría, resulta de utilidad entender los fundamentos del asilo y cómo los afectan las políticas de Trump.

¿Cómo se supone que debe funcionar el asilo?

El sistema para procesar las solicitudes de asilo y los refugiados surgió de la devastación ocasionada por la Segunda Guerra Mundial. En esta imagen puede apreciarse la destrucción que sufrió la ciudad de Lovaina, Bélgica, en la década de 1940.

El principio básico es claro. Si llegas a la frontera de un país extranjero, tienes derecho a solicitar asilo. Ese país está obligado a escuchar y evaluar tu solicitud. No pueden expulsarte mientras la están procesando —lo cual puede tomar meses o años— o si enfrentas una amenaza creíble de persecución en tu país natal. Si el país considera que cumples los requisitos para ser considerado refugiado, está obligado a darte asilo. Si no lo considera así, entonces puede expulsarte del país.

Estos derechos se crearon en la Segunda Guerra Mundial, que generó un enorme número de refugiados en Europa. Los vencedores de la guerra pasaron buena parte de la década siguiente diseñando lo que se convirtió en el orden internacional, consagrado por leyes que regulan problemas como las guerras o que establecen derechos universales.

La protección de los refugiados aparece en la lista porque era un problema urgente en aquella época y porque en ese momento se consideraba como una manera de mantener la estabilidad y los derechos fundamentales en las crisis humanitarias futuras.

Como Estados Unidos y otros países habían rechazado a los refugiados judíos durante el Holocausto, el mundo se sintió obligado a hacer la promesa de que eso “nunca más” sucedería.

Los derechos de los refugiados quedaron consagrados en el derecho internacional mediante tratados mundiales firmados en 1951 y nuevamente en 1967, cuando el final del colonialismo ocasionó nuevas crisis.

No todos los países firmaron estos convenios; Estados Unidos solo ratificó el acuerdo de 1967 y varios países del Medio Oriente y Asia no firmaron ninguno. Aun así, se considera que son acuerdos tan universales que obligan a todos.

Sin embargo, lo que hace del asilo una de las normas mundiales más sólidas es que forma parte de las leyes nacionales de muchos países, incluido Estados Unidos. Después de todo, son los gobiernos y los tribunales nacionales los que otorgan el asilo.

Esto quiere decir que un gobernante como Trump no puede simplemente desafiar sus obligaciones ignorando o revocando el acuerdo de 1967, ya que eso significaría violar las leyes estadounidenses.

No obstante, la escena mundial no cuenta con ningún mecanismo de cumplimiento. No hay nada que evite que un país suspenda sus leyes de asilo o las ignore, si su gobernante así lo decide.

En general, los países han cumplido con esta norma porque quieren ser vistos como actores responsables o para evitar el enojo de sus vecinos o de las Naciones Unidas. Además, aunque a los países no les importen tanto los refugiados, saben que se beneficiarán si todos los demás cumplen.

¿Por qué se ha erosionado el sistema de asilo?

El gobierno de Estados Unidos comenzó a rechazar a migrantes haitianos en los años noventa.

Este sistema se mantuvo, al menos razonablemente bien, hasta la década de 1990. En retrospectiva, resulta claro que los países occidentales cumplieron con las reglas de los refugiados y obligaron a otros países a hacer lo mismo, no tanto por altruismo, sino debido a prácticas poco ortodoxas para ganar la Guerra Fría.

En las primeras décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos refugiados salieron del bloque comunista. Para los gobernantes occidentales y sus aliados, aceptar a esos refugiados, junto con aquellos de las naciones no comunistas, era una forma de posicionar a Occidente como moral e ideológicamente superior.

Después del colapso de la Unión Soviética en 1991, las naciones occidentales se interesaron menos en la defensa de los refugiados y buscaron formas de evadir sus obligaciones.

Ese año, la Guardia Costera estadounidense comenzó a prohibir el ingreso de los botes de haitianos que huían de la agitación política en su tierra natal. En lugar de permitir que las embarcaciones llegaran a Florida, lo cual obligaría a Estados Unidos a otorgar a los haitianos la protección de refugiados, los estadounidenses embarcaron a muchos de regreso a Haití o los desviaron a la base militar estadounidense en la Bahía de Guantánamo para procesarlos ahí.

Esta práctica puede haber violado el espíritu de la protección de refugiados, pero la Corte Suprema dictaminó en 1993, mediante ocho votos a favor y uno en contra, con el apoyo del gobierno de Bill Clinton, que esto cumplía con el derecho internacional y nacional.

Este vacío jurídico —un país puede evadir sus responsabilidades con los refugiados al evitar por la fuerza que lleguen a sus fronteras— se ha vuelto desde entonces una práctica común entre los países occidentales.

¿El sistema de asilo podría desintegrarse?

Migrantes sirios en un refugio improvisado ubicado a las afueras del campamento de Moria, administrado por el ejército, en Lesbos, Grecia, en marzo. 

La crisis del sistema de asilo ha empeorado a medida que los países occidentales evaden los derechos y las protecciones, y le dejan la responsabilidad a países más pobres que tienen menos posibilidades de proteger a los refugiados.

A pesar de la preocupación europea y estadounidense por la llegada de refugiados sirios a sus países, por ejemplo, la gran mayoría reside en Jordania, Turquía y Líbano.

Como las potencias occidentales se hacen de la vista gorda, esos países se sienten menos obligados a otorgar todas las protecciones, por lo que impiden que los refugiados trabajen o limitan las zonas donde pueden vivir.

O bien obligan a los refugiados a volver a su país antes de que sea seguro para ellos y, desde luego, evitan que los refugiados lleguen a fronteras europeas.

En consecuencia, actualmente no existe un sistema mundial de refugiados, sino una red de normas sueltas que se cumplen de manera ocasional y parcial.

El resurgimiento de la política populista y nacionalista también es un mal presagio. Los movimientos de “ellos contra nosotros”, escépticos de los acuerdos internacionales y la inmigración, tienen poco interés en los conceptos fundamentales del asilo respecto de la carga mundial compartida o los derechos universales.

Si el derecho de asilo ya estaba en crisis incluso en la era del liberalismo mundial de la década de 1990, es difícil imaginar que le pueda ir mucho mejor en la época de Trump, Viktor Orban y Vladimir Putin.

“Construir estas normas requiere una gran cantidad de tiempo, en especial cuando restringen las acciones gubernamentales de alguna manera”, comentó Schwartz. “Es mucho más fácil desmantelarlas”.

Si eso ocurre, las consecuencias se sentirán mucho más en lugares muy lejanos de la frontera entre México y Estados Unidos, como Honduras, Birmania, Jordania o Burundi, donde millones de personas desplazadas por la guerra o la persecución tendrán que arreglárselas sin las protecciones de un mundo que prometió no negarlas “nunca más”.

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