El 68 contra la falta de memoria histórica

Carteles y fotografías sobre el movimiento del 68 en México, que culminó en la matanza de decenas de estudiantes que exigían libertad de expresión.

CIUDAD DE MÉXICO — Hoy se cumplen cincuenta años de la masacre de Tlatelolco. El 2 de octubre de 1968, en la capital de México, miembros del Ejército y agentes gubernamentales encubiertos abrieron fuego contra una protesta estudiantil pacífica. El resultado, según algunos reportes, fueron decenas de manifestantes asesinados.

A medio siglo de distancia, sin embargo, la fecha no es solo la conmemoración de las víctimas de la violencia estatal o de la lucha por la democracia. Su significado histórico va más allá de esos acontecimientos y se ha transformado en un episodio inusual en la historia mexicana: es el evento de la memoria más auténtico que tenemos.

Condensado en la frase “2 de Octubre no se olvida”, el 68 legó un caso insólito de interacción entre memoria y lucha política en México: la masacre de Tlatelolco “no se olvida” porque marcó un cambio radical e irreversible en las relaciones entre la sociedad y el Estado en México. El 68 es un llamado a no olvidar ese cambio.

La represión a la manifestación en la Plaza de las Tres Culturas fue el final sangriento de más de dos meses de movilizaciones. Los ciudadanos desafiaban la naturaleza autoritaria de un régimen político —encabezado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI)— que llevaba casi cuarenta años en el poder. Lo que ocurrió durante esos meses de 1968 marcó el inicio de la apertura política en México y eventualmente llevó a su transición a la democracia, en 2000. Sin embargo, sus implicaciones son aún más profundas y duraderas que el aplastamiento violento a la protesta estudiantil.

El 2 de Octubre es un evento de memoria histórica porque representa el único episodio verdaderamente traumático en el recuerdo colectivo de los mexicanos. Se trata de una herida abierta e inconclusa que, por lo mismo, es un llamado a no olvidar los abusos del poder. Que esa fecha se haya convertido en un acontecimiento de memoria ha sido el mayor logro histórico de sus protagonistas, los jóvenes de la “generación del 68”, que con el tiempo fueron ocupando espacios en la política, la academia, los medios y la administración pública. Por lo mismo, la gran conquista de su generación ya no les pertenece solo a ellos: se convirtió en un movimiento que desborda los reclamos del México de finales del siglo pasado y sigue siendo trascendental en el presente.

Al hacer del 2 de Octubre un acontecimiento contra el olvido, la fecha permanece en un estado constante de vigencia y actualización. Hoy es tan tangible el reclamo ciudadano contra los fracasos de un gobierno incapaz de resolver la violencia, la desigualdad o la corrupción como hace cincuenta años lo era el grito por la libertad.

 Estudiantes universitarios son custodiados por soldados en un edificio en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. 

El 2 de Octubre es una anomalía. A diferencia de otras naciones —como España con la Guerra Civil o Alemania con el nazismo—, México suele olvidar o asimilar sus capítulos de violencia: otros momentos de su historia, como las guerras entre liberales y conservadores en el siglo XIX o la Revolución mexicana a principios del XX, no son vistos como heridas que aún se tienen que resolver. Más bien, la violencia de esos dos episodios ha sido integrada en la conciencia pública como parte del mito fundador del México moderno. La gran excepción a la desmemoria es el represión del gobierno al movimiento estudiantil de finales de la década de los sesenta.

Hacer del 68 un evento de memoria fue posible, en parte, gracias a la dimensión internacional del conflicto y la sincronización de México con una tendencia global: en Europa y otras partes del mundo se estaba gestando una crisis generacional de reacción al orden surgido de la posguerra. En varias naciones, el Estado respondió no formándose, sino tratando de suprimir las muestras de descontento. Pero en ningún otro país —con la excepción quizás de Checoslovaquia— la respuesta oficial fue tan violenta como en México.

En esta nación latinoamericana, las expresiones del descontento giraron en torno a las demandas de libertad para los presos políticos y del fin de la represión en contra de los estudiantes. El apoyo a estas causas se extendió más allá de los universitarios y despertaron el interés o la simpatía de otros sectores de la sociedad. El 68 fue una suerte de “primavera mexicana”.

Pero el significado histórico del 68 mexicano no solo se puede identificar con el cambio de régimen —el fin de la hegemonía del PRI o el triunfo electoral de la izquierda—. Igualar el 2 de Octubre con cualquiera de estos hechos le impondría una fecha de caducidad y negaría la posibilidad de otorgarle una vigencia prolongada y actualizable en el presente.

Si hace cincuenta años la búsqueda de autonomía se expresó en las movilizaciones estudiantiles en contra de un gobierno represor, en el presente el 68 se ha resignificado en dos grandes temas: el reclamo por detener la violencia de la guerra contra las drogas —y darles un lugar visible a las víctimas— y la exigencia por la extensión efectiva de los derechos civiles a cada vez más grupos, como las mujeres, los jóvenes y las minorías.

Desde finales del siglo pasado, diferentes movilizaciones ciudadanas han reinterpretado los reclamos del 68 y se ha confirmado la naturaleza transgeneracional del movimiento. Sobre todo, en los últimos diez años una nueva ola de protestas ha reactivado la tradición sesentayochera y ha recuperado la marcha como un mecanismo social: la calle es de los ciudadanos y sus acciones pueden generar cambios.

El 2 de Octubre es la prueba de que el sentido más profundo de la memoria histórica es la manera en que se proyecta hacia el futuro. Y su gran lección para mi generación y las siguientes es que las reivindicaciones de un evento de memoria no se agotan en un reclamo único, sino que permanecen abiertas, como un desafío permanente que llama a la movilización social.

El 2 de Octubre no se extingue y se mantiene inconcluso. Las nuevas luchas, como las de Ayotzinapa y la urgencia por reconocer y garantizar la diversidad, deben tomar del 68 su reivindicación por combatir el olvido que lleva a repetir los mismos errores: la sociedad no puede permanecer indiferente o resignada ante los abusos del poder.

Si la política mexicana ha generado tan pocos mecanismos de rendición de cuentas y transparencia, los ciudadanos deben ser los protagonistas de esta exigencia y señalar los fracasos. El Estado —con gobiernos de izquierda, centro o derecha— debe saber que los ciudadanos no olvidan.

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