El independentismo catalán a un año del referéndum: ¿Dónde están las urnas?

El 30 de septiembre de 2018, manifestantes a favor de la independencia de Cataluña onde an esteladas frente a la prisión de Lledoners, en donde están encarcelados algunos líderes independentistas.

BARCELONA —  Las imágenes te dejan con tensión física y moral: una decena de policías echan abajo las puertas de una escuela catalana y se dispersan por pasillos y aulas rastrillando padrones y urnas. Las imágenes publicadas por Eldiario.es provienen de las cámaras de los agentes antidisturbios enviados por el gobierno español para detener el referéndum del 1 de octubre de 2017 (1O), en el que Cataluña votaría su independencia. El grupo de policías nacionales va a sus anchas, sin otro control que su deseo. Estallan vidrios, tumban artefactos, revientan puertas de alambre, de vidrio, madera. Y cuando ya no parece quedar nada por romper —y no han encontrado ni una caja—, enfilan frustrados por los pasillos preguntándose qué pudo fallar. “¿Dónde están las putas urnas, hostia?”, dice uno.

Las urnas estaban y han sido el disparador del último año de pasmo de la política española, donde ha pasado, literalmente, de todo. La Guardia Civil lanzó mujeres escaleras abajo y golpeó a personas mayores. Carles Puigdemont, el entonces presidente de la Generalitat, anunció la independencia y, en un giro tragicómico, la suspendió de inmediato. Una veintena de líderes catalanes ha pasado por prisión, Puigdemont se fugó en el maletero de un auto, cayó el gobierno de Mariano Rajoy por un voto de censura. Y en el fondo, omnipresentes, cientos de miles de catalanes que siguen reuniéndose en las calles de Barcelona y los pueblos del interior: entusiastas antes, entristecidos luego, molestos aún, románticos siempre, pidiendo que les dejen ser libres de un yugo que solo ellos reconocen.

A un año de la independencia frustrada de Cataluña —un desastre que tuvo la coautoría política de Mariano Rajoy y los dirigentes del procés—, la búsqueda de las urnas resultó una sobreactuación autoritaria. Pero no desentona con el fondo del asunto, porque, si uno repasa el primer aniversario del 1O, verá que hay una tragedia detrás. Hoy ya no está el alegre fervor de los catalanes que soñaban que serían independientes, ni la furia de la derecha española que los acusaba de soberbios petulantes, ni el titubeo de la izquierda o el desconcierto de la Unión Europea. No: lo que hoy queda es una sensación de cansancio, desgaste y hastío.

La salida de Rajoy del gobierno español inauguró este momento goethiano, tan melancólicamente catalán, donde los hechos se suceden a un ritmo cadencioso, nunca en primer plano sino en el trasfondo, azuzados de cuando en cuando con alguna declaración que regala un titular. El socialista Pedro Sánchez, quien dio espada política a Rajoy, es el autor principal de este nuevo momento del drama catalán. Apenas tomó posesión, Sánchez comenzó un blitzkrieg de relaciones públicas que descolocó al independentismo. Los catalanes se habían acostumbrado a ser los chicos buenos de la película por enarbolar el acto heroico de la autodeterminación pacífica ante el gobierno tosco del Partido Popular (PP), incapaz de ver una crisis aunque se la pongan delante.

Pero cuando Rajoy se fue a su casa a vivir de las rentas, Sánchez abrió una carpeta de ofertas tentadoras que acabó con las noches borrascosas del PP: reinició conversaciones clausuradas por Rajoy, devolvió al govern catalán el manejo de las finanzas que le quitó el PP y prometió más dinero para Cataluña y más gasto social en todo el país. En la cúspide de los gestos políticos, mientras la justicia sigue sin emitir un fallo, Sánchez ordenó mudar a los líderes presos del procés a cárceles catalanas para que estén cerca de sus familias. Cada vez que hubo una posibilidad de choque, la convocatoria a tender puentes de Sánchez resonó como un gran gesto de Estado. ¿Cómo se puede competir con eso?

 El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, en una conferencia de prensa en Waterloo, el 28 de julio de 2018  

El cambio de aires que devolvió frescura a gran parte de España no tuvo correlato en Cataluña. Con los líderes que funcionaban de contrapeso en prisión, todo cuanto queda de visible en el procés es el flequillo de Puigdemont. Desde su autoexilio en Waterloo, ha operado para quedarse con el liderazgo del independentismo escorando la balanza ideológica a la derecha a través de un movimiento nacionalista —la Crida— que pivota sobre él y solo él.

Puigdemont maneja el govern catalá a control remoto: su sucesor, Quim Torra, actúa más como su asistente administrativo y megáfono personal que como presidente real de la Generalitat, que apila críticas por su anomia e inmovilismo. La izquierda independentista está descabezada; el empresariado ha vuelto a hacer negocios. Solo quedan los ciudadanos —miles, cientos de miles— pinchándose lacitos amarillos y juntando dinero para que liberen de prisión a sus mártires. Y nada pasa.

La concentración de un movimiento en el expresidente de la Generalitat es dañina. Por una parte ahoga bajo la figura del líder único el democratismo que se le suponía a un proceso con millones de personas movilizadas. Pero además, Puigdemont no tiene la visión de un estadista, sino la cortedad de miras de un alcalde de provincias que se vio empujado de repente a la pista central de la Historia, le gustó y sueña con quedarse. El problema acuciante es que Puigdemont no tiene una sola propuesta política que le permita superar el error del 1O ni resolver la discusión con España. El Puigdemont post-1O es un disco rayado del Puigdemont pre-1O.

Como esas viejas estrellas del espectáculo que se empecinan por seguir, el ex gobernante está construyendo una parodia de sí mismo —y, con él, del independentismo. En una entrevista reciente con la televisión belga, pasó apuros cuando lo acusaron de “principiante” por empujar el referéndum inconducente del 1O. Uno de los entrevistadores belgas le dijo que para recuperar alguna dignidad debería estar en prisión con sus amigos y no en un estudio de TV. Pero el jefe del catalanismo no haría eso: “No creo en los mártires”, dijo.

Y es extraño, porque el papel de Puigdemont tras la salida de la cárcel alemana es el de un mártir auto promocionado, un presidente sin república que vaga por Europa pidiendo oídos para contar su derrota: drama viejo, no política nueva. Incluso su máxima aspiración —un razonable sueño imposible— es un unicornio político al que nadie prestó atención en el pasado: que la Unión Europea, que no tiene interés en dar aire a ningún movimiento separatista, medie entre España y Cataluña para garantizar un plebiscito definitivo.

Si a un año del 1O, el independentismo quiere construir un movimiento capaz de discutir su destino nacional a través de una solución plebiscitaria —como lo hicieron Quebec o Escocia—, deberá correr la cortina tras Puigdemont. Una segunda línea de dirigentes debe tirar del reconocido sentido común catalán —el seny— para lograr más autonomía mientras ayudan a mejorar la federalización republicana de España. El nuevo procés catalán es ganar tiempo. En unas décadas, tal vez vuelvan a abrirse “las putas urnas” y quizás entonces sea sin fantasmas de ilegitimidad política, sin dirigentes improvisados y sin policías que las secuestren.

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