Vie. Abr 26th, 2019

El juicio al Chapo y el fenómeno del narcoturismo en Nueva York

Algunos curiosos toman fotografías frente al tribunal federal de distrito en Brooklyn donde se realiza el juicio a Joaquín Guzmán Loera.

 

NUEVA YORK — La lista de destinos turísticos en Nueva York es larga y conocida para muchos. Las visitas más tradicionales incluyen el Empire State, los espectáculos de teatro en Broadway y, en la época de fiestas decembrinas, es difícil evitar al árbol navideño gigante en el Rockefeller Center.

Pero hay un evento nuevo y poco común que también ha atraído a varios viajeros: el juicio por conspiración para traficar drogas en contra de Joaquín Guzmán Loera, el capo mexicano conocido como Chapo.

En las últimas semanas, esta puesta en escena jurídica ha atraído a varios narcoturistas que llegan al tribunal incluso desde antes de que amanezca con la expectativa de ver a quien probablemente sea el narcotraficante vivo más famoso del mundo. Entre esos visitantes hay un académico francés que estudia el crimen organizado, diplomáticos guatemaltecos en su tiempo libre, una pareja de Lituania, un banquero de Connecticut y un hombre misterioso que porta una Biblia, a quien los guardias de seguridad del recinto han apodado el Reverendo.

“Todos por mi casa están celosos, no pueden creer que estoy en el juicio al Chapo”, dijo Greg Gold, abogado de Denver que visitó el tribunal durante la quinta semana del proceso judicial. “Es más entretenido que ir a Les Mis”, añadió, en referencia al musical basado en la obra de Victor Hugo.

Es común que haya aficionados del derecho en ciertos procesos destacados y la corte federal de distrito en Brooklyn, donde se realiza el juicio al Chapo, ya ha tenido otros casos prominentes —como el del gánster John Gotti—. Pero incluso esos procesos no habían atraído a tanto público en general.

No es fácil conseguir lugar para ver los juicios. En el tribunal hay espacio para cincuenta visitantes y diecisiete de esos están reservados para los medios, funcionarios del gobierno y para Emma Coronel Aispuro, la esposa del Chapo. Para conseguir un asiento, los interesados —también los periodistas que cubren el caso— deben llegar antes de las siete de la mañana para poder anotarse en una hoja de accesos diarios a partir de las 8:30.

El proceso empieza cada día a las 9:30 y, en general, concluye a las 16:30.

Hace dos semanas, Gold estaba en Miami junto con su novia, que es dueña de una galería de arte, para la feria Art Basel. A instancias de Gold, decidieron ir a Nueva York porque él quería escuchar el testimonio de un colombiano que dijo ser el contacto del Chapo para el suministro de cocaína. Se quedaron unos días en la ciudad, atrapados por las historias sobre negociaciones de toneladas de droga y de fiestas con mezcal en sitios ocultos en Sinaloa. El jueves 13 de diciembre, cuando terminó el juicio de esa semana, Gold y su pareja regresaron a Denver.

Gary Merkling, quien trabaja en una fábrica de papel en Wisconsin, viajó a Nueva York solo por un día —el martes 12 de diciembre— para hacer la fila matutina en los tribunales. Merkling parece estar fascinado por el tráfico mundial de cocaína; dijo que en 2017 visitó Colombia para ver de cerca uno de los hogares del colombiano Pablo Escobar, fallecido en 1993.

Merkling dijo que, en su opinión, el Chapo está en otro nivel. “Me fascina desde hace años”, contó.

Tanto es así que una de las razones para ir al tribunal en Nueva York era que acababa de cumplir 35 años. “Fue como un regalo de cumpleaños para mí mismo”, dijo. Qué mejor festejo para alguien tan interesado en los cárteles de drogas.

Desde que comenzó en noviembre, el juicio ha dado mucha información sobre el narcotráfico, con todos los detalles extraños, salvajes e inimaginables que eso implica. En un solo día de la quinta semana del juicio, el jurado escuchó información sobre una empresa de servicio de banquetes con la que se escondía la cocaína en aviones, de fraudes hacendarios a través de grupos que supuestamente defendían a personas indígenas en la Amazonía y de un intento de asesinato en una cárcel que involucró el uso de una arepa con cianuro.

Han surgido varias noticias destacadas; el 13 de diciembre, por ejemplo, un testigo afirmó que ejecutivos de Pemex, la empresa petrolera nacional de México, alguna vez discutieron un acuerdo con Guzmán Loera para mover cocaína en los camiones petroleros.

También hay bastantes detalles sangrientos: el jueves el jurado escuchó el relato de cómo un traficante recibió disparos cuando estaba en una gasolinera y murió mientras su hija estaba sentada en el asiento del acompañante.

Este tipo de cosas han interpelado a Max Acker,  un exmarine que estudia administración deportiva en la Universidad de Columbia. Dijo que hace varios años le escribió una carta a Richard Ramírez, el asesino en serie apodado Night Stalker (acosador nocturno). Acker acudió a la sesión del miércoles en el tribunal junto con un amigo suyo, el cineasta Walker Morgan.

Agustín Juárez ya se había cruzado con el Chapo de carne y hueso hace doce años. Juárez, camarógrafo de un equipo que cubre peleas de box, dijo que en ese entonces estaba en Culiacán para una pelea y que en una fiesta posterior al combate el reportero con el que estaba lo agarró del brazo: “‘Dios mío, mira quién es’”.

Juárez, quien vive en Los Ángeles, estaba ahora en Nueva York para la cobertura del combate entre Canelo Álvarez y Rocky Fielding en el Madison Square Garden. El miércoles por la mañana tenía tiempo libre y decidió ir al tribunal.

“Quería ver al Chapo”, dijo.

Jeanie Carlson viajó desde Chicago para ir a la sesión del juicio del lunes 17 de diciembre.

Carlson, quien acudió con su hijo Marcos, dijo que había trabajado durante décadas para General Mills en México y aseguró que había estado en el aeropuerto de Guadalajara en 1993 cuando sucedió uno de los asesinatos de más alto perfil atribuidos a Guzmán Loera, el del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

“Cuántos recuerdos”, dijo.