El largo y solitario camino de Chelsea Manning

Una mañana gris de primavera, Chelsea Manning se subió al asiento trasero de una camioneta de color negro y le pidió a su guardia de seguridad que la llevara al Starbucks más cercano. Se avecinaba una tormenta a Manhattan y Manning estaba preparada: tenía sus botas Dr. Martens negras, un paraguas y un vestido negro ajustado. Sus piernas desnudas, sus ojos azules. No se había maquillado casi nada: un poco de delineador de ojos y brillo de labios rosado.

En Starbucks ordenó un mocha de chocolate blanco y se sentó en un banco. Manning siempre ha sido algo pequeña —mide 1,62— pero durante sus últimos meses en las barracas disciplinarias de Fort Leavenworth, Kansas, comenzó a correr con un afán casi religioso, en el patio de la prisión y en la pista interior del gimnasio, y su cuerpo quedó más definido; era notorio en sus brazos y sus pómulos. Se veía sana y en forma, aunque algo inquieta, como se ven aquellos que han estado mucho tiempo en prisión.

Apenas ocho días antes estaba en la cárcel. Fue liberada tras cumplir siete años de una condena de 35. Su delito fue impresionante: filtró alrededor de 250.000 cables diplomáticos estadounidenses y 480.000 reportes militares de las guerras de Afganistán e Irak a WikiLeaks. Es la filtración más grande de información clasificada en la historia de Estados Unidos; allanó el camino para Edward Snowden y elevó el perfil de Julian Assange, en ese entonces poco conocido fuera de ciertos grupos de hackers.

“Sin Chelsea Manning”, me dijo hace poco P. J. Crowley, subsecretario de Estado de 2009 a 2011, “Julian Assange solo sería otro actor marginal que se resiente con lo que ve como la hegemonía de un Estados Unidos con orgullo desmedido”. Las acciones de Manning representan, en palabras de Denver Nicks, autor de un libro sobre el caso, “el inicio de la implosión de la era de la información”: aquella en la que las filtraciones son un arma, la seguridad de los datos es de suma importancia y la privacidad, una mera ilusión.

En enero de 2017, después de haber estado encerrada en cinco sitios diferentes y de vivir en condiciones que las Naciones Unidas calificaron como “crueles” e “inhumanas”, la condena de Manning fue conmutada de manera sorpresiva por el presidente Barack Obama. Cuatro meses después, Manning estaba libre e intentaba adaptarse otra vez a vivir en el mundo que ayudó a formar.

Al terminar su café sacó su iPhone del bolso y le pidió al guardia de seguridad que la llevara de regreso al departamento en el que se estaba quedando en Manhattan. Un departamento con una habitación y pocos muebles, entre ellos una mesa de cristal y un sofá de color canela, enfrente del cual Manning había puesto una consola de videojuegos Xbox One. La decoración era del estilo de un motel insulso: un cuadro con arte símil de los Viejos Maestros, otro de una cebra enfrente de un bosque. Estábamos en un piso alto, rodeados por nubes de tormenta, y desde la ventana se alcanzaban a ver las agujas de los rascacielos del otro lado del río Hudson.

Manning, de 29 años, me señaló un microondas desconectado al lado de la puerta y me pidió que pusiera ahí mi computadora portátil: actuaría como una jaula de Faraday para bloquear las ondas de radio, me explicó. Pero el microondas ya estaba lleno de otros aparatos, entre ellos los dos controles del Xbox. “Puedes ponerla en el microondas de la cocina”, me dijo Manning. Intuyó lo extraño que me parecía su pedido antes de añadir: “Nunca se pone demasiado cuidado”.

Recordó que la última vez que le había dado una entrevista en persona a un periodista fue en 2008. Durante casi una década, tuvo prohibido comunicarse con el público y se mantuvo en silencio mientras su historia era contada en libros, una ópera, una puesta en escena a las afueras de Broadway y en decenas de artículos de revistas, prácticamente todos escritos antes de que Manning revelara que era transgénero. “No era la historia completa”, me dijo, “mi historia completa”.

Sin que se escuchara su propia voz, surgieron dos narrativas opuestas. Una calificaba a Manning —en palabras del presidente Donald Trump— como una “traidora desagradecida”; la otra la posicionó como un icono trans y una heroína de la transparencia; una “mártir secular” fue como la describió hace poco Chase Madar, exabogado y autor de un libro sobre el caso. Pero frente a Manning, ambas narrativas se quedan cortas, se sienten como una simplificación imposible; empezando por el hecho de que la misma Manning sigue batallando con el significado de lo que hizo hace siete años. Cuando le pregunté qué lecciones había aprendido en el camino, se puso inquieta. “No tengo…”, empezó a decir. “He estado tan ocupada intentado sobrevivir durante los últimos siete años que no me he enfocado para nada en eso”.

Insistí: seguramente debe tener alguna impresión del impacto que tuvo en el mundo. “Desde mi punto de vista”, respondió, “el mundo me formó más a mí que otra cosa. Es un ciclo de retroalimentación”.

Desde que tiene memoria de su infancia en Crescent, en las afueras de la zona metropolitana de la ciudad de Oklahoma, Chelsea Manning ha sufrido un intenso sentimiento de estar desencajada; algo constante y psíquico que no podía definir para sí misma, mucho menos para su hermana mayor, Casey, o para sus padres, Brian y Susan. Durante una de nuestras entrevistas, mencioné que había escuchado a un psicólogo clínico comparar a la disforia de género (el sentir que el género discrepa con el sexo biológico) con un “dolor de muela gigante y cósmico”. Manning se sonrojó. Exactamente eso era, me dijo: “En la mañana, por la tarde, al desayunar, comer, cenar, donde sea que estés. Está ahí a donde vayas”.

A sus cinco años, recordó Manning, le confesó a su padre, un gerente de informática en Hertz, que quería ser una niña “para hacer cosas de niña”. Brian respondió con un discurso largo y torpe sobre las diferencias esenciales en “las tuberías”. Pero Manning me dijo: “No entendí cómo eso tenía que ver con cómo te vestías o te comportabas”. Poco después, comenzó a escabullirse en el cuarto de su hermana para ponerse los jeans y chamarras de Casey. Se sentaba frente al espejo y se ponía labial y rubor, que se quitaba apurada y de manera frenética si escuchaba cualquier ruido en el piso de abajo.

“Quería ser como (Casey) y vivir como ella”, dijo.

Cuando estaba en la primaria, le dijo a un amigo heterosexual que era gay. El amigo fue comprensivo; los otros niños de la escuela no tanto. Manning intentó retractarse, pero las burlas siguieron. “Llegaba llorando a casa algunos días y si mi papá estaba ahí me decía: ‘Deja de llorar y actúa como un hombre’. Como ‘Regresa ahí y golpea a ese niño en la cara’”. Era el final de los años noventa, cuando el movimiento trans todavía era muy marginal. “Lo más cerca que estuve de saber algo fue por cómo presentaban a personas travesti al estilo drag queeen en la televisión amarillista”, me dijo Manning. Pasaba su tiempo pegada a las computadoras que su padre siempre llevaba a casa, jugando videojuegos o aventurándose a escribir código básico.

Sus padres tenían sus propios problemas. Cuando Manning tenía doce años, Susan se tomó una botella entera de tranquilizantes. Casey llamó al 911; le dijeron que la ambulancia más cercana estaba a media hora. Casey entonces subió a su madre al coche; Brian estaba, según Manning, demasiado alcoholizado como para manejar y se fue en el asiento de copiloto, mientras que Chelsea, aterrorizada, terminó en el asiento trasero, intentando asegurarse de que su mamá todavía respiraba. Me dijo que fue un incidente formativo. “Crecí muy rápido después de eso”, me dijo. (No fue posible hablar con Brian sobre este asunto).

En Gales, país de origen de Susan y a donde Manning se mudó con ella en 2001 después del divorcio, Chelsea dijo que asumió todas las tareas del hogar, como pagar las cuentas y hacer las compras en el súper. Ahí también había libertades: podía comprar su propio maquillaje, usarlo durante unas horas en público y tirarlo en un basurero cuando ya iba de regreso a casa. La mayoría de sus tardes las pasaba en la computadora, en grupos de chat de personas LGBT. Cambió su modo de ver el mundo.

Cuando estaba en Oklahoma, Manning había asumido como propias muchas de las posturas conservadoras de su padre; “No cuestionaba nada”, me dijo. Pero en la escuela en la que estudiaba en Haverfordwest le enseñaron sobre el movimiento de los derechos civiles, el Temor Rojo por el comunismo, los campos de concentración para los japoneses en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. En un ensayo para una clase de historia criticó las razones que se usaron para la invasión de Irak.

Cuando Manning regresó a Estados Unidos en 2005 para vivir con Brian y su nueva esposa en Oklahoma, era otra persona, aunque no transformada por completo: usaba delineador de ojos y se dejó largo el cabello, que había teñido de negro. “Pensé: ‘Igual solo quiero deshacerme de esta cosa del género y ser un género neutro, como andrógino’”, dijo. Encontró trabajo en una empresa emergente de internet y gracias a un sitio web de citas conoció a su primer novio, que vivía en otro poblado, a 110 kilómetros. Su madrastra, según Manning, no le permitía entrar a la cocina: “Ella sentía que yo estaba sucia”.

Manning no le dijo a nadie lo que cada vez veía más claro: no era gay, no era travesti; era una mujer. Su novio y ella terminaron su relación en el verano de 2006 y decidió dejar Oklahoma, con todas sus pertenencias apiladas en su pickup Nissan. Se volvió viajera itinerante por un tiempo: en Tulsa trabajó en una pizzería, en Chicago en una tienda de guitarras y luego vivió con su tía en los suburbios de Washington; con ella se sintió más conectada que con cualquiera de sus padres. Acudió a un psicólogo en cuatro ocasiones, pero no sintió que pudiera desahogarse más de lo que había podido hacerlo con amigos o familiares. “Tenía miedo”, dijo Manning. “No sabía que la vida podía ser mejor”.

Brian Manning le había contado en varias ocasiones a Chelsea de los buenos momentos que había vivido en el ejército; le había dado algo de estructura y rudimentos, dijo. Manning no había escuchado a su padre en ese entonces, pero ahora sí. Alistarse al ejército quizá era lo que necesitaba para “actuar como un hombre”, deshacerse del dolor. Aunque había matizado sus impresiones sobre la política exterior estadounidense, seguía sintiéndose como una patriota, y en el ejército podría usar sus herramientas de análisis para ayudar a su país.

Ese otoño, Manning se reportó en el fuerte Leonard Wood en Misuri para entrenamiento básico. En pocos días ya tenía herido el brazo. “Los sargentos instructores actuaban como si me estuviera haciendo el enfermo o algo”, dijo. “Pero yo estaba como: ‘No, no me quiero salir de esta. Realmente no puedo sentir mi mano derecha’”. Un soldado que estuvo con Manning en Misuri le dijo a The Guardian que a Manning le decían mucho “Marica”. “Le llegaban los golpes de todas partes. No podía satisfacer a nadie. Y lo intentaba, realmente lo hacía”, dijo aquel soldado.

El ejército, que necesitaba más miembros para luchar contra las insurgencias en Afganistán e Irak, le dio otra oportunidad a Manning en el campo de entrenamiento básico. En 2008 se graduó y pasó a la escuela para inteligencia de Fort Huachuca en Arizona. Allí fue entrenada para clasificar lo que en términos militares se conoce como “SigActs”, o acciones significativas: los reportes escritos, fotografías y videos de los combates, explosiones y tiroteos que en conjunto forman un mosaico de la guerra moderna. Manning me dijo que sentía que encajaba bien entre los agentes de inteligencia en Huachuca. “Había más gente que pensaba parecido ahí”, dijo. “No era: ‘Ra, ra, ra, hay que hacer esto’. Nos alentaban a pronunciarnos, a tener opiniones, a tomar nuestras propias decisiones”.

En su primer puesto oficial, Fort Drum, en el estado de Nueva York, a Manning le encargaron participar en la construcción de una herramienta digital que monitorearía y clasificaría de manera automática SigActs de Afganistán. Cada día, durante horas, veía filmaciones de visión nocturna y leía reportes de campos de batalla lejanos. Desde entonces fue expuesta al derramamiento de sangre que la impulsaría a filtrar los documentos. Pero en ese momento todavía manejaba el material con cierta distancia espacial y emocional. Seguía “ansiosa” de ir al frente, me dijo. “Estaba hambrienta”.

Por medio de un sitio web de citas para gays, conoció a un estudiante de la Universidad de Brandeis llamado Tyler Watkins. Comenzó a viajar a la zona de Boston para visitarlo y se volvió cliente regular de Pika, una cooperativa del Instituto de Tecnología de Massachusetts, y visitante frecuente de Builds de la Universidad de Boston, una comunidad local de hackers. En las reuniones en Pika encontró amigos que veían en la codificación lo mismo que ella: un pasatiempo, un válvula de escape, una vocación. Se quedaban hablando hasta la madrugada. Yan Zhu, en ese entonces estudiante de licenciatura en MIT, recuerda a Manning como una persona “obviamente inteligente”, pero “nerviosa”. A Zhu le quedaba claro que Manning parecía tener algo que la acechaba. Nunca pudo averiguar qué era: ese otoño, la unidad de Manning fue enviada a Irak.

En octubre de 2009, Manning se subió a un helicóptero Black Hawk en Bagdad camino a la base Foward Operating Base Hammer, casi 50 kilómetros al este de la ciudad. En la cabina empezó a ponerle nombre a lugares que por mucho tiempo habían sido abstracciones digitales. “Había visto las imágenes durante nueve o diez meses”, recordó Manning, “y conocía tan bien el paisaje desde el aire que reconocía los vecindarios. Ver a la gente caminando y manejando, y los edificios y los árboles debajo, me hizo despertar”.

Cada noche, Manning se levantaba a las 21:00 en su catre, se vestía en camuflaje y agarraba su rifle. Comía algo y caminaba al Sensitive Compartmented Information Facility (dependencia de información sensible y compartimentada), o SCIF. La habitación segura era una “caja de madera” mal ventilada ubicada en la cancha de básquetbol. Se sentaba en una silla reclinable y pasaba la noche viendo tres computadoras. Escondida en el SCIF, trabajaba durante ocho horas seguidas revisando reportes metidos al sistema de manera segura por tropas estadounidenses en el campo y tratando de destilar los datos en bruto para los oficiales de inteligencia de alto nivel. Allí su aislamiento cobró nueva vida: seguía alejada del conflicto verdadero, aunque alcanzaba a escuchar el estallido de coches bomba y, a veces, se topaba con otros soldados empolvados y aturdidos después de regresar de un tiroteo.

En ese momento, me dijo Manning, estaba demasiado ocupada como para pensar en las implicaciones de lo que veía. “Al hacer mi trabajo ni siquiera podías leer todo en el archivo”, dijo. “Era necesario leer por encima para más o menos encontrar qué era relevante y qué no”. Aun así, tenía una impresión mucho más abarcadora del papel estadounidense en Irak que la infantería en el campo —literalmente, por las imágenes aéreas— y cuando octubre dio paso a noviembre comenzó a sentirse cada vez más consternada de que había poca conciencia pública sobre una guerra que parecía ser inútil e ininterrumpidamente sangrienta. “En algún momento”, me dijo, “dejé de ver archivos y empecé a ver a personas”: los soldados estadounidenses ensangrentados, los civiles iraquíes baleados.

En los pocos momentos que tenía fuera del SCIF, Manning acompañaba a funcionarios de alto nivel a reuniones con el ejército y la policía federal iraquíes, que profundizaron su desilusión. “Eran estas sesiones del té con los policías federales iraquíes en sus uniformes azules y el ejército iraquí en camuflaje que parecía de chispas de chocolate y los estadounidenses en nuestro camuflaje verde manchado”, dijo Manning, y todos hablando diferentes idiomas, con propósitos frecuentemente encontrados. “Entraba pensando que eran temas blanco y negro. No lo eran”.

Manning escuchó el nombre de WikiLeaks por primera vez en 2008, durante un taller de entrenamiento en seguridad informática en Fort Huachuca. Para finales de 2009, había comenzado a meterse a sitios de chat en internet que discutían la plataforma fundada por Assange. (IRC, un protocolo semiseguro, era entonces el método de comunicación preferido por los hackers).

Al principio solo observaba: le intrigaba el trabajo que hacían Assange y su equipo, aunque no estaba lista para respaldar por completo sus argumentos a favor de la transparencia total. Me dijo que creía entonces, como lo hace ahora, que “hay muchas cosas que tienen que mantenerse en secreto”.

“Hay que proteger a fuentes sensibles. Hay que proteger los movimientos de tropas. Hay que proteger información nuclear. No hay que esconder los malos pasos, las políticas equivocadas. No hay que esconder la historia. No hay que esconder quiénes somos y qué estamos haciendo”.

Cada vez estaba más cerca de actuar, pero no dijo nada a sus amigos en la base Hammer, como no dijo nada sobre su caos interno. Estaba peleando por proteger dos secretos que cambiarían su vida. No podía discutir de manera abierta su identidad: seguía vigente la política de “No preguntes, no digas” (en inglés Don’t ask, don’t tell, según la cual cualquier persona homosexual o bisexual en el ejército no debía revelar sus “tendencias o prácticas” y los superiores no debían preguntar sobre ellas a menos que se exhibiera el comportamiento prohibido) y todavía faltaban algunos años para que permitieran alistarse a personas trans. “Veía de manera obsesiva programas de televisión en internet”, dijo Manning. “Fumaba mucho. Estaba tomando cantidades exageradas de cafeína. Iba al comedor y comía tanto como podía. Buscaba cualquier pequeño escape o manera de sentirme como que ya no estaba ahí”. Su novio no ayudó mucho; Manning sentía que se estaba retirando. “Lo negaba, pero tenía ese sentimiento… de que estaba siendo olvidada”.

Se acercaba un periodo de licencia de dos semanas. Planeaba pasar el tiempo en Boston para intentar remediar la relación con Watkins y en los suburbios de Washington con su tía. Soñaba con aprovechar la ocasión para salir del clóset como trans frente a su familia y amigos. “Tenía esta imagen mental constante en la que lo gritaba a todo pulmón”. Pero en su corazón sabía que nunca podría hacerlo.

Antes de dejar la base Hammer, Manning descargó del Combined Information Data Network Exchange del gobierno estadounidense prácticamente todos los reportes SigActs sobre las guerras en Afganistán e Irak e hizo una copia con los datos comprimidos en discos CD-RW; a uno le puso la etiqueta “Lady Gaga”. Lo hizo enfrente de todos los soldados. Pero lo que hizo después fue lo que violó uno de los principales preceptos que le enseñaron en Fort Huachuca, junto con el juramento que tomó al alistarse en 2007: subió el contenido de los discos a la computadora personal que planeaba llevarse consigo a Estados Unidos. Todavía no había decidido qué haría con la información.

Unos días después, Manning se puso una peluca rubia y corrió desde la puerta lateral de la casa de su tía, donde los vecinos no podían verla, a su auto, que manejó hasta la estación ferroviaria. Traía puesto un abrigo oscuro y debajo de este una vestimenta casual para mujeres que había comprado en una tienda departamental cercana; dijo que era para una amiga que necesitaba el atuendo para una entrevista de trabajo. En Washington fue a un Starbucks, comió en un restaurante bullicioso y caminó por los pasillos de una librería; después se volvió a subir al metro y recorrió varias estaciones sin tener un destino fijo. Estaba disfrutando de ser vista como quería serlo, reconfortada por lo fácil que fue hacerlo: prácticamente nadie se volteó a mirarla de reojo.

“Antes de aquel despliegue no tenía las agallas”, dijo Manning, quien entonces se refería a sí misma en privado como Brianna. Pero el tiempo que había pasado en Irak la había cambiado. “Estar expuesta a tanta muerte a diario hace que te enfrentes a tu propia mortalidad”, explicó. Ya no quería esconderse.

Su expedición por Washington fue el mejor momento de una vacación decepcionante. El ejército había adelantado su salida de la base Hammer y su familia no pudo cambiar sus planes: la tía de Manning estaba en un viaje en el extranjero y su hermana Casey acababa de dar a luz a su segundo bebé, por lo que se le complicaba hacer tiempo para Chelsea. Manning tomó el tren para ver a Watkins en Massachusetts, pero sentía como que él realmente no la quería ahí y se quedó tres días menos de lo planeado.

En ese momento, Manning podría haber regresado a Irak sin haber compartido los archivos. Sus acciones habían sido ilegales, pero reversibles. Sin embargo, Manning dijo que estar en Estados Unidos fue lo que la hizo tener una epifanía: en casa, dijo, se dio cuenta de qué tan invisibles se habían vuelto las guerras para la mayoría de los civiles; lo que sabían sobre lo que pasaba en Irak no iba más allá del titular de algún artículo en un periódico o una cápsula de los noticieros de televisión por cable. “Había dos mundos”, dijo. “El de Estados Unidos y el que yo veía (en Irak)”. Continuó: “Quería que la gente viera lo mismo que yo”.

Una tormenta de nieve azotó a Washington. La tía de Manning todavía no regresaba de vacaciones. Sola en la casa, comenzó a transferir parte de los archivos a una tarjeta de memoria y preparó un archivo de texto anónimo que quería que acompañara la información. “Este es posiblemente uno de los documentos más significativos de nuestro tiempo para levantar la niebla de la guerra y revelar la verdadera naturaleza de los conflictos armados desiguales del siglo XX”, escribió. “Buen día”.

Manning me dijo que su decisión de darle la información a WikiLeaks fue por cuestiones prácticas: originalmente, quería entregar los datos a The New York Times o The Washington Post y se movió de teléfono público a teléfono público la semana anterior de su regreso a Irak intentando llamar a las oficinas de ambos periódicos; dejó un mensaje para el editor público del Times y tuvo una conversación frustrante con una reportera del Post, que dijo que tendría que saber más sobre los archivos antes de que su editor aceptara que se hiciera un artículo. Una reunión planeada de último minuto con el sitio web Politico, donde esperaba hablar con los blogueros sobre temas de seguridad, fue descartada por el clima. “Quería establecer un contacto de modo que la información no pudiera ser vinculada conmigo”, dijo Manning. Pero tenía poco tiempo. “Necesitaba hacer algo y no quería que nada me detuviera”.

El 3 de febrero del 2010, Manning se conectó con su computadora portátil y, usando un protocolo para la transmisión segura de datos, envió los archivos a WikiLeaks.

De regreso en la base Hammer, el tiempo parecía acelerarse: todo estaba pasando de golpe. Manning estuvo fuera dos semanas y había mucho trabajo por hacer; “era casi el triple”, dijo. No había indicaciones de que WikiLeaks hubiera recibido los archivos ni de que el ejército supiera que algo no estaba bien. Manning recuerda que sentía una ansiedad aguda todo el tiempo. Dormía menos, fumaba más.

A mediados de febrero, durante un descanso del SCIF, encontró una conversación interesante en el canal de IRC de WikiLeaks, en el que los participantes estaban discutiendo la crisis financiera en Islandia. Era un colapso bancario que Manning —quien había leído parte de los cables diplomáticos a los que tenía acceso como analista— concluyó que avanzaba por la inacción estadounidense y lo que describió como abuso diplomático por parte del Reino Unido y los Países Bajos. “Desde mi punto de vista, parecía que no nos estábamos involucrando por la falta de un beneficio geopolítico a largo plazo”, testificó después. Siguió los mismos pasos que antes y filtró a WikiLeaks algunos de los cables diplomáticos vinculados a la crisis islandesa. Esta vez, en pocas horas, WikiLeaks hizo públicos los documentos. Manning estaba entusiasmada: si los cables llegaron a WikiLeaks, los SigActs también lo habrían hecho.

Para ese momento, Manning había tenido varias conversaciones por IRC con una persona que después identificó en su lista de contactos en línea como “Nathaniel Frank”, en honor al autor del libro Unfriendly Fire: How the Gay Ban Undermines the Military and Weakens America. Es muy probable que Frank fuera Assange, aunque Manning no quiso discutir el tema conmigo; buena parte de esa conversación en línea está clasificada y podría ser usada en acciones legales futuras contra Assange.

A las transmisiones de los SigActs y los cables diplomáticos sobre Islandia le siguieron filtraciones difíciles de ignorar. Publicado por WikiLeaks con el título “Asesinato Colateral”, un video de tres años atrás captado por una cámara montada en un helicóptero estadounidense mostraba a un grupo de hombres y una camioneta en un área donde se registraron disparos. La tripulación del helicóptero pide repetidamente abrir fuego —“¡Déjennos disparar!” se alcanza a escuchar— antes de recibir la orden y hacerlo. Al menos una decena de personas murieron en ese ataque de 2007, incluidos varios civiles y dos empleados de la agencia Reuters. Manning dijo que sabía que Reuters, con una solicitud de información oficial del Freedom of Information Act, había pedido una copia del video, pero nunca la recibió. Y dijo que era un síntoma de los peores impulsos de un gobierno obsesionado con clasificar todo. “Tiene sentido mantener secreta alguna información por unos días, quizá algunos años”, me dijo. “El problema es que cada vez más el estándar es que todo sea secreto”.

La relación de Manning con Nathaniel Frank creció por medio de largas conversaciones en chats. Ella comenzó a acoger su papel de transmisora de “la verdad”. “Vivir una vida tan opaca me obligó a nunca dar por sentada la transparencia, la apertura y la honestidad”, le escribió al antiguo hacker Adrian Lamo, a quien Manning contactaba para confesarse. Sin que ella supiera, Lamo ya trabajaba con investigadores del gobierno estadounidense.

Mientras, en privado, Manning estaba colapsando. Los investigadores del ejército a cargo de su caso después describieron varios episodios de “comportamiento extraño”, como su mirada perdida o un incidente en el que fue hallada en el piso de un cuarto junto a una silla en la que había tallado las palabras “YO QUIERO”. Ella recuerda que toda la unidad estaba “en ascuas”, con varias discusiones y algunas peleas. Estaba por terminar su periodo en Irak “y es entonces cuando la gente empieza a cansarse de los otros y las antipatías personales hacen erupción”.

En abril, Manning le envió un correo a un superior en el ejército en el que adjuntó una foto de ella como Brianna que se había tomado en Washington. “Ahora sabía quién era”, me dijo Manning. “Pero la gente que me rodeaba todavía no”. El asunto del correo decía “Mi problema”. Escribió que la cuestión de su identidad de género “no iba a desaparecer” y que “las consecuencias son graves”. (Manning dice que su capitán le confirmó como recibido el correo, pero que escondió el tema).

Manning me dijo que en mayo ya había decidido hacer público su papel como filtradora, aunque todavía tenía problemas con cómo expresar su identidad de género. No pudo encontrar la manera de hacerlo. A finales de mayo, fue convocada a una sala de conferencias en la que la esperaban dos agentes de la división de investigaciones penales del ejército. Manning estaba aterrorizada, pero no quería mostrarlo: “Estaba enfocada en mí: quién era, cuáles eran mis valores”, dijo. Se retiró “a su cabeza”. Días después estaba esposada y fue llevada al campamento Arfijan en Kuwait, donde la pusieron en una jaula de acero.

Siete años después, es difícil exagerar el impacto que tuvieron los registros de las guerras de Afganistán e Irak o de la publicación de los cables diplomáticos. “El material tocaba prácticamente todas las relaciones que tenía Estados Unidos en el mundo”, dijo Crowley, exsubsecretario del Departamento de Estado. Las repercusiones llegaron de inmediato: Carlos Pascual, el embajador estadounidense en México, tuvo que renunciar por cuestionar la efectividad de la guerra contra el narcotráfico, lo que envenenó la relación que tenía Pascual con el entonces presidente mexicano Felipe Calderón. El embajador Gene Cretz se tuvo que retirar de Libia por los cables que detallaban las andanzas del régimen de Muamar Gadafi, incluido el dato de que tenía un grupo de escoltas ucranianas. Usualmente se asocia la publicación de los cables sobre el hombre fuerte de Libia, Zine el Abidine Ben Ali, con los inicios del levantamiento en ese país, lo que desató la Primavera Árabe.

Los documentos sobre Afganistán e Irak también dejaron claro en casa, como Manning esperaba, el desorden de ambos conflictos. “Estos registros de guerra”, escribió The Guardian en una introducción a la publicación del material, contrastan con la imagen pública “arreglada y saneada que aparece en comunicados oficiales y en las instantáneas necesariamente limitadas de quienes reportan desde ahí”.

Los funcionarios estadounidenses estaban furiosos; las filtraciones los tomaron por sorpresa. El texto completo de los registros de guerra sobre Afganistán fue publicado en el sitio web de WikiLeaks y redactado solo de manera parcial por Julian Assange; se podían ver varios nombres de afganos que habían colaborado con la coalición. En 2010, el representante Mike Rogers, republicano de Michigan, dijo: “Sabemos con certeza que la gente probablemente será asesinada por la revelación de esta información”. Aunque reportes posteriores de The Associated Press y McClatchy determinaron que este riesgo había sido sobredimensionado y los testigos del gobierno dijeron durante el acto de sentencia de Manning que no podían atribuir muertes de estadounidenses a las filtraciones. Pero Crowley señala que la falta de evidencia de esas muertes no significa que no haya causado perjuicios: “Ella ‘quemó’ a una cantidad considerable de fuentes de inteligencia”, dijo. “Ella puso en peligro a afganos que nos decían qué hacía el Talibán en sus pueblos”.

En su jaula en Kuwait, Manning no registró ninguna consecuencia. “Estaba completamente aislada”, dijo. En algún momento concluyó que “había sido olvidada y había desaparecido”. Pensó que Lamo, el hacker, era quien la había identificado ante las autoridades, pero no sabía si su involucramiento con las filtraciones era de conocimiento público. El único contacto humano que tenía era con otros guardias. “Cuando llegué al centro de detención les dije que era trans”, cuenta Manning. “‘Soy mujer’ les dije muy prosaica. Se rieron”. En el aislamiento, Manning quedó consumida por la ira y la tristeza. Los oficiales observaron lo que el abogado de Manning llamó un episodio de “gritos incontrolables, temblores, balbuceo y golpes con la cabeza contra el muro de la celda”.

Manning me dijo: “Tenía miedo de quedar en esa celda o algo parecido por el resto de mi vida. Y que me iban a pasar cosas malas”. Después de una semana usó las sábanas del catre para hacer una horca e hizo lo que calificó como un “intento poco entusiasta” por suicidarse. “Como que sabía que no iba a funcionar”. Llamó la atención del personal penitenciario y, de acuerdo con un reporte médico obtenido después por el equipo legal de Manning, un doctor militar le diagnosticó ansiedad, depresión y “probable desorden de identidad de género”. Le dieron un antidepresivo que hizo sangrar su nariz y le provocó náuseas. No quería comer. Su piel se volvió amarillenta. En julio, cuatro días después de que The Guardian y otros medios publicaran los reportes sobre Afganistán, Manning fue esposada de nuevo y subida a un avión militar. Dijo que los guardias le habían indicado que sería “llevada a un crucero de la Marina” por unos meses; ahora sus escoltas le indicaban que iba a ir a Guantánamo. A la mitad del vuelo, la versión cambió una vez más: iba al calabozo de la base de la Marina en Quantico, Virginia.

Al llegar ahí supo que el mundo la conocía. “¡Así que tú eres Manning!”, le dijo un soldado muy entusiasta. Le contó que estaba en la televisión. El gobierno la había transferido a Quantico para que estuviera en instalaciones más aptas para lidiar con su estado mental. Pero una investigación militar de 2011 reveló lo opuesto: en Quantico pasó 23 horas al día en una celda de 1,8×2,4 metros por casi nueve meses, la mayor parte con el estatus de POI (prevención de heridas autoinflingidas). Las condiciones fueron descritas después por un reportero especial de la ONU como posiblemente tortura. Manning usaba una “bata de suicidio”: una vestimenta blanca de nailon que es imposible torcer o romper para hacer una horca. No tenía ni almohada ni sábanas. Tenía que confirmar verbalmente varias veces al día que estaba “bien”. (Después de la investigación, el ejército ordenó el cierre de la zona de detención preventiva en Quantico).

Cuando le pregunté a Manning que describiera esas condiciones, contestó como si todavía estuviera ahí. “Las emociones son más intensas”, dijo. “No hay cómo liberarlas. Un comentario mal intencionado de un guardia” (como una broma sobre su género) “te saca de quicio. Sé que he estado en mi celda, encerrada y sin tener a dónde ir, dando pasos enojada y frustrada. Solo te hace sentirte más y más molesta y eres impotente”, explicó. “Empiezo a gritarle, a nadie en especial, o a cantar a todo pulmón”.

Pero Manning a veces recibía visitas, como su tía. “Aunque estaba detrás de un vidrio y no podíamos hablar sin que nos grabaran”, me dijo Manning, “fue una de las reuniones más fuertes que he tenido en mi vida”. “Te queremos”, le dijo su tía, “te extrañamos”. Hicieron planes para contratar a un abogado independiente y seleccionaron a David Coombs, un cuarentón que había estado más de una década en el órgano de fiscales del ejército.

Habían empezado a filtrarse rumores sobre el tratamiento que Manning recibió en Kuwait y Quantico, y llegaron a los oídos de destacados activistas y letrados como el constitucionalista de Harvard Laurence Tribe y el teórico y filósofo Kwame Anthony Appiah, quienes firmaron una carta en la que criticaban las condiciones de su cautiverio. En la primavera de 2011, el gobierno transfirió de nuevo a Manning al correccional de Fort Leavenworth. En Kansas pudo estar entre la población general de la prisión; era “un shock al sistema, porque antes había estado esposado adonde fuera que iba o en un cuarto pequeño o en una jaula”.

Los reos no están obligados a trabajar, por lo que ella pasaba su tiempo en la biblioteca ayudando al abogado Coombs y a sus asistentes a preparar el caso. Enfrentaba una cantidad impresionante de cargos, 22 en total, por evadir mecanismos de seguridad para ayudar al enemigo, un delito que tiene como posible condena la cadena perpetua. Durante dos meses, Manning estuvo en una prisión afuera de Maryland mientras Coombs argumentaba en el juicio que había anarquía en la unidad de Manning y pocos protocolos de seguridad en su SCIF. Después argumentó que la disforia de género de Manning y la incapacidad del ejército de ofrecer tratamiento habrían afectado el juicio y la capacidad mental de la soldado. Pocos días después, el juez halló culpable a Manning en 20 de los 22 cargos; se libró de los cargos de ayudar al enemigo y la cadena perpetua. Manning me dijo que sintió alivio, pero no solo por las razones obvias. Temía que el cargo de ayudar al enemigo establecería un precedente tenebroso para la persecución de delatores. “Todavía me preocupa cómo podría aplicarse ese cargo”, dijo.

Ella decidió que no haría pública su identidad de género en el tribunal militar, porque temía que complicara un juicio de por sí complicado. Pero al escuchar el testimonio de Lauren McNamara, una amiga trans que testificó en la audiencia, se dio cuenta de que estaba por quebrarse. “Estaba cansada de fingir”, dijo. Escribió una declaración en la que se identificaba como Chelsea, un nombre que había usado en su niñez cuando jugaba a los Sims. El 22 de agosto, David Coombs apareció en el programa televisivo de NBC “Today” mientras la conductora Savannah Guthrie leía al aire el comunicado: “Conforme hago la transición a la siguiente fase de mi vida, quiero que todos conozcan a mi yo verdadero. Soy Chelsea Manning. Soy mujer”. Manning no supo cuál fue la reacción ni pudo ver el segmento. Estaba en un avión de regreso a Fort Leavenworth.

Las barracas disciplinarias están en el extremo norte de Fort Leavenworth. El complejo de máxima seguridad, con 515 camas, está reservado para los prisioneros militares con las sentencias más largas. Durante la mayoría de su tiempo ahí, Manning vivió en el segundo piso. Su celda era angosta y pequeña; tenía un catre, un escusado, un espejo y un lavabo. La única ventana miraba hacia el norte, al paisaje que rodea el fuerte. El clima se volvió su entretenimiento: la nieve que se juntaba en las rejas. La luz de vigilancia que se movía de un lado al otro y hacía que los conejos y los ciervos corrieran para esconderse.

Durante el juicio de Manning, Coombs introdujo como evidencia la foto que su cliente le mandó a su superior en el correo electrónico de 2010. La imagen después fue enviada a los medios y, para otoño de 2013, había aparecido en un sinnúmero de artículos sobre la transición de Manning. Para ella fue doloroso que eso fuera lo que la definía. “Era tan distante de su experiencia en Fort Leavenworth”, dijo Evan Greer, un amigo de ella y activista trans. “Creo que algunas personas vieron esa imagen, con la peluca lustrosa, y pensaron que tenía algo de libertad tras las rejas”.

La realidad es que cada aspecto físico de Manning estaba determinado por las reglas del ejército, desde su ropa hasta el cabello que tenía que usar, según la sección 670-1 del reglamento, en un “estilo conservador y pulcro”. Manning estaba en una posición difícil de entender para quienes no son trans: se había identificado como mujer pero los guardias la trataban como si fuera hombre; a veces de manera enfática. Vincent Ward, uno de los abogados, recuerda que “desde que entrabas al lugar podías percibir la intimidación, las risitas, los comentarios”. Es un tipo de aislamiento que puede inducir a una acción drástica: los psicólogos clínicos que trabajan con prisioneros trans han documentado elevadas tasas de suicido y depresión en los reos que no reciben el tratamiento médico apropiado. En los peores escenarios, los prisioneros han intentado alterar sus propios genitales con lo que tienen a mano.

Cuando ingresó a las barracas en 2013, Manning pidió tener acceso al tratamiento de estrógeno y antiandrógeno recetados a personas que hacen la transición de hombre a mujer. La rechazaron. El ejército no había sancionado aún el uso de terapias hormonales para los soldados; mucho menos para los prisioneros. En vez de eso, Manning recibió antidepresivos y sesiones de terapia. “Permitirle al señor Manning vivir como mujer, que pueda feminizar su cuerpo, creará retos operacionales a medida que la población carcelaria responda a estos cambios”, escribieron los administradores de Fort Leavenworth en un memorando obtenido después por la Unión de Libertades Civiles Americana, la ACLU.

La prisión no cedió durante casi un año. Mientras, uno de los abogados de Manning –Chase Strangio, también trans– estaba preocupado de que su cliente intentara herirse de nuevo, por lo que presentó una demanda contra el Departamento de Defensa. El ejército aceptó en 2014 enviar ropa interior de mujer a la celda de Manning. Fue una situación inédita en las fuerzas armadas estadounidenses. (Un juez civil del condado de Leavenworth ya había avalado la solicitud de Manning para cambiarse de manera oficial el nombre a Chelsea Elizabeth Manning). Siguió la terapia hormonal a principios de 2015; le entregaban las píldoras en el dispensario médico cerca de la cafetería.

Las primeras fases de la terapia hormonal fueron muy gratificantes para Manning: su piel se sentía más suave, tenía menos vello corporal. Pero también surgieron otros cambios: “Había construido todos estos muros y defensas alrededor de mis emociones desde que era adolescente”, dijo Manning. “Cuando cayeron en picada mis niveles de testosterona de repente me volví más vulnerable, ya no podía esconder mis emociones, tenía que lidiar con ellas, usualmente en ese mismo momento”. Llegaban más rápido de lo que Manning podía procesarlas: “Unas buenas, como la confianza, un sentido de conexión con mis amigos, pero mezcladas con muchas malas, como la incertidumbre, la soledad, la pérdida”. Buscó apoyo en sus amigos trans, que la ayudaron a experimentar con su voz “para ponerla en diferentes tonalidades y encontrar la que pareciera correcta”, me dijo su amiga Annie Danger, activista y artista. “Intenté hablar con ella durante todo ese proceso de evolución que es tan importante. Es, literalmente, encontrar tu voz”.

Los días en las barracas tenían un ritmo casi mundano. Chelsea se despertaba a las 4:30 de la mañana y se ponía el brasier deportivo blanco, el uniforme de la cárcel que le quedaba holgado, casi como si fuera un espantapájaros, y las botas del ejército. “Ok”, se decía a sí misma frente al espejo, “tú puedes con esto”. Desayunaba e iba al taller de la prisión en el que ella y otros reos construían muebles de madera que vendían en el comisariato. Comenzó a jugar Dungeons & Dragons cada semana tras la invitación de otro prisionero; hacía de una mujer de la nobleza llamada Esvele Dundragon. Manning me dijo que nunca se sintió amenazada físicamente por los otros prisioneros, sino por los guardias.

En abril de 2014, la solicitud de clemencia de Manning fue rechazada por el ejército. Todavía estaba la posibilidad de un perdón presidencial, pero Manning no tenía por qué esperarlo: la Casa Blanca había condenado las filtraciones. La mejor opción era apelar. Pero estaba cansada. Su cabello estaba corto, como establecen los estándares militares. Los guardias no le daban tregua. “Si intentaba que fueran más neutros respecto al género, se volvían más específicos”, dijo Manning. Una solicitud para poder someterse a la cirugía de reasignación de sexo fue recibida con silencio. (De acuerdo con los abogados de Manning, el ejército la avaló en septiembre pero no estableció cuándo debía llevarse a cabo). Las barracas de Fort Leavenworth estaban “causando, de manera deliberada y a sabiendas, situaciones que causan mucho estrés en muchas personas. La gente se desmorona. Las buenas personas se desmoronan”.

Uno de los amigos más cercanos de Manning en la prisión, Anthony Raby, recuerda que “la idea de que alguien pueda creer que es de un género distinto al que nació era como creer que un pollo es un sombrero. No entendía. Pero, como cristiano, creo en mostrarle compasión a todos, entonces hablamos”, escribió en una carta enviada desde Fort Leavenworth. Raby entendía más que cualquier persona los estragos que le causaban la prisión a Manning. “No es el mejor lugar para alguien que tiene emociones distintas al odio, la ira, la amargura, la apatía o la indiferencia”, escribió.

En julio de 2016, otro reo le pasó una nota: “Es de tu novia” le dijo en tono burlón. Los miedos de Raby estaban por confirmarse: la desdobló y leyó la primera línea: “Chelsea E. Manning, re: Mi última carta”. Manning había escrito que se suicidaría después del espectáculo de fuegos artificiales del 4 de julio, que había terminado a las 22:00. Eran las 00:25.

Raby le avisó a un guardia y le entregó la carta. “Y a eso de la 1:00 escuché en la radio el anuncio de una alerta en la unidad habitacional donde estaba Manning”, contó. “Estaba seguro de que no habían llegado a tiempo”. Pero a las 3:30 se le acercó un investigador del ejército para decirle que Manning estaba viva.

Los oficiales no han querido dar detalles del incidente. Manning me dijo que solo recuerda haberse despertado en la ambulancia.

Pero gente con conocimiento de la situación dice que Manning intentó colgarse y los guardias la encontraron inconsciente, aunque todavía respiraba. Los días antes del intento de suicidio, me dijo Manning, se sintió particularmente sola y triste. Quería aguantar hasta que terminara el fin de semana, cuando su psicólogo regresaría a la base. “No alcancé”, dijo.

En septiembre empezó una huelga de hambre contra lo que calificó “el escrutinio exagerado y constante por parte de los oficiales de la prisión y militares”. Terminó la huelga cuando la cárcel prometió que tendría acceso a la cirugía de reasignación de sexo, algo inédito.

Manning fue enviada después a la unidad de reclusión solitaria por dos semanas más por el delito de amenazar el orden de las barracas… por su intento de suicidio.

Si la prisión la hizo sentirse como fantasma, su tiempo en reclusión solitaria fue como si la hubieran borrado. “Empiezas a olvidar el mundo afuera, ya no es relevante ni te identificas con él. La parte más oscura del confinamiento solitario es que empiezas a olvidar los autos, los trabajos, las familias, el clima y los políticos. Todo lo que hace a una sociedad”.

Intentó suicidarse de nuevo, pero un guardia se dio cuenta antes de que quedara inconsciente. Una semana después regresó de confinamiento solitario. Estaba aterrorizada y enojada. También tenía, según me dijo, estrés postraumático por su tiempo en Irak y en Quantico.

Los abogados de Manning se dieron cuenta de que quedaba muy poco tiempo. “Chelsea necesita ayuda y no la está recibiendo”, me dijo Chase Strangio en el invierno. La solicitud para conmutar la pena, que presentaron en noviembre, era su mejor esperanza. La solicitud fue enviada junto con una carta escrita por Manning. “No soy Bradley Manning. Realmente, nunca lo fui. Soy Chelsea Manning, una orgullosa mujer transgénero quien, a través de este documento, solicita de manera respetuosa tener mi primera oportunidad para vivir”.

La tarde del 17 de enero, Manning estaba en el taller de la prisión llena de virutas de madera. Recuerda que volteó y había un equipo de seguridad entrando al cuarto. “Dije: ‘Oh Dios, estoy en muchos problemas’”, contó. “Ni siquiera sé qué es lo que hice ahora”. El jefe de seguridad de la prisión le indicó que debía ir con ellos.

“¿Y voy a regresar?”, les preguntó. No, le respondieron.

Agarró sus cosas y los siguió; pensó que iba de nuevo a la unidad de confinamiento solitario, y como reflejo empezó a quitarse las agujetas de las botas para entregarlas. El oficial le indicó que no era necesario: iba a estar en custodia protectora. La televisión de la zona de recreo estaba prendida en CNN: “Conmutan sentencia de Manning”, decía el titular.

Se quedó atónita. Nunca siquiera se permitió pensar en la posibilidad de la conmutación de sentencia para no caer en una oscuridad todavía más profunda. “Fue tan difícil para mí procesarlo y lidiar con ello”, dijo.

Cuatro meses después, el 17 de mayo, Manning fue escoltada a una camioneta negra y dejó atrás Fort Leavenworth. Alrededor de la una de la mañana llegó a un estacionamiento donde la esperaban sus abogados. Manning estaba tan emocionada que al intentar abrazarlos le pegó a uno de ellos en la cara con su codo.

La semana que pasé con Manning en Nueva York fue como un momento suspendido en el tiempo: los días entre todo el caos que era su vida antes y lo que sea que venga ahora. En sus últimos meses en prisión, Manning escribió 300 páginas de una autobiografía y ha pedido que un agente la promueva en casas editoriales. En otoño aparecerá en un documental llamado XY Chelsea, producido por Laura Poitras, quien hizo un documental de Snowden y otro de Assange. Sus abogados todavía trabajan en su apelación: aunque sea exonerada es difícil saber qué tan cómoda será su vida en los años venideros, dado que parte del país —del mundo— quizá nunca logre lidiar con lo que hizo.

Pero no quiere pensar mucho en su reputación. Esa semana en Manhattan se veía feliz de ser libre. Caminamos por calles abarrotadas, comimos en McDonald’s y en restaurantes y cafés, fuimos al cine a ver Alien: Covenant. Camino a la sala, el hombre que recogía los boletos pidió revisar la bolsa de Manning. Me quedé sin aire unos segundos: pensé que la había reconocido. Pero ella solo se hincó y abrió la bolsa para enseñar su computadora. La dejaron pasar. La famosa delatora y exprisionera militar ahora era solo alguien más del público dominical.

Pensé que si Manning ha tenido dificultades en entender el efecto de sus acciones en el mundo, quizá sea en parte resultado del aislamiento extraordinario que vivió, incluso antes de su arresto: durante su infancia en Crescent, cuando buscaba cómo solucionar su “dolor de muelas”; en Kuwait y Quantico, en la unidad de solitario de Fort Leavenworth. Ahora podía vivir en público y de manera abierta siendo quien siempre supo que era y estaba apenas ajustándose a esa idea, como si fuera un lago helado y estuviera metiéndose poco a poco.

Más de una vez, caminando por Nueva York, sentí que estaba en la presencia de alguien que por primera vez se daba cuenta de que estaba viva. Manning me dijo que entendía que su identidad y las acciones que llevaron a su arresto han sido parte del imaginario público desde hace tiempo. No quiso discutir hipotéticos, como si su disforia había contribuido a que quisiera filtrar la información, “pero lo que puedo decirte es que mis valores serían los mismos. Las cosas que me importan serían las mismas”.

Una mañana, al final de una de las rondas de entrevistas, Manning me mostró un sobre blanco. Adentro estaba la nota de un niño transgénero de 14 años. “Solo quería decir que me da gusto que vas a estar libre en unos meses”, decía la carta escrita a mano y con pluma, “y que estoy orgulloso de ti (¿es raro decir eso?). Eres una inspiración”. Manning volvió a guardar la carta en el sobre. Dijo que, honestamente, nunca quiso ser un modelo a seguir. Le pregunté cómo hubiera sido su vida si ella hubiera tenido un modelo. Bajó la mirada. “No sé cómo”, dijo después de un rato, “pero hubiera sido mejor”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *