El lucrativo negocio que las consultorías estadounidenses mantienen en Arabia Saudita

Mohamed bin Salmán, príncipe heredero de Arabia Saudita, en una de sus oficinas. Un documento de Boston Consulting Group, una de las tres firmas estadounidenses de consultoría que han trabajado para él, está entre la pila de papeles frente a él.

Mientras el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salmán, cautivaba a los banqueros de Goldman Sachs y a los ejecutivos de Silicon Valley en un recorrido por Estados Unidos esta primavera, algunos de sus representantes de mayor confianza se ocupaban de sus asuntos en Washington.

En una ceremonia discreta a dos cuadras de la Casa Blanca, funcionarios sauditas firmaron un acuerdo con la consultoría estadounidense Booz Allen Hamilton para ayudar a entrenar a las filas crecientes de soldados cibernéticos del reino saudita.

El acuerdo “abría grandes horizontes” al mejorar las habilidades de los expertos en ciberseguridad del reino, dijo Saud al Qahtani, uno de los principales asesores del príncipe heredero que supervisaba el acuerdo, en una declaración a la prensa oficial en Arabia Saudita. El comunicado no hacía mención de su campaña continua para callar a los detractores que se manifestaban tanto dentro del reino como en línea.

Al Qahtani fue despedido el mes pasado después de que funcionarios sauditas lo vincularon con el homicidio del periodista Jamal Khashoggi, pues alegaron que había contribuido a crear el ambiente violento que llevó al asesinato. Sin embargo, aunque la muerte de Khashoggi provocó que los inversionistas de todo el mundo se distanciaran del gobierno saudita, Booz Allen y sus competidores, McKinsey & Company y Boston Consulting Group (BCG), se han mantenido cerca tras su importante participación en la ofensiva del príncipe heredero para consolidar su poder.

Además del trabajo normal de consultoría, como ofrecer consejos en materia económica y ayudar a pulir la imagen del príncipe heredero, han asumido tareas menos convencionales. Booz Allen entrena a la armada saudita mientras esta mantiene un bloqueo en la guerra de Yemen, un desastre que ha condenado al hambre a millones de personas. McKinsey elaboró un informe que quizá haya ayudado a Al Qahtani a reprimir a los disidentes. BCG proporciona asesoría a la fundación del príncipe heredero.

El trabajo es lucrativo: las tres empresas han ganado cientos de millones de dólares en total en proyectos con Arabia Saudita. El trabajo de McKinsey en el reino creció de dos proyectos sauditas en 2010 a casi cincuenta al año siguiente y siguió aumentando con rapidez, a casi seiscientos proyectos de 2011 a 2016.

Los documentos internos de McKinsey a los que tuvo acceso The New York Times mostraron que en los últimos años los consultores de McKinsey se han expandido por todo el reino para asesorar a agencias del gobierno como el Ministerio de Planificación, apodado por algunos sauditas el “Ministerio McKinsey”; la corte real, y un grupo selecto de empresas dentro de industrias como la banca, los medios, las telecomunicaciones, los bienes raíces y la energía.

El año pasado, McKinsey compró una consultoría saudita con vínculos políticos, con lo que añadió los 140 empleados de esa firma a los 300 que ya tenía en la región.

El informe de McKinsey en el que señalaban a importantes detractores cibernéticos provocó el repudio generalizado cuando The New York Times lo divulgó el mes pasado. El informe incluía fotografías y describía en detalle a los disidentes, entre ellos a Khalid al Alkami, un escritor que critica las políticas sauditas, y a Omar Abdulaziz, un saudita que ahora reside en Canadá.

“Omar tiene una gran cantidad de tuits negativos sobre temas como la austeridad y los decretos reales”, enlistó el autor, quien, de acuerdo con McKinsey, es un investigador que vive en Arabia Saudita. Al Alkami “escribió muchos tuits negativos relacionados con la austeridad”.

A pesar de que McKinsey afirmó que el informe se preparó para una audiencia interna, Al Alkami fue arrestado después de que se divulgó el reporte y Abdulaziz denunció que apresaron a dos de sus hermanos. Se cerró la cuenta de un tercer detractor, quien usaba un seudónimo, pero no se sabe qué ocurrió con el propietario.

La represión fue una señal temprana de las medidas extremas del gobierno saudita para disipar las críticas, las cuales dieron lugar al asesinato de Khashoggi.

McKinsey afirmó estar “horrorizado” ante la posibilidad de que su información haya sido empleada indebidamente. En una nota a algunos exempleados, McKinsey dijo que el investigador había publicado el análisis en enero de 2017 en un sistema interno y que solo pretendía “mostrar las técnicas para evaluar el uso de las redes sociales y sus reacciones”.

Funcionarios sauditas firmaron un acuerdo con Booz Allen Hamilton en marzo para trabajo de ciberseguridad.

Incluso antes de que el príncipe heredero ascendiera en la jerarquía real, McKinsey y BCG cultivaron la relación con este personaje. De acuerdo con dos consultores que han trabajado en esa región, el ejecutivo principal de BCG en el Medio Oriente, Joerg Hildebrandt, desarrolló una relación con el príncipe heredero a lo largo de los últimos años. A través de un portavoz, Hildebrandt se negó a hacer comentarios.

Después de que designaron al príncipe heredero como ministro de Defensa en 2015, BCG obtuvo un contrato para ayudar a renovar los sistemas de adquisiciones del ministerio y mejorar el manejo de sus finanzas y del personal, señalaron dos personas con conocimiento de este contrato.

Los funcionarios de prensa de la embajada saudita en Washington no respondieron a los correos electrónicos en los que se les pedía hacer comentarios.

En febrero de 2016, consultores de McKinsey y de BCG acompañaron a cinco emisarios de la corte real saudita para que se reunieran con comités de expertos en Washington. Pusieron al tanto a los expertos en el golfo sobre los importantes objetivos de Mohamed bin Salmán de rehacer el estilo de vida de Arabia Saudita mientras los consultores, que superaban en cantidad a los sauditas, tomaban notas en silencio.

Durante años, Booz Allen ha entrenado a la armada saudita como parte de un programa del gobierno de Estados Unidos para ayudar a sus ejércitos aliados. En 2012, la empresa declaró que había trabajado con la armada en operaciones, labores de inteligencia y estrategias electrónicas de guerra, así como en logística y gestión financiera. El contrato terminó el año pasado, dijo un vocero.

Decenas de veteranos del ejército estadounidense trabajan para Booz Allen en Arabia Saudita. Un contralmirante retirado con experiencia de combate en la región asesora a los oficiales sauditas de alto rango sobre planeación militar. Otros tienen amplia experiencia que podría emplearse para entrenar a los sauditas sobre cómo llevar a cabo bloqueos y manejar equipo como artefactos de guerra electrónica que puedan detectar radares y misiles enemigos e interferirlos.

Booz Allen también asesora al ejército saudita; ganó un contrato para ayudarle con la logística, incluido dar mantenimiento a los tanques Abrams sauditas.

En un comunicado, Booz Allen señaló que no había proporcionado apoyo a Arabia Saudita en la guerra contra Yemen y que la empresa se coordina con el gobierno estadounidense para garantizar que su trabajo “sea congruente con la política exterior de Estados Unidos y las normas comerciales”. La empresa no comentó si los soldados y los marinos que entrena participan en el bloqueo saudita en Yemen.

 Mientras muchas compañías abandonaron la conferencia Iniciativa de Inversión Futura de Arabia Saudita en Riad el mes pasado en medio del furor global por el asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi, las empresas de consultoría se quedaron. 

En cuanto a McKinsey, su trabajo con Arabia Saudita es controvertido incluso al interior de la empresa. En medio de la Primavera Árabe, sus consultores en la región alegaron que la empresa debería considerar restringir los negocios en Arabia Saudita, según comentó un exconsultor que trabajó en el Medio Oriente.

No obstante, otros consultores de mayor rango, incluyendo a los socios, dijeron que McKinsey no estaba en posición de juzgar la cultura ni los valores de sus clientes. La mejor manera de mejorar el reino, sostuvieron, era modernizar la economía y mejorar el funcionamiento del gobierno y de las empresas.

En vez de reducir sus operaciones en Arabia Saudita, McKinsey redobló su apuesta.

Muchos consultores extranjeros que trabajan en Arabia Saudita no logran entender la cultura local ni la forma en que el gobierno autoritario puede explotar su trabajo, señaló un consultor que ha trabajado con las altas esferas del gobierno saudita. Matizó esto al decir que sus colegas tienen cuidado en tratar de no hacer daño.

En un comunicado, un vocero de McKinsey comentó: “Estamos orgullosos de nuestro historial en Arabia Saudita”, al referirse a la creación de empleos y las mejoras en las condiciones de salud.

Los consultores que tienen el propósito de ayudar a los gobiernos autoritarios desde adentro, con frecuencia ceden al deseo de preservar sus funciones lucrativas, afirmó Calvert W. Jones, catedrática de la Universidad de Maryland que estudia el papel de los consultores en el Medio Oriente.

“Minimizan la situación”, señaló. “Temen ser despedidos si hablan con la verdad ante los poderosos en este punto de su relación”.

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