El viaje mortal de un hombre mexicano que quería volver a su hogar

Más de quince mil personas fueron procesadas en 2017 por tratar de regresar al país después de su deportación. Adrián Luna, como casi todos ellos, tenía hijos, pareja y toda su vida en un pueblo de Estados Unidos. Pero murió intentando regresar.

ST. ANTHONY, Idaho – Belinda Luna, la bibliotecaria de esta localidad fronteriza en la zona agrícola de Idaho, todavía tiembla cuando recuerda esa visita, hace poco más de un año, a una oficina del Servicio de Inmigración y Aduanas en Idaho Falls. Un funcionario le informó a su esposo que iban a deportarlo a México justo frente a ella y sus hijos.

“Le dijo a mi esposo que abrazara a su familia por última vez”, contó Belinda, de 41 años, con lágrimas en los ojos, mientras veía un video de ese momento que había grabado su hija con el celular. “¿Te imaginas la tristeza que siente un padre ante una humillación como esa? Ese día mi vida comenzó a desmoronarse”.

Su esposo, Adrián Luna, de 45 años, era un trabajador de la construcción que a los 18 años siguió su destino hasta el este de Idaho, un bastión de la Iglesia mormona y de la famosa papa de Idaho. Trabajó mucho, pagó impuestos, formó una familia. Después de aquel día de 2017, cuando lo alcanzaron las medidas antimigratorias de mano dura del gobierno de Trump y fue deportado a México, Adrián no tardó en planear su regreso al lugar donde estaba todo lo que él llamaba hogar: su esposa, sus hijos, su vivienda, trabajo, amigos e iglesia. Sus obligaciones no iban a desaparecer solo con la orden de un tribunal de inmigración.

Pero un día de julio de este año, Belinda recibió la noticia por su cuñado: el cadáver de su marido había sido descubierto en el desierto de California. Adrián hizo una apuesta desesperada por regresar con ella, pero no sobrevivió el trayecto. Un equipo de voluntarios, junto con un reportero y un fotógrafo de The New York Times, lo habían encontrado.

La historia de los Luna, una familia con más raíces en Idaho que en México, se está volviendo algo muy común. Durante el gobierno de Trump han aumentado considerablemente las deportaciones de personas que nacieron en el extranjero, pero llevan viviendo mucho tiempo en Estados Unidos; sin embargo, es poco probable que la expulsión sea permanente incluso cuando las deportaciones llegan a comunidades de inmigrantes arraigadas lejos de la frontera.

Más de 15.700 personas (varones casi todos) fueron procesadas en 2017 por tratar de regresar al país después de su deportación. Aunque el reingreso ilegal es un delito, inmigrantes con hijos, hogares y parejas en Estados Unidos a menudo creen que deben intentarlo a pesar de los riesgos.

Más del 40 por ciento de los nuevos casos contra inmigrantes en el Departamento de Seguridad Nacional involucran a personas que han vivido en el país durante dos años o más, en comparación con el seis por ciento de finales de 2016.

“Adrián era uno de nosotros”, dijo Chad Harding, de 44 años, supervisor del equipo de construcción en el que trabajaba Luna. “Sé que hay quienes dicen que tenemos inmigrantes que viven aquí de forma ilegal y que deben irse, punto final. Pero Adrián apoyaba a su familia y jamás causaba problemas. Lo que le pasó estuvo mal”.

 La familia hace arreglos para el velorio y funeral. 

 Alfredo, hermano de Luna; su madre, Jesús de María, y su cuñada Elia, tras enterarse de que los restos habían sido identificados

En la biblioteca de la ciudad, Belinda trabaja detrás de un mostrador cerca de hileras de libros entre los que se encuentran Mothers of the Prophets, sobre las mujeres que dieron a luz a los líderes de la Iglesia mormona, y Go Forward with Faith, una biografía de Gordon B. Hinckley, el decimoquinto presidente de ese movimiento.

Nacida y criada en esta parte de Idaho, Belinda creció leyendo estos libros luego de que su padre, ansioso por encajar, convirtiera a su familia a la religión mormona cuando ella era niña. Él había sido parte de los primeros inmigrantes mexicanos que se instalaron aquí en los años setenta y se ganaban la vida a duras penas con la cosecha de la papa y el reciclaje de latas de aluminio.

Después de que el padre de Belinda fue beneficiado por la amnistía que el gobierno de Reagan otorgó en 1986 a millones de inmigrantes que habían entrado sin autorización, la familia se dedicó a vivir como “estadounidenses tan auténticos como la tarta de manzana”, dijo.

Adrián había crecido en el estado de Jalisco, en el occidente de México; sin embargo, como vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos, los recuerdos de su lugar de nacimiento quedaron atrás y fueron sustituidos por nuevas relaciones y responsabilidades. Él y Belinda se conocieron en una quinceañera; ella lo sacó a bailar. Conversaron en español y muy pronto comenzaron a salir y a soñar con formar una familia juntos.

“Era delgado, un poco tímido”, recordó, “y me enamoré de él de inmediato”.

Se casaron en 2009 y ella se mudó con él a su pequeño tráiler. Con ellos vivía la hija que Adrián había tenido en un matrimonio anterior, Emilie, quien ahora tiene 17 años. Con los años, Belinda dio a luz a otros cuatro hijos: Ebany, de 9; Aiden, de 7; Dylan, de 5, y Jayce, de 4.

Durante años, Adrián y ella habían visitado de forma rutinaria las oficinas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por su sigla en inglés) en Idaho Falls con el propósito de regularizar su situación migratoria. Habían gastado más de 10.000 dólares en abogados para ese fin y habían intentado cumplir con la ley de forma cabal y al pie de la letra.

 Algunas de las pertenencias de Luna fueron enviadas a Belinda, su esposa.

 El libro de rezos que Luna llevaba consigo en el desierto 

Al ser cónyuge de una ciudadana estadounidense, Adrián tenía derecho al permiso de residencia permanente, pero su caso se complicó debido a que había sido deportado en 1992 y había regresado a Estados Unidos de manera ilegal. Durante una cita que pensaron que sería rutinaria en las oficinas un día de agosto de 2017, uno de los funcionarios le dijo a Adrián que su tiempo en Estados Unidos había terminado. Adrián reclamó que años atrás había sido engañado para que firmara su orden de deportación anterior.

El funcionario lo paró en seco. “Entraste al país de manera ilegal, ¿entendido?”, le dijo, como muestra el video del encuentro. “No intentes engañarme”.

Adrián fue encarcelado durante semanas y más tarde fue deportado. Estuvo viviendo varios meses en casa de unos familiares en San Martín de Bolaños, una ciudad de Jalisco que tiene aproximadamente el mismo tamaño que St. Anthony.

Poco a poco, Adrián comenzó a planear cómo reunirse con su familia. La primera vez que se había embarcado en la odisea de cruzar la frontera era mucho más joven; ¿tendría la fortaleza para hacerlo de nuevo? Creyó que sí. Compró obsequios mexicanos: cinturones hechos a mano y sandalias de cuero con los que quería sorprender a sus hijos de vuelta en Idaho.

En marzo inició su camino hacia la frontera de México con Arizona, donde intentó cruzar; fue deportado de nuevo casi de inmediato. Luego, en abril, llegó hasta Tijuana, en la frontera con California. Desde allí contactó a sus hermanos, algunos de los cuales llevan décadas viviendo legalmente en Estados Unidos, en Idaho y California, y les contó que intentaría cruzar el desierto cerca de San Diego con un grupo encabezado por un coyote.

Belina y Adrián Luna tienen cuatro hijos: Ebany, de 9 años; Aiden, de 7; Dylan, de 5, y Jayce, de 4.

Lo que ocurrió después es un misterio. Rafael Luna, un hermano de Adrián que vive en el sur de California, dijo que se enteró de que el grupo tuvo que abandonarlo luego de que mostrara síntomas graves de deshidratación y agotamiento. En 2017 se encontraron al menos 412 migrantes fallecidos a lo largo de la frontera, lo que refleja el aumento de los riesgos desde que el incremento de seguridad cerca de los puntos de cruce habituales ha obligado a los inmigrantes a cruzar por zonas más alejadas.

Rafael fue el portador de la terrible noticia para la familia en Idaho. Envió fotografías tomadas con su celular de la identificación de Adrián y de una imagen de San Pedro, pertenencias que se encontraron junto al cadáver.

“Empecé a llorar muchísimo y caí al piso cuando me enteré de lo que había sucedido con mi papá”, dijo su hija Emilie. “Pero ¿qué podía hacer, parar mi vida?”, preguntó. “No me puedo dar ese lujo”.

 La madre de Luna y otros familiares durante el novenario

 Belinda Luna, esposa de Adrián Luna, con los hijos pequeños de ambos (Jayce, Aiden, Dylan y Ebany) y con Emilie, de 17 años, de una relación previa de Luna 

Durante un tiempo, la familia mantuvo la esperanza de que los restos encontrados en California pertenecieran a alguien más. El cadáver hallado por el equipo de búsqueda tenía tal grado de descomposición que estaba irreconocible. ¿Sería posible que Adrián hubiera perdido su identificación y luego se hubiera perdido él?

En julio esas esperanzas se esfumaron. Belinda recibió una llamada de la oficina del médico forense del condado de San Diego, quien había hecho una prueba de ADN a los restos. Les dio la noticia a los demás durante una reunión familiar.

“Fue como si hubiera muerto de nuevo”, dijo Randy Lozano, de 40 años, tasador de ventas y cuñado de Adrián. Contó que había sido muy perturbador hablar de la deportación de un miembro de su familia con los vecinos y colegas de Idaho que apoyaban las duras medidas del actual gobierno estadounidense para los inmigrantes. “En ese punto estamos ahora. Solo imagínatelo”.

Emilie contó que sus compañeros de escuela habían coreado “Build the Wall” (“Construyan el muro”) durante la campaña de 2016, en apoyo al polémico plan del presidente Trump de construir un muro a lo largo de la frontera con México.

No obstante, mientras la familia se preparaba para el funeral de su padre, le llegaron recordatorios de que no estaba sufriendo sola. Un amigo de la escuela, cuyo padre también había sido deportado a México y había intentado regresar con su familia, le envió un mensaje de texto.

“Dudé en mandarte un mensaje desde que me enteré de lo de tu papá”, decía. “Me rompió el corazón por completo saber que lo encontraron, pero también me consuela saber que tú y tu familia ya tuvieron un cierre”.

El joven dijo que habían pasado casi tres años desde la última vez que él y su familia supieron de su padre, quien sospechan que corrió con la misma suerte durante un cruce similar al de Adrián. Desde entonces, dijo, tratan de seguir con su vida.

Recibir el mensaje fue de ayuda, dijo Emilie, pero no del todo.

“A veces siento que debería estar agradecida, pues encontrar a mi padre fue como encontrar una aguja en un pajar”, afirmó. “Pero todavía no lo logro”.

 Emilie Luna, hija de Luna, durante el funeral

 Los familiares y amigos de Luna soltaron globos durante el funeral. 

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