Galería: La historia de una familia que fue deportada a México

Lourdes Salazar Bautista, a la izquierda, y su hija Pamela Quintana Salazar durante una reunión con amigos, familiares y líderes de campaña el día previo a que su deportación fuera confirmada.

Desde hace algún tiempo, la amenaza de la deportación ha nublado el futuro de Lourdes Salazar Bautista.

Ella salió de México en 1997 para reunirse con su esposo, Luis Quintana Chaparro, en Denver, adonde él se mudó una década antes. Cuatro años después, la pareja compró una casa en Ann Arbor, Michigan, y criaron a tres hijos ahí: Bryan, de 14 años; Lourdes (Lulys), de 16 años, y Pamela, de 20.

Salazar, de 50 años, y Quintana, de 52, no tenían papeles pero siempre lograron encontrar trabajo. Ella se ganaba la vida limpiando casas e iglesias mientras él laboraba en construcciones.

La vida era normal… hasta que dejó de serlo.

En 2010, agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos detuvieron a Salazar. Ella pasó veintitrés días en custodia antes de que su abogado lograra un acuerdo con el ICE: le permitirían quedarse en Estados Unidos para cuidar a sus hijos a cambio de que su esposo fuera deportado.

 Salazar afuera de las oficinas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en Detroit, Michigan, luego de que su orden de deportación fue confirmada. Después de que su esposo fue deportado, a ella le concedieron una estancia prolongada para cuidar de sus hijos. 
 Lourdes Salazar acompañada por sus amigos en su hogar de Ann Arbor durante su último día en Estados Unidos

 Antes de la deportación de Lourdes Salazar, sus familiares quemaron los documentos que ya no necesitan. Bryan Quintana Salazar arrojaba al fuego papeles del pasado de su familia como libros escolares de la infancia, en su casa en Ann Arbor. 

Ese arreglo le concedió una estancia contra la deportación, que ella renovaba cada año. Sin embargo, cuando la fotógrafa Rachel Woolf —quien vive en Denver— conoció a la familia el año pasado, su mundo volvía a colapsar por segunda vez: en marzo de 2017, a Salazar le dijeron que su solicitud ya no volvería a ser renovada. Durante meses luchó contra esa decisión. No obstante, en agosto de 2017 fue deportada con una prohibición de regresar a Estados Unidos durante diez años.

Woolf, de 25 años, conoció el caso de Salazar a través de una campaña de la organización de voluntarios Washtenaw Interfaith Coalition for Immigrant Rights en Ann Arbor. Ella contactó a la familia en julio de 2017 y logró captar unos breves momentos de sus vidas en Michigan antes de que Salazar regresara a México.

“Sus hijos son su vida, y eso es lo que más le duele”, dijo Woolf.

 Bryan lloraba mientras Jennifer Walsh, quien era su maestra, limpiaba sus lágrimas antes de que él tomara un vuelo con su familia para viajar a México en agosto de 2017, en el Aeropuerto Metropolitano de Detroit. 

 Bryan en octubre de 2017, afuera de una papelería en Toluca, México. Tenía la esperanza de integrarse al equipo de fútbol del bachillerato en Ann Arbor.

 Salazar cerca de su casa en San Miguel Zinacantepec, México, en mayo 

Desde que el mundo de su familia fue puesto de cabeza ese día de agosto, Woolf ha captado en imágenes su cotidianidad para entender el sentido de una vida partida entre dos países.

Después de recibir una beca de parte de The Ground Truth Project, una organización periodística sin fines de lucro que cuenta a The New York Times entre sus socios, ella voló a México el año pasado para fotografiar a Salazar conforme se reunió con su esposo y se adaptaba a la vida en la ciudad de Toluca, en el Estado de México. Sus hijos más jóvenes, Lulys y Bryan, dejaron Michigan en agosto de 2017 para estar a su lado. Y esta transición tuvo repercusiones para ellos.

Bryan tenía la esperanza de integrarse a un equipo de fútbol en su bachillerato en Ann Arbor, pero no ha podido encontrar un equipo en México. En la escuela, tanto él como su hermana batallan con el plan de estudios en español. Ellos nacieron y fueron criados en Estados Unidos y repentinamente tuvieron que adaptarse a la vida en el país de origen de sus padres.

 Lourdes Salazar y su madre, Carlota Bertha Salazar, a la izquierda, en la tumba de su padre. Lourdes residía en Estados Unidos y no pudo regresar a México para el funeral de su padre. 

 Lourdes “Lulys” Quintana Salazar, a la izquierda, en la tienda de su tío en San Nicolás, Mexico

 Luis Quintana Chaparro y sus hijos, Lulys y Bryan, en el hogar de su abuela en México. Quintana fue deportado en 2010, a cambio de que su esposa permaneciera en Estados Unidos para cuidar de sus hijos. 

“Ellos tienen un pie en cada uno de esos lugares y sienten todos los cambios que eso conlleva”, dijo Woolf.

Vivir en México tampoco fue fácil para Salazar. “Regresé veinte años después y la situación está peor”, le contó a Woolf. “Me doy cuenta de lo duro que las personas trabajan para sobrevivir”.

Después del primer viaje de Woolf a México, recibió otra beca de parte de Art Works Projects, un grupo de derechos humanos con sede en Chicago, que le permitió volver a visitar a la familia en mayo. “Ellos tienen mucho dolor pero son tan fuertes”, dijo Woolf. “Su familia ha sido separada, y ellos simplemente son tan afectuosos y se preocupan tanto el uno por el otro como siempre”.

Lulys pasó un año con su hermano y sus padres antes de decidir regresar a Michigan para terminar el bachillerato. Ahora vive con su tía y su tío en Ann Arbor, cerca de donde está su hermana Pamela, quien estudia en la Universidad Estatal de Michigan.

 Luis Quintana con su esposa, Lourdes Salazar, y sus familiares en San Nicolás, México

 Lulys y Bryan durmiendo en el auto en el camino a casa después de la escuela el martes 29 de mayo de 2018 en Toluca, México 

 Lourdes y su esposo hablando después de comer en mayo de 2018 en su hogar en San Miguel Zinacantepec, México

A Salazar se le rompió el corazón cuando Lulys se fue, pero apoyó su decisión. Ella quiere que sus hijos “vean más allá del pequeño mundo” en el que ella creció, “para que ellos se conviertan en más de lo que existe aquí”, dijo Woolf.

Para ella, la educación siempre ha sido una prioridad. Sin embargo, el saber que sus hijas se están enfocando en sus estudios es un alivio agridulce. “Uno de sus sueños es ver a sus hijas graduarse de la universidad y el bachillerato”, dijo Woolf, “y ella sabe que tal vez no pueda hacerlo”.

Salazar no se ha rendido en su lucha por regresar a Estados Unidos y planea solicitar un perdón cuando Pamela cumpla 21 en 2019.

“Ella no se ha rendido”, dijo Woolf. “Todo lo que quiere es reunirse con sus hijos”.

Lulys, a la izquierda en el centro, y su hermana, Pamela, en el hogar de sus tíos en Ypsilanti, Michigan. Lulys regresó a Estados Unidos después de vivir un año con sus padres en México. 

 Lulys espera a que sus amigos le arreglen las cejas en Ann Arbor. Ella regresó a Michigan en agosto para terminar el bachillerato. 

 Salazar barre la acera afuera de la tienda de su primo en Toluca, en donde ella ayuda a vender alimentos y sándwiches.

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