‘Hay que estar loco para querer dormir ahí’: bienvenidos a un hostal de guerra

Un grupo de turistas disfrutaba del sol poniente en Sarajevo, donde cada vez es más popular el “turismo oscuro”, debido a los años de guerra de la ciudad.

SARAJEVO, Bosnia-Herzegovina — Arijan Kurbasic, gerente del Hostal de Guerra en Sarajevo, en la capital bosnia, sabe que su idea de hospitalidad no es para todos los gustos y está listo para relajar un poco las reglas de la casa.

A veces, por ejemplo, baja el volumen de un sistema de audio que, día y noche, llena el espacio con ruidos de balas y explosiones. Aun así, dormir será un desafío: no hay camas, sino colchones delgados en el piso sin almohadas ni sábanas, solo con cobijas pesadas y ásperas que dan la sensación de estar durmiendo con un caballo muerto.

La decoración no es nada relajante: muchas armas y, en una habitación, un póster que grita “Muerte” y “El final”. Mientras otros hoteles ofrecen suites de lujo y vistas magníficas de la vieja ciudad de Sarajevo a los huéspedes que buscan una estancia particularmente memorable, Kurbasic les ofrece lo mejor: “El búnker”, un sótano sin ventanas tan espantoso y deliberadamente incómodo que, “hay que estar loco para querer dormir ahí”, comentó.

Kurbasic, de 27 años, un exguía turístico de Sarajevo, dijo que muy pronto se dio cuenta de que muchos turistas querían saber sobre los tiempos difíciles de la ciudad durante la guerra de Bosnia, de 1992 a 1995. “Decidí darles lo que querían”, explicó.

 Arijan Kurbasic, gerente del Hostal de Guerra en Sarajevo, les pide a los huéspedes que lo llamen “Cero Uno”, el nombre en código de su padre durante los años de guerra. 

“El búnker”, un sótano sin ventanas en el Hostal de Guerra, incluye toda la experiencia bélica con humo artificial y grabaciones ruidosas de morteros y balas. 

El término que se utiliza en el sector hotelero para el servicio que ofrece es “turismo oscuro”, un nicho de mercado que está creciendo en todo el mundo y se concentra en lugares donde han pasado cosas terribles.

Entre estos sitios se encuentran Dealey Plaza en Dallas, donde fue asesinado el presidente John F. Kennedy; campos de exterminio nazi, como Auschwitz, en Polonia, y la prisión Tuol Sleng en Nom Pen, Camboya, una antigua escuela que los jemeres rojos convirtieron en un centro de tortura y exterminio en la década de 1970.

Sarajevo tiene muchos de estos lugares, entre ellos el sitio donde en 1914 un nacionalista serbio asesinó al archiduque Francisco Fernando, el heredero al trono austrohúngaro, y detonó en Europa lo que se conocería como la Primera Guerra Mundial, y el mercado donde una granada de mortero asesinó a casi 70 compradores en 1994.

Sin embargo, también fue en Bosnia donde una versión temprana del turismo oscuro dio un giro particularmente siniestro, comentó Zijad Jusufovic, sobreviviente del asedio bélico de la ciudad, quien ahora dirige recorridos idiosincráticos por los sitios de Sarajevo.

“Este es el atractivo número uno del turismo oscuro”, dijo, parado en medio de un montón de rocas en lo alto de las colinas que rodean la ciudad.

Los interesados en los sucesos más sangrientos, la mayoría fanáticos cristianos ortodoxos de Rusia y Grecia, solían ir para dispararles a los residentes musulmanes que, abajo, se escabullían para cubrirse de los disparos. Solo debían pagar una cuota para poder usar rifles de francotirador e incluso cañones antiaéreos.

Otro lugar que a Jusufovic le gusta enseñarles a los visitantes es el primer hotel privado de Yugoslavia, una escapada montañosa para encuentros románticos que, ahora en ruinas, fue usada por las fuerzas serbias para atacar a la ciudad con artillería.

En el Hostal de Guerra, Kurbasic dijo que su propósito no era crear nostalgia por las peores masacres que han sucedido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, sino simplemente permitir que los invitados, sobre todo los más jóvenes, tengan una idea de la incomodidad y la escasez de los tiempos de guerra.

“Los milénials vienen y dicen: ‘Esto es genial’”, comentó. “Pero no es genial. No es un juego. Si creces pensando que la guerra es un juego, tomarás decisiones muy malas”.

El hostal ocupa dos pisos de la casa grande y destartalada de sus padres ubicada cerca del antiguo frente de combate, y tiene una habitación común donde pueden dormir seis personas en el piso, además de una habitación más privada para uno o dos huéspedes.

El búnker en el piso de abajo, explicó Kurbasic, es para “gente muy específica que quiere vivir una experiencia más extrema”. El lugar, diseñado para recrear el ambiente de un refugio para soldados en el bosque, no es caro: solo 20 euros, o casi 22,50 dólares, por persona.

La cacofonía de la guerra simulada en el búnker es incansable y no puede apagarse. También hay humo que sale de una máquina de efectos para crear una niebla asfixiante.

El piso está hecho de lodo compacto, mientras que los muros y el techo son troncos cortados de manera improvisada. Para dormir, algo que casi nadie puede hacer ahí, hay tablas de madera sólida sin colchón. Para añadir autenticidad y sacar a los huéspedes de su vida pacífica y cómoda, se prohíbe el uso de celulares, joyas y relojes en el búnker.

Tiene un reloj de cuerda, pero está roto. Kurbasic lo pone a la hora en que llegan los huéspedes, lo cual implica que, puesto que las manecillas no se mueven, el tiempo se detiene y hace que los visitantes se pregunten por qué su suplicio dura tanto.

No hay ventanas ni luces. A los invitados se les da una linterna de mano con baterías que están a punto de acabarse. Eso, dijo Kurbasic, asegura que la usen poco y se acostumbren a estar en la oscuridad.

Recibe a los invitados con uniforme de soldado, botas negras, un casco y un chaleco antibalas, y les pide que no lo llamen por su nombre real, sino Cero Uno, el nombre en código de su padre durante el conflicto.

Una fotografía de Ratko Mladic, un exgeneral serbobosnio que fue declarado culpable de delitos de guerra, en un edificio en la parte serbia de Sarajevo. 

Los edificios ubicados en la que solía ser la línea de combate en Sarajevo aún tienen las cicatrices del conflicto

La mayoría de sus visitantes son europeos, australianos y estadounidenses, muchos de ellos demasiado jóvenes para recordar las espantosas imágenes en televisión de la miseria en Sarajevo durante el asedio de 1425 días de las fuerzas serbias atrincheradas en las montañas que rodean la ciudad.

“A los lugareños definitivamente no les interesa”, dijo Kurbasic, que era un niño pequeño durante la guerra. “Vivieron el conflicto todos los días y lo que quieren es olvidarlo”.

Jusufovic, el guía de recorridos turísticos, dijo que los bosnios comenzaron a ser más abiertos sobre el turismo de guerra en cuanto las autoridades se dieron cuenta de que podían obtener ganancias.

Una familia musulmana cuya casa, ubicada cerca del aeropuerto de Sarajevo, fue el punto de inicio de un túnel de guerra excavado bajo una pista de aterrizaje comenzó a hacer una pequeña fortuna vendiéndoles boletos a los turistas que querían visitar la que había sido la única manera relativamente segura de entrar y salir de la ciudad sitiada.

El gobierno tomó el control de ese enclave conocido como el “Túnel de la Esperanza” en 2013 y ahora es una de las atracciones más populares de la ciudad.

El “Túnel de la Esperanza”, bajo la pista de aterrizaje del aeropuerto, alguna vez fue la única ruta segura de escape de la ciudad. Ahora es una popular atracción turística.

Un grupo de turistas en el museo del “Túnel de la Esperanza” visitaban una habitación donde se puede ver cómo vivía la gente durante la guerra. 

Sin embargo, publicitar la guerra es un asunto complicado, sobre todo porque todavía hay muchas discusiones sobre las responsabilidades de las batallas que involucran a vecinos y amigos en un conflicto fratricida.

Jusufovic, que es musulmán no practicante, dijo que las autoridades en Sarajevo “solo quieren mostrar una cosa: ‘Somos las víctimas y ustedes son los culpables’”.

Kurbasic, el gerente del hostal, evita ese tipo de riñas y se rehúsa a decir si es musulmán, serbio o croata, los tres principales grupos étnicos de Bosnia.

“Estoy harto de todas las divisiones en este país”, comentó.

Kurbasic afirma que su único objetivo es que los huéspedes vean a Sarajevo, que ahora es una ciudad vibrante y cosmopolita, donde se organiza un célebre festival de cine y hay muchos bares y clubes de moda, y recuerden que “lo que sucedió aquí puede pasar en cualquier lugar donde haya gente”.

Ha tenido algunos huéspedes en el búnker, pero la demanda ha sido razonablemente más alta para sus habitaciones menos traumáticas.

Cuenta que, en un principio, había considerado cortar el agua del hostal y obligar a los huéspedes a ir afuera para recolectarla en baldes, como lo hacía la mayoría de la gente en Sarajevo durante la guerra. No obstante, decidió que eso era ir demasiado lejos.

También instaló internet inalámbrico, cediendo ante la única exigencia no negociable de su joven clientela, según dijo.
Una huésped estadounidense no tuvo problema con el sonido constante de balas ni con dormir en el piso sin sábanas, comentó. “Pero cuando le expliqué que no había internet dijo: ‘Me voy’”.

 La vista de Sarajevo desde el primer hotel privado de Yugoslavia, un escape montañoso que alguna vez usaron las fuerzas serbias para acribillar a la ciudad con proyectiles de artillería.

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