Honrar el espíritu del 68

El 3 de octubre de 1986, miembros del Ejército mexicano custodian a un manifestante arrestado después de la matanza en Tlatelolco.

CIUDAD DE MÉXICO — El 2 de octubre, día de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, constituye la fecha más funesta del calendario político mexicano. Cada año, durante cinco décadas, todas las generaciones han salido a marchar con la consigna “2 de Octubre, no se olvida” para recordarles a los distintos gobiernos en turno que no hemos perdonado el abuso de poder cometido por el expresidente Gustavo Díaz Ordaz en 1968.

Una tía materna, de la que yo era muy cercana, participó en el movimiento. Estudiaba Etnografía y Artes Plásticas, simpatizaba con el Partido Comunista, aunque nunca se afilió a él, y apoyaba activamente la lucha campesina. Fue ella quien me contó con detalles la masacre de los estudiantes, el terror de las persecuciones que vinieron después, y la mañana en que encontraron el cuerpo del hombre al que amaba, colgado de un árbol en el estado de Morelos. A partir del 2 de octubre, el inmenso movimiento estudiantil fue silenciado. Si bien las movilizaciones ciudadanas siguieron existiendo de manera clandestina, para quien no estuviera involucrado en ellas daba la impresión de que se habían extinguido por completo. Al inicio de la década de los setenta llegaron al país militantes chilenos, argentinos y uruguayos, que venían exiliados tras los golpes militares que habían tenido lugar en sus países. Sus testimonios de tortura y desapariciones contribuyeron a propagar el sentimiento de derrota.

Pero el espíritu del 68 no se limitaba a la idea de derrocar al régimen autoritario que había en nuestro país e instaurar un gobierno socialista. Estaba vinculado a un movimiento de insurrección más amplio que abarcaba las protestas francesas del Mayo del 68, en las que estudiantes y obreros habían salido a la calle para exigir justicia social, libertad de expresión, equidad de género; a la Primavera de Praga, a las protestas antisegregación y por el asesinato de Martin Luther King, al hipismo y al rock and roll que llegaban del otro lado de la frontera exigiendo más igualdad, y que otorgaron nuevos contenidos a la palabra “libertad”.

A pesar de las represiones, ese espíritu prevaleció en las parejas y en las familias y fue ahí, en el ámbito de la vida privada y cotidiana, donde obtuvo sus victorias más inmediatas: una mayor igualdad entre hombres y mujeres, entre padres e hijos, entre maestros y alumnos. Se reinventaron las relaciones de pareja, y las familias se convirtieron en laboratorios sociales.

Quienes nacimos durante la década de los setenta constituimos la primera generación tras este cambio de paradigma. Fuimos, por decirlo de algún modo, conejillos de indias en un país mayoritariamente conservador y católico, que nos veía como anómalos, por no decir aberrantes. Muchos de mis contemporáneos no se repusieron nunca de las tragedias que incluían el encarcelamiento o la muerte de un padre o una madre guerrillera, así como diversos experimentos polígamos, inspirados por el “verano del amor”. Al crecer, fuimos duros con ellos. Los culpábamos de haber arriesgado demasiado.

A mis ojos y a los de muchos de sus hijos, sus expectativas eran tan ambiciosas que resultaban ingenuas. Nosotros, en cambio, crecimos con desencanto y escepticismo en las venas. Ninguna revolución nos parecía viable. Más que a Mercedes Sosa y a John Lennon, escuchábamos a Sex Pistols y a The Cure. Más que identificarnos con El diario del Che en Bolivia leíamos El extranjero de Albert Camus. Nuestro escepticismo fue tan global como el entusiasmo de ellos.

Ya fuera en Francia, en Dinamarca o en Argentina, a los hijos de los sesentayocheros no nos importaban tanto los cambios sociales como enderezar nuestras vidas, ser padres irreprochables, tener parejas sólidas y quizás fue por eso que nos olvidamos por completo de ser ciudadanos.

 Un activista alza una bandera mexicana que dice “Ayotzinapa vive” en Ciudad de México el 26 de septiembre de 2018, a cuatro años de la desaparición de 43 estudiantes en el estado de Guerrero.

Durante las cinco décadas que siguieron a la matanza de Tlatelolco, el Estado mexicano adquirió la costumbre de recurrir a la violencia para acallar los movimientos ciudadanos y campesinos. Después del 2 de Octubre vinieron represiones como las de Chiapas, Acteal y Ayotzinapa, sin mencionar a las autodefensas de Michoacán o las muertes cotidianas de periodistas y líderes comunitarios. Ni en sus peores pesadillas los jóvenes del 68 imaginaron la cantidad de muertos y de desaparecidos que hoy llevamos a cuestas. Duele admitirlo, pero todo eso ha ocurrido durante nuestra vida adulta sin que hayamos hecho gran cosa por evitarlo.

El cincuenta aniversario de 1968 es una buena fecha para reconocer y honrar los logros de aquella generación que luchó, y en algunos casos perdió la vida, por construir un país mejor. Le debemos, entre otras cosas, la alternancia democrática, el matrimonio igualitario y la legalización del aborto en Ciudad de México. La ola actual de feminismo y la lucha LGBT, el interés por las identidades y las minorías étnicas, la pugna por la legalización de las drogas; las conversaciones más interesantes de esta época son su herencia.

Pero en 2018 reconocer esos logros no es suficiente. Más allá de las marchas y las películas de homenaje, honrar el 68 sería asumir por fin nuestra responsabilidad ciudadana, retomar el espíritu que animó a nuestros padres y asegurarnos de que en este país se ponga un fin a la violencia, no solo la del crimen organizado, sino la de su cómplice e inversionista perpetuo, el Estado.

Honrar el 68 implica juzgar a los expresidentes Gustavo Díaz Ordaz (póstumamente) y Luis Echeverría, como se hizo con los golpistas de Chile y Argentina, pero también a los que más adelante cometieron abusos de poder, en especial a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto. Para ejercer nuestra responsabilidad ciudadana debemos estar atentos y vigilantes a todas las acciones del gobierno, exigirle que actúe de acuerdo con las necesidades del país y no conforme a su conveniencia.

Si una lección nos dejó el 68 fue justamente esta: los derechos no se obtienen gratuitamente, se ganan centímetro a centímetro y, para no perderlos, hace falta defenderlos todos los días.

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