La búsqueda de justicia para los 43 estudiantes desaparecidos en México

Los retratos que Emmanuel Guillén Lozano le hizo a los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa tienen una belleza desoladora. Sobre un fondo sencillo pegado sobre la pared, los padres nos miran directamente mientras atrapan nuestras miradas y nuestros corazones.

Visten camisetas con frases o fotos de sus hijos, a quienes no volvieron a ver desde septiembre de 2014. Algunos tienen un tatuaje o un dije de tortuga, símbolo de la Escuela Normal de Ayotzinapa, donde muchos estudiantes —provenientes de familias de campesinos— acababan de iniciar su camino para convertirse en maestros.

Los padres han marchado y han hablado contra el gobierno y la corrupción policial, también han condenado la violencia que sumió a su país en la ruina y separó a sus familias. No es de sorprender que la tortuga haya cobrado un mayor significado.

“Ayotzinapa es el lugar de la tortuga”, comentó el fotógrafo. “Como la justicia, es lenta, pero implacable. No importa todo el tiempo que tarde. Los padres quieren justicia”.

Guillén Lozano, de 24 años, estudiaba en la Universidad del Valle de México en la Ciudad de México cuando desaparecieron los 43 estudiantes. Durante sus años universitarios fotografió muchas manifestaciones contra la violencia alimentada por el narcotráfico, en las que oleadas de personas en la capital del país iban del Ángel de la Independencia al Zócalo. A menudo quienes marchaban eran indígenas de lugares remotos del interior del país. Eran el tipo de personas que los políticos pensaban que era fácil descartar.

“La gente los criticaba por no tener nada mejor que hacer que protestar”, comentó Guillén Lozano. “Yo dije: ‘Más que atención, quieren ayuda con su situación’. La gente de las provincias apartadas de México ha sido víctimas de la violencia o conocen a alguien que lo ha sido. Ahora el gobierno prefiere no hablar sobre la violencia o negar que existe”.

El drama de los estudiantes desaparecidos y sus familias lo llevó a cambiar sus planes después de graduarse. Cuando su madre le dio algo de dinero como regalo de graduación para que hiciera una fiesta o tomara unas breves vacaciones, él lo utilizó para comprar una cámara y se dirigió hacia el área cercana a Ayotzinapa. Ha hecho muchos viajes registrando las escenas en la escuela, las protestas en varias comunidades, así como retratando a los padres y los altares que han levantado en sus casas para honrar a sus hijos. Algunos mantienen la esperanza de que estén vivos, a pesar de que las investigaciones oficiales indican lo contrario.

La intensidad y la tenacidad de las protestas —en un municipio llegaron a impedir las elecciones del año pasado— reflejan el desencanto extremo entre los grupos indígenas que desde hace mucho son marginados.

“Forman parte de la clase más marginada en México”, manifestó Guillén Lozano. “No solo son pobres, sino que están empobrecidos. Vienen de las zonas más remotas de Guerrero, las montañas y la costa. Son estudiantes cuyas madres y hermanas han sido violadas por militares”.

Por ello, los padres pusieron sus esperanzas en estos jóvenes. Los estudiantes, dijo el joven fotógrafo, fueron a una escuela donde la política radical y la visión crítica del mundo los incentivaron a actuar.

“En Guerrero, o te quedas pobre o haces algo para evitarlo”, sentenció Guillén Lozano. “Esto quiere decir que algunos entran al narcotráfico, ya que en la región se cultiva amapola. Pero estos jóvenes optaron por una opción más razonada. Decidieron ir a la escuela para convertirse en maestros con el fin de salir adelante, no solo por ellos sino por sus familias”.

Ahora, esas familias han asumido la responsabilidad de la búsqueda a través de protestas continuas, uniéndose a grupos para recorrer el estado en busca de restos y negándose a aceptar la versión gubernamental de que los carteles de la droga, en complicidad con las fuerzas policiales, mataron e incineraron a los estudiantes.

Ahora algunas de las familias viven en la escuela donde 43 sillas, cada una con la foto de un estudiante desaparecido, están acomodadas en la cancha de básquetbol. En sus hogares pusieron los altares a la entrada para recordarles su misión y mantener la esperanza de que algún día encontrarán, por lo menos, un cuerpo que podrán sepultar para poder llorar y honrar a su ser amado.

A Guillén Lozano eso le parece tan vago como la justicia. “Este es el México real, no el México del gobierno”, concluye. “Dicen que en México naciste para hacer desaparecer o para ser desaparecido. Y los que seguimos aquí nacimos para buscar a los desaparecidos”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *