¿La democracia latinoamericana puede resistir al autoritarismo populista?

Seguidores de Jair Bolsonaro celebran en las calles de Río de Janeiro la victoria electoral de su candidato en la segunda vuelta presidencial el 28 de octubre de 2018.

Massachusetts — Es común pensar en América Latina como la tierra de la desesperanza para la democracia. Desde su independencia, la región ha sido devastada por el autoritarismo y el populismo. El nuevo presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro —un militar retirado y machista que prometió tolerancia cero para todo lo que le desagrada—, evoca un sentimiento de “Ahí vamos de nuevo”. Una vez más, parece que está en ascenso el liberalismo, en detrimento de la democracia.

No obstante, una narrativa alternativa en realidad describe a Latinoamérica como la tierra de la resiliencia democrática. Bajo un ataque constante, la democracia no siempre prevalece, pero no siempre muere.

En sus esfuerzos por permanecer con vida en un entorno inhóspito, los demócratas de América Latina han generado tácticas e innovaciones para su supervivencia. A menudo, estas creaciones han permitido que triunfe la democracia.

La resiliencia de la democracia en América Latina es asombrosa. En la ola democrática actual en el mundo, que comenzó a finales de la década de los setenta, América Latina destaca como la región donde más se ha difundido y más ha sobrevivido la democracia. Esta se propagó a todos los países excepto Cuba y ha resistido en todos los países, salvo en Venezuela y Nicaragua y posiblemente en Honduras y Bolivia.

Sin duda, durante esta era, la región ha sufrido el asedio de presidentes populistas que han puesto en riesgo la democracia liberal: los populistas orientados al mercado fueron la tendencia en la década de los noventa (Argentina, México, Perú) y los populistas socialistas lo fueron en la década de los 2000 (Venezuela, Ecuador, Bolivia). Sin embargo, incluso durante estas olas populistas, muchas naciones latinoamericanas eligieron presidentes que respetaban las leyes, ya fueran de derecha o de izquierda, o derrotaron en las urnas a presidentes iliberales.

Si la democracia ha sobrevivido el ataque de dictadores y populistas, no ha sido por un declive en la oferta y la demanda de este tipo de líderes. Los candidatos que ofrecen alguna versión de autoritarismo populista siempre han gozado de popularidad. Actualmente es Bolsonaro, hace veinte años fue el líder venezolano Hugo Chávez y en el futuro llegarán más.

Más bien, la democracia ha sobrevivido porque las sociedades latinoamericanas han aprendido a apuntalar la línea de defensa en contra de los enemigos internos de la democracia. Lo han logrado por medio de la innovación institucional.

Primero, los latinoamericanos se han enfocado en las instituciones que regulan los mecanismos de entrada y de salida. En el nivel de la entrada, la innovación más importante ha sido la regla de la segunda vuelta.

Un 75 por ciento de los países en América Latina ya ha adoptado las reglas de la segunda vuelta. La investigación de Cynthia McClintock muestra los efectos moderadores de estas reglas. Salvo algunas excepciones, y la elección reciente en Brasil fue una de ellas, son pocas las veces en que resultan triunfadores presidentes iliberales en las segundas vueltas. La belleza de estas es que obligan a los candidatos a negociar con otros grupos, a menudo moderados, como acaba de suceder este año en Colombia. De este modo, las coaliciones electorales se vuelven menos extremas.

Del lado de la salida, una barrera clave han sido los límites de los periodos presidenciales. América Latina popularizó la limitación de los periodos en el siglo XIX, mucho antes de que Estados Unidos adoptara esta regla en 1951 con la Vigésima Segunda enmienda. A pesar de un reciente debilitamiento de los límites en los periodos de gobierno en Latinoamérica, todavía funcionan. México, por ejemplo, con límites estrictos para los periodos presidenciales desde inicios del siglo XX, no ha tenido un dictador en su forma clásica desde entonces. La mayoría de los presidentes latinoamericanos respetan los límites de sus periodos y los que intentan evadirlos suelen enfrentar una batalla cuesta arriba.

Otra lección clave que ha dado América Latina es la importancia de ampliar la autonomía tanto de los tribunales como de los movimientos sociales, ambos controles importantes para los presidentes iliberales. Los tribunales tienen el poder legal para detener medidas autoritarias y los movimientos sociales, para bloquearlas mediante la resistencia.

Por lo tanto, es crucial garantizar la separación de los tribunales y los movimientos de la influencia presidencial y América Latina ha mejorado sus calificaciones en ambos frentes. Un nuevo libro documenta la manera en que los países latinoamericanos, en su mayoría, han logrado que el proceso de selección de los jueces sea más pluralista, lo que los hace depender menos del presidente.

Del mismo modo, en los lugares en donde los movimientos sociales han resistido la tentación de dejarse cooptar por los presidentes, los mandatarios iliberales enfrentan dificultades. En Ecuador, por ejemplo, uno de los controles más eficaces para los designios autoritarios del expresidente Rafael Correa fue la defensa y la resistencia de grupos feministas, indígenas y ambientalistas que se rehusaban a ceder ante el partido en el poder.

Una tercera lección que ha dejado América Latina es la maximización de la información. Casi todos los países latinoamericanos han aumentado la cantidad de organismos de control y vigilancia o, como se les suele llamar, observatorios. La obsesión con la vigilancia comenzó con el monitoreo de los procesos electorales de la década de los ochenta, pero ahora cubre una gran variedad de inquietudes de interés público: violencia, actividad policial, relaciones entre las empresas y el gobierno, política social, género y sexualidad. Incluso, en Argentina se han creado observatorios para los economistas gubernamentales, así que cuando la presidenta populista Cristina Fernández de Kirchner ordenó a sus funcionarios manipular las cifras económicas, todo mundo se enteró.

Por último, algunas naciones latinoamericanas han tomado en serio un principio muy liberal: en una democracia, el ganador no debería ganar tanto y el perdedor no debería perder tanto. El ejemplo más evidente involucra al género.

Las mujeres son uno de los grupos menos representados en todo el mundo en términos políticos. Sin embargo, en América Latina, han expandido su presencia en los congresos, en buena medida gracias a la adopción de sistemas de cuotas que obligan a los partidos a nominar a más mujeres. Una mayor inclusión de género en los congresos no es una panacea, pero es una victoria significativa en una región donde el machismo es un combustible frecuente del autoritarismo.

Una mujer sostiene un cartel que dice “Él no” durante una protesta en São Paulo, el 10 de octubre de 2018, contra el ultraderechista Jair Bolsonaro. 

Ninguna de estas líneas de defensa en contra del iliberalismo es infalible. Las elecciones con segundas vueltas no contribuyen a la moderación si a los candidatos extremistas les va bien en la primera ronda, como sucedió en Brasil. Y el crimen y la corrupción siguen siendo la principal fuente de contaminación política de América Latina; son fenómenos que asfixian a las instituciones democráticas y alimentan la popularidad de figuras de línea dura como Bolsonaro.

Hay presidentes que siguen utilizando artimañas para intentar debilitar las reglas de salida y desgastar a los tribunales y los movimientos sociales. Los Estados y los sectores de la sociedad civil han aprendido a utilizar los medios de comunicación tradicionales y los nuevos para contrarrestar la información sustentada en hechos. En la política, los ganadores, aun cuando pierden terreno, siempre encuentran la manera de silenciar a los perdedores. Además, una mayor inclusión puede fragmentar aún más a la oposición, lo cual reduce las posibilidades de bloquear a los presidentes iliberales.

Es probable que Bolsonaro explote estas vulnerabilidades. Los demócratas brasileños no deberían relajarse: necesitan reforzar sus líneas de defensa e inventar nuevas.

No obstante, hay razones para ser optimistas. El populismo autoritario es una amenaza recurrente en América Latina y, ahora, también en democracias más sólidas. La sobrevivencia de la democracia nunca está garantizada. A menudo, los países están cerca de ser presas de autócratas. Pero, también a menudo, estos episodios suelen ser accidentes eludidos y no tragedias consumadas. América Latina, sin embargo, sigue siendo una región donde con frecuencia el liberalismo encuentra correspondencia.

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