La experiencia de Nauru: cero tolerancia a la inmigración y niños suicidas

La familia Krishnalingam en el techo de una mansión abandonada en Ronave, Nauru. La familia solicitó su reubicación en Estados Unidos después de escapar de Sri Lanka y ser certificados como refugiados.

Nauru — Tenía 3 años cuando llegó a Nauru, era una niña que escapaba de la guerra en Sri Lanka. Ahora, Sajeenthana tiene 8 años.

Su mirada es vacía. A veces golpea a los adultos. Además, habla con facilidad sobre la muerte.

“Ayer me corté la mano”, dijo en una entrevista en la isla remota del Pacífico adonde el gobierno australiano la envió después de que la detuvieron en el mar. Señaló una cicatriz en su brazo.

“Un día me suicidaré”, comentó. “Tan solo esperen a que encuentre un cuchillo. No me importa mi cuerpo”.

Su padre intentó calmarla, pero ella se resistió. “Daría lo mismo si estuviera en la guerra o aquí”, comentó él.

Sajeenthana es una de los más de tres mil refugiados y solicitantes de asilo que han sido enviados a los centros de detención fuera de Australia desde 2013. Ninguna otra política australiana ha sido condenada de manera tan generalizada por los activistas de derechos humanos en todo el mundo ni defendida con tanta fuerza por los líderes del país, quienes desde hace mucho han argumentado que salva vidas al disuadir a los traficantes y a los migrantes.

No obstante, ahora la desesperación ha alcanzado un nuevo nivel, en parte debido a Estados Unidos.

Sajeenthana y su padre están entre las decenas de refugiados ubicados en Nauru que tenían la esperanza de ser trasladados como parte de un acuerdo de la época de Barack Obama, que fue aceptado a regañadientes por el presidente Donald Trump, y que consiste en permitir la acogida de hasta 1250 refugiados de los campamentos fuera de Australia.

Según funcionarios estadounidenses, casi 430 refugiados de los campamentos han sido trasladados a Estados Unidos, pero por lo menos 70 personas fueron rechazadas a lo largo de los últimos meses.

Entre los rechazados se encuentran Sajeenthana y su padre, refugiados tamiles que escaparon de la violencia en su país después de que el gobierno esrilanqués aplastó a una insurgencia tamil.

 Sajeenthana, de 8 años, con su padre después de describir sus pensamientos suicidas e intentos de autolesiones en septiembre 

Una portavoz del Departamento de Estado no respondió a preguntas sobre las solicitudes rechazadas, al argumentar que los nauruanos están sujetos a los mismos procesos de escrutinio que los demás refugiados del mundo.

Lo que está claro, según médicos y solicitantes de asilo, es que la situación se ha deteriorado durante meses. En Nauru, las señales de niños suicidas han surgido desde agosto. Decenas de organizaciones, entre ellas Médicos Sin Fronteras (que fue expulsada de Nauru el 5 de octubre) han alertado al respecto. Además, con la posibilidad de que disminuyan los reasentamientos en Estados Unidos, el gobierno australiano se ha visto obligado a ceder: en los últimos días de octubre, los funcionarios dijeron que trabajarían para trasladar a los niños provenientes de Nauru con el fin de que reciban tratamiento antes de que llegue la Navidad.

Por lo menos 92 niños han sido trasladados desde agosto (Sajeenthana fue evacuada poco después de nuestra entrevista), pero hasta el martes 6 de noviembre, aún había 27 niños en Nauru, cientos de adultos y ninguna solución a largo plazo.

 El refugio Nibok en Nauru en septiembre 

Las familias enviadas a Australia para ser atendidas todavía no saben si regresarán a Nauru. Algunos padres, que se quedaron atrás mientras les dan tratamiento a sus hijos, temen que jamás vuelvan a verse si solicitan el traslado a Estados Unidos, mientras que los solicitantes de asilo de países vetados por Estados Unidos —como Irán, Siria y Somalia— ni siquiera tienen esa posibilidad.

Todos los solicitantes de asilo provenientes de Nauru aún sufren los efectos psicológicos de esta situación.

‘Vi la sangre, estaba por todas partes’

Niños jugando en una playa cercana en Nauru 

Mathew Batsiua, exlegislador nauruano que ayudó a organizar los centros, dijo que tenían como propósito ser un arreglo a corto plazo. No obstante, ha sido difícil acabar con la costumbre.

“Nuestros ingresos básicos simplemente están controlados por la política exterior de otro país”, comentó.

En Topside, una zona de autos viejos y maleza polvorienta, se ubica uno de los dos centros de procesamiento que alberga a casi 160 detenidos. Cientos más viven en campamentos comunitarios de viviendas modulares. Antes de trasladarlos en agosto, cuando se celebró el Foro de las Islas del Pacífico, una reunión intergubernamental de la que Nauru fue sede este año, los detenidos se encontraban en tiendas de campaña compartidas.

Sukirtha Krishnalingam, de 15 años, dice que los días son interminables y aburridos mientras ella y su familia de cinco integrantes —refugiados certificados de Sri Lanka— esperan para saber si Estados Unidos los aceptará. Le preocupa su padecimiento cardiaco y tiene pesadillas.

“De noche, grita”, dijo su hermano Mahinthan, de 14 años.

Durante el año pasado, hablar de suicidio en la isla se ha vuelto más común. Abdullah Khoder, un refugiado libanés de 24 años, dice que el cansancio y la desesperanza lo han afectado. “Me corto las manos con navajas porque estoy cansado”, comentó.

Abdullah Khoder, de 24 años, un refugiado libanés que ha estado en Nauru durante cinco años

Más alarmante aún es que los niños ahora se refieren al suicidio como si fuera una tormenta más. Desde 2014, doce personas han muerto después de ser detenidas en los centros de Australia en Nauru y la isla Manus, parte de Papúa Nueva Guinea.

Muchos de los detenidos ya no esperan asentarse en Australia. Nueva Zelanda ha ofrecido acoger a 150 refugiados nauruanos al año, pero Scott Morrison, primer ministro australiano, ha dicho que considerará la propuesta solo si se aprueba un proyecto de ley que prohíbe que los habitantes de Nauru entren a Australia. Los legisladores de la oposición dicen que están abiertos a discutir la condición.

Beth O’Connor, una psiquiatra que trabaja con Médicos Sin Fronteras, dijo que cuando llegó el año pasado, la gente se aferraba a la esperanza del reasentamiento en Estados Unidos. En mayo, una serie de solicitudes rechazadas desató la desesperación en el campamento.

 Una mansión abandonada en la costa de Ronave, Nauru

“La gente que todavía tenía algo de brillo en la mirada se quedó adormecida”, comentó O’Connor. “Se sintieron más abandonados y aislados”.

‘No regresaré a Nauru’

Durante meses, dicen los médicos, muchos niños en Nauru han mostrado síntomas del síndrome de resignación, un padecimiento mental en respuesta al trauma que involucra alejarse de la realidad de manera extrema. Dejaron de comer, beber y hablar.

“Vimos cómo bajaban de peso y nos preocupó que uno de ellos muriera antes de que salieran”, dijo O’Connor.

Los abogados del Proyecto Nacional de Justicia, un servicio legal sin fines de lucro, se han movilizado. Con éxito han argumentado a favor de la evacuación médica de casi 127 personas de Nauru este año, entre ellas 44 niños.

En un cuarto de los casos, el gobierno se ha resistido a estas demandas en el tribunal, dijo George Newhouse, el principal abogado del grupo.

“Jamás hemos perdido”, agregó. “Es doloroso ver que las vidas de los niños quedan destruidas para lograr ganancias políticas”.

Manifestantes marchan en julio en Sídney para exigir que los solicitantes de asilo y los refugiados sean tratados de forma humanitaria. 

Una amplia coalición que incluye a médicos, sacerdotes, abogados y organizaciones sin fines de lucro y que trabaja bajo la etiqueta #KidsOffNauru (niños fuera de Nauru), ahora hace un llamado a favor de que los solicitantes de asilo sean evacuados.

La opinión pública en Australia está cambiando: en una encuesta reciente, casi el 80 por ciento de los encuestados apoyaron el traslado de familias y niños de Nauru.

El gobierno conservador de Australia, ante la proximidad de una elección, también empieza a hacer cambios.

“Hemos actuado sin hacer ruido”, dijo Morrison la semana pasada. “No hemos querido presumir nada”.

No obstante, aún hay preguntas sobre qué pasará con estas personas.

El mes pasado, Sajeenthana dejó de comer. Después de pasar diez días con un suministro de solución salina en un hospital nauruano, le dijeron a su padre que tenía dos horas para empacar con destino a Australia.

En una conversación por video desde Brisbane la semana pasada (no usaremos su nombre completo debido a su edad y a lo grave de su condición), Sajeenthana lucía radiante.

“Me siento mejor ahora que estoy en Australia”, comentó. “No regresaré a Nauru”.

Sin embargo, su padre no está tan seguro. Estados Unidos rechazó su solicitud de reasentamiento en septiembre. Hay guardias de seguridad apostados afuera de su habitación de hotel en Brisbane, dijo, y, aunque la comida llega a diario, no tienen permitido irse. Se pregunta si cambiaron un limbo por otro o si los obligarán a regresar a Nauru.

El ministro de Asuntos Internos de Australia ha dicho que no permitirán que se queden los niños nauruanos.

“Cualquiera que sea traído aquí aún se clasifica como persona en tránsito”, dijo Jana Favero, directora de defensa y campañas en el Asylum Seeker Resource Center. “La vida, en efecto, no es miel sobre hojuelas en cuanto llegan a Australia”.

 Pinturas hechas por un refugiado iraquí en una cama en un campamento de refugiados en Nauru

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