La historia violenta de América Latina entra en escena

En septiembre de 2018, los militares retirados David Jackson y Gabriel Sagastume ensayan la puesta en escena de “Campo minado”, en Buenos Aires.

SANTIAGO — “¿Alguna vez fuiste a la guerra?”.

Sobre el escenario del Teatro General San Martín, el principal teatro público de Buenos Aires, Lou Armour grita esta pregunta mientras sus compañeros de reparto David Jackson, Gabriel Sagastume y Marcelo Vallejo tocan guitarras y bajo eléctricos. Parapetado detrás de su batería, Rubén Otero aporrea los platillos y Armour sigue increpando al público: “¿Alguna vez mataste a un hombre?”.

Es un fragmento de Campo minado, la obra de teatro de la directora argentina Lola Arias sobre la guerra de las Malvinas, el conflicto militar entre Argentina y el Reino Unido. En solo 74 días, del año 1982, murieron 649 soldados argentinos, 255 combatientes británicos y tres civiles.

La obra aborda la entrada de cada uno de ellos en las fuerzas armadas y la vuelta a casa para intentar sobrevivir al horror. Es teatro porque es la puesta en escena de un texto con personajes, argumento, hay disfraces y máscaras, estruendo, efectos sonoros y música en escena. Pero también es documental porque todo lo que se cuenta sucedió en realidad y cada foto, mapa y documento que se muestra es producto de una investigación profunda. Pero es algo más: en Campo minado quienes interpretan a los soldados son en verdad veteranos de la guerra que combatieron en las Malvinas: tres soldados argentinos y tres británicos cuentan sus historias en primera persona.

El género en el que se inscribe esta obra, que el ensayista Jorge Carrión coloca entre “la no ficción más innovadora”, se llama teatro documental, aunque el periodista Cristian Alarcón le llama “periodismo performático”. Y estas obras son un espejo punzante y esperanzador de los dolores y la curación a través de la verdad de los más enconados traumas de América Latina. Al poner en el mismo escenario a antiguos enemigos, el teatro de lo real puede ayudar a entender mejor nuestra historia violenta y, quizás, contribuir a pacificar la.

América Latina, que representa el ocho por ciento de la población mundial, tiene el 33 por ciento de los homicidios del mundo. Para salir de esta espiral de violencia es crucial mirar a la cara los horrores del pasado y el presente. Durante todo el siglo XX y en los dieciocho años del actual, Latinoamérica se ha sumergido en revueltas, matanzas y conflictos fratricidas. El teatro documental, donde viejos contrincantes o niños nacidos en trincheras opuestas se escuchan y exponen sus puntos en común podría ser un instrumento de paz y futuro. Los males de Latinoamérica, al subir a escena, pueden hacernos conscientes de la futilidad de violencia.

¿Podría ayudar a entender los enconos y sanar las cicatrices en sitios donde la herida sigue abierta, como México, donde más de 170.000 personas han muerto en la sangrienta guerra contra el narco, como la Venezuela de cientos de miles de exiliados que deben abandonar su país, la Nicaragua de los asesinatos de estudiantes, la Honduras de las pandillas donde los menores matan y mueren antes de crecer? ¿La puesta en escena de nuestra cruel realidad podrá aportar en la situación de las mujeres acosadas y maltratadas en el continente, en la vida de los campesinos e indígenas desplazados por empresas agricultoras y mineras?

Es iluso pensar que el teatro documental detendrá las guerras y las matanzas. Pero sí creo que puede ayudar a desminar el intenso campo de violencia en América Latina y crear en su público la conciencia del horror y la futilidad de las soluciones violentas.

En Campo minado aparece el marine inglés retirado Lou Armour, a quien se le murió un militar argentino en los brazos; el moribundo le habló en inglés y Lou no podrá olvidar jamás su voz. El soldado Vallejo vio morir a un compañero en una espeluznante noche de combate; Otero era tripulante del Crucero General Belgrano de la armada argentina y, cuando lo hundieron en medio del Atlántico, pasó una noche helada en una balsa, mientras cientos de sus camaradas se hundían en el mar. Por eso le pega con saña a la batería en las ya más de cien representaciones que lleva la obra.

 En el cementerio de Darwin, en las islas Malvinas, están enterrados soldados argentinos que murieron durante la guerra de las Malvinas. 

Pero hoy, un miércoles de setiembre, es una función especial para él. Vinieron otros sobrevivientes del Belgrano. A la salida, en la entrada del San Martín, Otero, sus camaradas de guerra y sus compañeros de elenco, que fueron sus enemigos en las Malvinas, se sacan fotos.

Cuando en 2009 Lola Arias juntó a hijos de guerrilleros, militares, activistas y víctimas de la dictadura militar argentina para que se interpreten a sí mismos en Mi vida después, cambió radicalmente la vida de sus participantes. Una de las actrices comenzó los ensayos con la sospecha de que su hermano no era hijo de sus padres y los terminó con la seguridad de que era hijo de desaparecidos apropiado por represores. Al final, ella decidió declarar en un juicio contra su padre. Con esta obra Arias inició un camino que ya se ha replicado en otras partes de América Latina.

Mi vida después viajó a Chile y la directora realizó un taller con un grupo de hijos de padres enfrentados por la dictadura de Augusto Pinochet. De cuarenta postulantes, la directora eligió a once, entre ellos el director de teatro Ítalo Gallardo. “Fueron tres meses intensos y, cuando mostramos el resultado, vimos que daba para una obra”, dice hoy Gallardo. La obra se llama El año en que nací. Seis años después de su estreno sigue rodando con los mismos once personajes que se interpretan a sí mismos.

“Ojalá podamos dejar de hacerlas”, dice Ítalo Gallardo. “Eso significaría que las heridas están curadas, que la gente ya sabe lo que nosotros venimos a compartir en escena. Pero para eso todavía falta mucho”.

 Miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) llevan sus platos sucios a la cocina de un campamento. 

Para 2015, cuando Lola Arias comenzaba su proyecto de contar la guerra de Malvinas con antiguos soldados de ambos bandos, ya se habían visto estas mezclas de teatro y performance de actores reales en otros países de la región. En Colombia, la directora Alejandra Borrero estaba iniciando los ensayos de lo que en 2016 sería Victus, en la que exguerrilleros de las Farc, exmilitares, paramilitares y víctimas del conflicto interno colombiano comparten escenario, cuentan sus historias, actúan en las memorias de los otros y danzan la coreografía de la reconciliación.

Aunque los participantes de varias de estas obras y la misma Lola Arias advierten que no es una terapia sino una propuesta artística, el teatro documental está removiendo las conciencias sobre el doloroso pasado del Cono Sur. Y también podría ayudar a otros países latinoamericanos con conflictos abiertos.

Mientras tanto, en un teatro del centro de Buenos Aires, Lou Armour levanta su voz por sobre las guitarras y la batería que tocan sus antiguos enemigos para preguntarle en inglés a su público argentino: “¿Alguna vez fuiste a la guerra?”.

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