Sáb. Dic 5th, 2020

Las tácticas electorales de Trump ponen a Estados Unidos en mala compañía

Negar la derrota, reclamar el fraude y utilizar la maquinaria del gobierno para revertir los resultados de las elecciones son las herramientas tradicionales de los dictadores.

Apenas un mes después, el jefe de Pompeo, el presidente Donald Trump, está copiando las estrategias del manual de Lukashenko y se ha unido al club de líderes hostiles que, sin importar lo que hayan decidido los electores, se declaran ganadores de las elecciones.

Entre los miembros de ese club hay muchos más dictadores, tiranos y potentados que líderes de lo que solía conocerse como el “mundo libre”; países liderados por Estados Unidos que, durante décadas, han dado lecciones sobre la necesidad de celebrar elecciones y respetar los resultados.

El paralelismo no es exacto. Trump participó en una elección democrática libre y justa. La mayoría de los autócratas desafían a los electores incluso antes de votar, ya que excluyen a los rivales verdaderos de la votación e inundan las ondas hertzianas con una cobertura unilateral.

Pero cuando las votaciones presentan una competencia verdadera y el resultado va en su contra, a menudo ignoran el resultado y claman que es obra de traidores, criminales y saboteadores extranjeros y, por lo tanto, lo invalidan. Al negarse a aceptar los resultados de la elección de la semana pasada y trabajar para deslegitimar el voto, Trump está siguiendo una estrategia similar.

Hay pocos indicios de que Trump pueda doblegar las leyes e instituciones que se aseguran de que el veredicto de los votantes estadounidenses se imponga. El país tiene una prensa libre, un poder judicial fuerte e independiente, funcionarios electorales dedicados a un recuento honesto de los votos y una fuerte oposición política, ninguna de las cuales existe en Bielorrusia o Rusia.

Sin embargo, Estados Unidos nunca antes ha tenido que obligar al presidente en funciones a conceder una derrota justa en las urnas. Y con solo plantear la posibilidad de que tendrían que obligarlo a abandonar el cargo, Trump ha echado por tierra la sólida tradición democrática de una transición sin tropiezos.

El daño ya hecho por la inflexibilidad de Trump podría ser duradero. Ivan Krastev, experto en Europa central y del Este del Instituto de Ciencias Humanas de Viena, dijo que la negativa de Trump a aceptar su derrota “crearía un nuevo modelo” para populistas de ideas afines en Europa y otros lugares.

“Cuando Trump ganó en 2016, la lección fue que podían confiar en la democracia. Ahora no confiarán en la democracia y harán cualquier cosa para permanecer en el poder”, dijo. En lo que denominó “el escenario Lukashenko”, los líderes seguirán queriendo celebrar elecciones, pero “nunca perderán”. Desde hace dos décadas, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha estado haciéndolo.

Los manifestantes en Minsk, Bielorrusia, en agosto denunciaron lo que ellos y el mundo occidental consideraban como una elección presidencial amañada.

Entre las tácticas antidemocráticas que Trump ha adoptado se encuentran algunas comúnmente empleadas por gobernantes como Robert Mugabe de Zimbabue, Nicolás Maduro de Venezuela y Slobodan Milosevic de Serbia: negarse a aceptar la derrota y lanzar acusaciones infundadas de fraude electoral. Las tácticas también incluyen el debilitamiento de la confianza en las instituciones democráticas y los tribunales, el ataque a la prensa y el vilipendio de sus opositores.

Al igual que Trump, esos gobernantes temían que aceptar la derrota los expondría a ser procesados una vez que dejaran el cargo. Trump no tiene que preocuparse por ser acusado de crímenes de guerra o genocidio, como Milosevic, pero se enfrenta a una maraña de problemas en los tribunales.

Michael McFaul, el embajador de Estados Unidos en Rusia durante el gobierno de Barack Obama y crítico frecuente de Trump, describió la “negativa del presidente a aceptar los resultados de las elecciones” como “su regalo de despedida para los autócratas de todo el mundo”.

En 1946, el Partido Socialista Unificado de Alemania, un movimiento comunista en Alemania oriental, que en ese entonces estaba controlada por los soviéticos, escribió un primer borrador del manual de estrategias utilizado por los gobernantes que nunca admiten su derrota. El partido, conocido como el SED, que perdió en las primeras elecciones alemanas después de la Segunda Guerra Mundial, recibió su derrota con un audaz titular en su periódico: “¡Gran victoria para el SED!”, y gobernó Alemania Oriental durante los siguientes 45 años.