Lo que quedó de los escombros del Rébsamen

En una valla de madera afuera del colegio Enrique Rébsamen hay veintiséis adornos en forma de ángel en honor a los que murieron ahí: nueve niños, diez niñas y siete adultos.

CIUDAD DE MÉXICO — Cinco días antes de que la estructura del colegio Enrique Rébsamen colapsara con el sismo, un grupo de estudiantes de secundaria escuchaba una conferencia que impartía Fernando Flores, entonces profesor de Historia en la escuela.

Flores lo recuerda bien: la conferencia era sobre los terremotos en la ciudad y las condiciones geológicas de la capital mexicana. Pero aprovechó para hablar sobre la importancia de que los ciudadanos y funcionarios sean honestos y trabajen contra la corrupción para enfrentar los peligros de un posible evento sísmico.

“Desde donde yo estaba dando la charla, el salón de mi hijo se veía perfectamente. Me acuerdo que en cada oportunidad se paraba y desde su salón me saludaba”, dijo Flores, de 41 años, sobre su hijo mayor Santiago, quien cursaba el segundo año de primaria.

Días después, el 19 de septiembre, el sismo de magnitud 7,1 azotó al país. Santiago no sobrevivió al derrumbe del colegio, al igual que dieciocho de sus compañeros y siete empleados del Rébsamen.

Hoy, de la escuela a la que asistían más de trescientos alumnos en la zona sur de Ciudad de México, solo quedan algunas aulas.

Lo sucedido en el colegio Enrique Rébsamen es un ejemplo de las tragedias y desencuentros que vivió la ciudad el día del terremoto y los que le siguieron, como la confusión sobre qué había sucedido con personas perdidas o atrapadas en los escombros y el desorden inicial en los procesos de búsqueda y rescate. Después afloró la rabia y la impotencia, particularmente por el estado en el que estaban muchas construcciones y la posible corrupción que permitió que fueran vulnerables al colapso. Y las pérdidas irrecuperables, tanto personales como materiales, son heridas que están lejos de empezar a sanar.

Lo que aún queda en pie de la escuela es un recordatorio constante de uno de los peores sucesos del sismo del año pasado.

“Es deprimente verlo así; sí duele pasar diario y va a doler por mucho tiempo”, dijo una vecina del colegio, Martha Tinoco, de 48 años y madre de tres hijos que estudiaban en el Rébsamen.

 Arriba, el colegio el 20 de septiembre de 2017, cuando seguía la búsqueda de posibles sobrevivientes. Abajo, el 10 de septiembre de 2018, con los avances de la demolición parcial y la remoción de escombros

Su hija más joven, Regina, cursaba cuarto de primaria cuando fue el terremoto; logró salir ilesa, pero en el sitio reinaba tanta confusión y había tantos voluntarios intentando ayudar con los escombros que Tinoco no pudo encontrarla hasta muy entrada la noche. En medio de la desorganización y la desesperación, almirantes de la Marina incluso sostuvieron la historia de que había una niña en los escombros que al final resultó que no existía.

Regina y su familia corrieron con suerte esa noche, pero sus vidas también han cambiado radicalmente desde el sismo, en buena medida por la cercanía entre su casa y el colegio.

“La zona quedó deprimida, sin duda. Una mamá me dijo que nunca más quiere regresar, y varias familias sí se fueron”, dijo Tinoco.

La niña de 11 años, quien todavía utiliza los cuadernos del Rébsamen para dibujar, ahora estudia en otro colegio cercano que ofreció a las familias afectadas descuentos en colegiaturas. Aunque Tinoco dice que la razón principal por la cual transfirieron ahí a Regina es “porque era la escuela que parecía tener la estructura más fuerte”.

“Todos mis hijos conocen a alguien que se quedó sin casa o que falleció”, agregó Tinoco. “Pero supongo que casi toda la ciudad está igual”.

La mayoría de los sitios que colapsaron con el sismo fueron demolidos hace meses, en medio de promesas de reconstrucción, de reubicación de los residentes o de que construirían memoriales.

El Rébsamen, el único edificio donde la mayoría de los afectados eran menores de edad, podría sumarse pronto a esa lista: las autoridades realizaron labores de derribo parcial del sitio en julio, después de suspender temporalmente el proceso por las quejas de las familias afectadas, que temían que con la demolición se fueran a perder documentos y evidencias importantes.

De hecho, cuando algunos padres y familiares supervisaban las labores de demolición, se llevaron la sorpresa de que ni siquiera iban a poder recuperar las mochilas, loncheras y otros objetos que sus hijos habían dejado en los salones: sospechan que fueron robados.

Hasta ahora, la búsqueda de responsables apunta a negligencia por parte de la directora de la escuela —Mónica García Villegas, quien lleva un año prófuga y enfrenta órdenes de búsqueda en 190 países— y del ingeniero director responsable de la obra, Juan Mario Velarde Gámez, quien está en prisión preventiva desde julio.

 Apuntalamientos en un salón durante las labores de rescate. Las pertenencias de varios estudiantes que se quedaron en las aulas no pudieron ser recuperadas por los familiares. 

El inmueble que se derrumbó no era de aulas, sino de la sección administrativa. Sin embargo, los dos últimos pisos del edificio de cuatro plantas fungían como vivienda de García Villegas y su familia. La indagación sobre los motivos del colapso indica que ella realizó esas construcciones en el colegio a lo largo de varios años sin notificarlas. Cuando por fin lo hizo, años después, describió las obras como una remodelación con “trabajos de mantenimiento y de pintura” para los cuales no se iba a “modificar la estructura”, según da cuenta el documento de aviso de remodelación, revisado por The New York Times.

Pero sucedió todo lo contrario: además de una ampliación del departamento en el cuarto piso, García Villegas construyó una terraza con materiales pesados, sin reforzar las columnas.

Según una de las abogadas de los padres, Claudia de Buen, las pesquisas y un peritaje independiente indican que el sobrepeso de esos añadidos, de más de 220 toneladas, fue la razón por la cual colapsó el área; y con esta, las escaleras por donde los alumnos tenían que evacuar. Ahí fue donde la mayoría de las víctimas quedó atrapada.

Mientras esperan avances en la investigación, los afectados no se han quedado de brazos cruzados. En parte como un intento para sobrellevar el duelo —casi todas las familias ya recurrieron a las ofertas de terapia que llegaron poco después del colapso— un grupo de padres y madres que perdieron a sus hijos formaron la Brigada Amigos, una asociación con la que buscan ayudar a personas en situación vulnerable. Han llevado ropa, juguetes, entretenimiento, víveres y soporte médico a lugares como Puebla, Morelos, Estado de México y albergues de la capital.

“Yo decía: ‘¿Qué voy a hacer con todo este dolor?’. Y bueno, dar es una forma de curar el dolor también”, explicó Ana Velázquez, madre de Álex, quien fue rescatado de los escombros, y de Eduardo, quien cursaba segundo de primaria y no logró salir.

Acompañados por la Fundación Barra Mexicana de Abogados, los padres también han iniciado una acción civil colectiva con el objetivo de crear un precedente para que esto nunca vuelva a suceder en ninguna escuela.

La abogada De Buen dijo que el propósito es forzar a las autoridades a monitorear que todos los colegios, sobre todo los que datan antes de las nuevas normas de construcción de 1987 —el colegio Rébsamen fue construido en 1983—, sean revisados a fondo y adaptados.

De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública y el gobierno federal, más de doce mil escuelas, tanto públicas como privadas, presentaron daños ligeros tras el sismo y se identificaron siete mil que requerirían rehabilitación.

Mientras, continúa la investigación penal con la posibilidad de que en el futuro haya una demolición completa del colegio. “En una de esas es peor que el lugar quede limpio”, dijo Tinoco. “Porque no quieres que se olvide”.

Olvidar, de todos modos, es algo imposible para padres como Flores, quien desde hace un año no ejerce su profesión docente. Hoy trabaja en otra secundaria, pero en un puesto administrativo. Dice que aún no se siente listo para tratar con un salón repleto de alumnos. Mucho menos cuando tenía la ilusión de convertirse en el maestro de Historia de su propio hijo.

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