Dom. Jul 21st, 2019

Los cubanos hemos empezado a vivir en la Cuba del futuro sin pedir permiso

Una calle de La Habana, en septiembre de 2018, con una bandera de Cuba y un cartel del aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución, un órgano creado en 1960 para desempeñar tareas de vigilancia colectiva.

El arte sobrevive a cualquier gobierno, permite vivir lo que nos está negado como ciudadanos y nos ayuda a crear la realidad política que queremos construir. Así, vivo en el futuro, en una Cuba diferente. Para atraparme, los censores tienen que venir a ese lugar.

 

Este es un ensayo de Revolución 60, una serie que examina las seis décadas de la Revolución cubana. La sección reúne a escritores, intelectuales, artistas, protagonistas, disidentes y partidarios de la Revolución para discutir su papel en el desarrollo histórico de América Latina y sus relaciones con Estados Unidos en los últimos sesenta años.

LA HABANA — Mientras iba en un carro con la cabeza entre las piernas y los ojos cerrados por órdenes de los agentes de la Seguridad del Estado, imaginaba la cara de incredulidad que pondrían quienes defienden ciegamente a la Revolución cubana.

También trataba de entender por qué amigos y colegas de otros países, quienes conocen la realidad que vivimos, no pueden ser críticos con el gobierno de la isla y algunos hasta niegan nuestras vivencias. La Revolución funciona para ellos como una pantalla donde proyectan sus propias fantasías e ideales. Muchos, incluso, la usan como ejemplo contra las injusticias en sus propios países. Pero ninguno, entre quienes yo conozco, ha decidido venir a vivir a Cuba bajo las mismas condiciones laborales y legales de los cubanos. ¿Serán conscientes de la responsabilidad que conlleva defender una fantasía que ha condenado a un pueblo a la inmovilidad cívica?

El mayor logro de la Revolución cubana en sus sesenta años es haber vendido al mundo una imagen de defensora de la justicia social. Pero si una persona lucha en Cuba por sus derechos raciales, ese mismo gobierno le dice que ha importado un modelo foráneo, si defiende los derechos humanos la acusa de ser agente de la CIA, si pide transparencia institucional la bota de su trabajo, si habla de acoso sexual le dice que seguro ella misma lo ha provocado.

En diciembre, fui detenida por haberme unido a la protesta masiva de los artistas en Cuba contra el Decreto 349, a través del cual el gobierno busca legalizar la censura a la libertad de expresión artística, la persecución al pensamiento crítico y al arte independiente mediante trucos burocráticos y un cuerpo de inspectores que se encargarán de aplicarla.

Paradójicamente, por esos días la máquina de propaganda del gobierno también incorporaba un nuevo elemento a su imagen internacional: la palabra democracia. Antes de eso, democracia era una palabra prohibida. Si la mencionabas públicamente, la policía política te convertía en “contrarrevolucionario”. Ahora, los gobernantes cubanos usan “democracia”, pero no como una manera de hacer funcionar su sistema de gobierno, sino como un escudo retórico, una estrategia para mantener inmóvil a la sociedad civil y contentos a los que miran desde fuera.

¿Cómo hablar de democracia sin libertad de expresión ni de prensa, sin una sociedad verdaderamente participativa, si protestar pacíficamente por la falta de un medicamento te puede llevar a la cárcel, si en Cuba se sigue limitando el derecho a la libre organización y filiación? ¿Cómo se puede proclamar una sociedad cívica si el activismo es permitido solamente como aparato de propaganda del Estado? No se puede hablar de democracia si las leyes no se aplican para todos por igual, si las élites políticas están por encima de la ley.

Nada de esto desaparece solo porque este domingo una nueva constitución será sometida a referéndum. Después de seis décadas, hacer que algo luzca diferente a lo que fue no es lo mismo que hacer que algo funcione de manera distinta. Siguiendo esa lógica, el presidente Miguel Díaz-Canel escribió en Twitter: “En quince días tendremos aprobada la Constitución que hicimos todos por el bien de todos. Cuba será un mejor país, más de su tiempo”.

Todo empezó cuando convirtieron el verbo “revolución” en un sustantivo, cuando la palabra se volvió una entidad y ya todos quedamos sin derecho a actuar porque La Revolución era quien actuaba por nosotros.

 Un mural habanero, en agosto de 2018

La Revolución cubana encontró su mejor arma: usar el tiempo para controlar a la población. El gobierno revolucionario acelera o dilata el tiempo según sus intereses políticos. Nos tiene atrapados en una temporalidad que ellos definen. Nos vence a los cubanos por cansancio y por desidia. Quizás por eso la manera de hacer democracia en Cuba es vivir a destiempo, actuar como si viviéramos en una Cuba que todavía no existe pero que es la que queremos. Los cubanos deberíamos dejar de vivir en un lugar y empezar a vivir en un tiempo: en el destiempo. Decidir no esperar más.

Yo escapo del control que tiene el gobierno sobre el tiempo haciendo arte, porque el arte sobrevive cualquier gobierno. La manera en la que puedo ser ciudadana es no reaccionando al contexto, sino creando actos preventivos, actos creativos para un momento que todavía no ha llegado y donde mis captores y censores no existen.

Vivo en el futuro, en una Cuba diferente. Para atraparme, los censores tienen que venir a ese lugar, tienen que verse a sí mismos en ese futuro, entender cómo se verá lo que hacen hoy cuando las circunstancias sean diferentes.

La expresión más refinada de la violencia del Estado cubano es la autocensura. Como gustan decir los funcionarios cubanos, la censura existe en todo el mundo. Sí, pero en Cuba es total. Abarca todos los aspectos de tu vida y también a quienes te rodean. Su objetivo es destruir la autoestima colectiva.

La artista cubana Tania Bruguera en el museo Tate Modern en Londres, en octubre de 2018

Es por eso que, cuando el carro del Ministerio del Interior se detuvo en una casa en las afueras de la ciudad donde los militares vestían de civil, no confundí al pueblo con mis carceleros. Pedí hacer una llamada para avisar que me habían detenido. Me dijeron: “Tú ves demasiadas películas norteamericanas”. Sí, me sentía como un personaje de Minority Report, el filme de ciencia ficción de Steven Spielberg sobre una unidad policial que persigue crímenes del futuro: en Cuba puedes ser detenido aunque no hayas cometido ningún delito.

La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, es también una película muy útil al mostrarnos métodos de vigilancia usados por la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana. Conocer lo que pasó en Europa del Este por libros y películas me ha hecho entender que nada de lo que pasa en Cuba es nuevo ni único. Conocer historias de otros contadas a través del arte me ha permitido prepararme para enfrentar momentos de la mía, incluso antes de haberlos vivido. El arte permite vivir lo que nos está negado como ciudadanos y nos ayuda a crear la realidad política que queremos construir.

Hoy, ya algo empieza a cambiar en Cuba, pero no es el gobierno, son las personas que han decidido no esperar más y hacerse sentir como sociedad cívica, como ciudadanos con derechos. Los propietarios de taxis devuelven sus licencias como acto de protesta. Los cuentapropistas exigen cambios en las leyes que los rigen. Los artistas están en contra de la censura. Los cubanos de dentro y fuera de Cuba se unen en solidaridad humanitaria para ayudar a los damnificados del tornado de hace unas semanas. Se empieza a demostrar que las construcciones políticas que nos han separado se pueden reinventar para unirnos.

Los cubanos empiezan a entender qué se siente cuando el poeta Rafael Alcides escribe: “Se puede vivir con todo el honor o sin ningún honor, lo que no se puede es vivir con un poco honor”.