Los diálogos entre México y EE. UU. sobre el azúcar marcan la pauta para el TLCAN

CIUDAD DE MÉXICO — Los barones del azúcar de Florida, Alfonso y José Fanjul, contribuyeron para los festejos de la toma de posesión de Donald Trump con una aportación de medio millón de dólares, posiblemente con la expectativa de que a cambio no solo les tocara ver una gran ceremonia.

Encabezados por los Fanjul, los mayores productores y refinerías de azúcar estadounidenses se mostraron ansiosos por que la nueva administración se ocupara de un asunto que el gobierno de Obama dejó pendiente: un acuerdo para controlar las importaciones de azúcar desde México.

No están solos: la industria en ambos lados de la frontera está a la expectativa de lo que suceda, pues la forma en que se den las negociaciones azucareras será un indicador de cómo podrían desenvolverse las renegociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

“En México, todos están pendientes del acuerdo con respecto al azúcar porque es un indicador de la forma en que se manejará todo lo demás”, declaró Juan Cortina Gallardo, presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Azúcar de México, que representa a las refinerías. “Es un asunto político delicado”.

Los “acuerdos de suspensión” que regulan el ingreso de azúcar mexicana a Estados Unidos desde 2014 terminaron el lunes 5 de junio. El secretario de Economía mexicano, Ildefonso Guajardo, afirmó que “no hay ultimátum en este proceso” para un nuevo pacto. Sin embargo, el lunes la agencia Reuters dio a conocer que ambos países habían llegado a un acuerdo y planean hacerlo oficial este martes.

La industria azucarera ha sido el centro de los problemas comerciales más polémicos entre México y Estados Unidos desde que el TLCAN se negoció a principios de la década de los noventa.

El hecho de que exista un forcejeo tan prolongado por un solo producto provoca inquietud, pues las renegociaciones del tratado norteamericano podrían estancarse muy rápido si el gobierno de Trump decide abrir varios frentes para volver a redactar el acuerdo. Las charlas con México y Canadá podrían comenzar en agosto y el gobierno de Estados Unidos ha revelado muy poco sobre lo que espera lograr.

Cualquier cosa que la industria azucarera estadounidense logre exprimir de las negociaciones tendrá efectos más allá de los campos de caña de azúcar de Florida y en el sureste de México. Las ramificaciones de la historia del azúcar dan una idea de lo complejo que puede ser el tejido del comercio internacional.

Wilbur Ross, el secretario de Comercio estadounidense, está a cargo de encontrar un arreglo que acepten los negociadores mexicanos en materia azucarera; de lo contrario, podría desatarse una guerra comercial.

Ross y su esposa, Hilary Geary Ross, sostienen una relación social desde hace tiempo con José Fanjul, a quien llaman Pepe, y su esposa, Emilia. Pero en su transición de inversionista multimillonario a servidor público, hasta ahora Ross ha prestado oídos a todos los bandos, como el de aquellos con un interés en las negociaciones sobre la industria azucarera.

La administración Obama “pateó la bolita un poco lejos para no tomar la decisión” sobre las importaciones de azúcar desde México, opinó Paul Farmer, presidente de la empresa CSC Sugar en New Canaan, Connecticut, que compra azúcar a México para producirla en forma líquida y competir con las grandes refinerías.

Ahora, Farmer dice haberse topado con “una actitud totalmente distinta para escuchar y querer entender” qué es lo que está en juego durante las negociaciones.

La industria azucarera estadounidense ha gozado de protección durante mucho tiempo gracias a una garantía de precio que se mantiene mediante límites a la importación y otros mecanismos.

Cuando el TLCAN entró en vigor en 1994, la industria obtuvo un tratamiento especial, pues se limitaron las importaciones de azúcar de México durante catorce años.

En 2008, México se convirtió en el único país del mundo con acceso ilimitado al mercado estadounidense de azúcar. Pero cuando las exportaciones de México se dispararon en 2013 tras una cosecha abundante, los productores estadounidenses devolvieron el golpe con demandas por prácticas comerciales injustas. El Departamento de Comercio estuvo de acuerdo y se preparó para gravar derechos sobre el azúcar de México.

Para evitar esos derechos, el gobierno mexicano y las refinerías azucareras mexicanas aceptaron que se impusieran límites a las exportaciones hacia Estados Unidos, así como un precio mínimo, mediante dos acuerdos suscritos a finales de 2014.

Sin embargo, las empresas azucareras estadounidenses no tardaron en quejarse de que esos acuerdos no tenían fuerza suficiente para protegerlas y el Departamento de Comercio les dio la razón en diciembre del año pasado con una sentencia preliminar.

Sin embargo, el secretario Guajardo sugirió a Reuters que el nuevo pacto prevé que siga habiendo acceso de azúcar mexicana a Estados Unidos sin el pago de aranceles.

Eso difícilmente apaciguará el descontento de los productores estadounidenses.

“Nuestra industria sufre muchísimo”, aseveró Phillip Hayes, un vocero de la American Sugar Alliance, que representa a refinerías y productores de azúcar, como Florida Crystals, de los hermanos Fanjul.

“Una refinería necesita azúcar como materia prima para poder operar”, argumentó. “México ha enviado demasiada azúcar refinada y ha dejado a las refinerías casi sin azúcar cruda”.

Los funcionarios mexicanos también enfrentan presión política porque se espera que hagan declaraciones firmes.

“Si eres México y cedes en la cuestión del azúcar, ¿qué dice eso sobre lo que vas a hacer en las negociaciones del TLCAN?”, cuestionó Andrew I. Rudman, exfuncionario comercial de Estados Unidos y actual ejecutivo de ManattJones Global Strategies, una consultora comercial y de inversiones.

La caña de azúcar mexicana se produce gracias a 190.000 pequeños agricultores de las regiones más pobres de México y, en época de cosecha, esta tarea tan desgastante requiere 450.000 trabajadores, por lo que la industria representa una poderosa fuerza política.

Sobre las negociaciones pesa la amenaza de que México podría tomar represalias contra las exportaciones de jarabe de maíz con alto contenido de fructosa de Estados Unidos, que se utiliza como sustituto del azúcar.

El sindicato mexicano de agricultores de caña de azúcar publicó el viernes un anuncio en uno de los principales periódicos de México en el que acusó a Estados Unidos de competencia desleal con la fructosa y advirtió al gobierno mexicano que no ceda ante los “intereses y mandatos” de los productores estadounidenses.

Ya se elabora una demanda por competencia desleal con la fructosa.

“Si las refinerías acusan a México, la medida lógica es acusar a la industria de la fructosa”, indicó Enrique Bojórquez, fundador de Sucroliq, una productora mexicana de azúcar líquida.

El gobierno mexicano bloqueó este tipo de demandas en el pasado, señaló Bojórquez, porque intentaba mantener el acuerdo con Estados Unidos. “Pero no estoy de acuerdo en que no nos defendamos si las empresas estadounidenses están causando daño en México”, concluyó.

La posibilidad de una guerra comercial no es una amenaza hueca para los productores de jarabe de maíz, que han vendido más de 3 mil millones de dólares del edulcorante a México en los últimos cinco años. México dejó de adquirir jarabe de maíz en la década de 1990 por una controversia anterior.

“Si se trata de intercambiar amenazas, son muy capaces”, corroboró John Bode, presidente de la Asociación de Refinerías de Maíz.

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