Mar. Jun 25th, 2019

Los lujos del Chapo: una mansión en la playa, un zoológico, ranchos y aviones llenos de efectivo

El martes, los fiscales en Brooklyn intentaron demostrar que Joaquín Guzmán Loera era un capo que durante años gastó su dinero en lujos y libró violentas guerras de narcotráfico.

Su casa en la playa tenía un valor de 10 millones de dólares y se encontraba en la costa de Acapulco. El Chapito, un yate que llevaba su nombre, estaba atracado ahí mismo. Uno de sus ranchos, en la zona rural de Guadalajara, México, tenía canchas de tenis y piscinas alrededor de la residencia. Incluso había un zoológico donde los invitados podían subirse a un tren para ir a ver cocodrilos y panteras.

A principios de los años noventa, cuando Joaquín Guzmán Loera empezó a tener éxito en el negocio del narcotráfico también comenzó a amasar enormes cantidades de dinero, según testificó Miguel Ángel Martínez, uno de sus primeros empleados. Había tanto efectivo que Guzmán usaba un método costoso para repatriar sus ganancias: transportaba el dinero de Estados Unidos a México en una flotilla de aviones privados.

El martes fue el segundo día de Martínez como testigo en el juicio por conspiración de drogas contra Guzmán. El ex empleado pasó de contar anécdotas sobre los modestos primeros años de su jefe en el negocio a describir los detalles del lujoso estilo de vida del narcotraficante. Martínez es uno de los testigos que los fiscales han utilizado para presentar a Guzmán como el capo del siglo.

Según su relato, un día cualquiera Guzmán se iba a Macao si se le antojaba apostar o volaba a Suiza para someterse a un tratamiento de rejuvenecimiento. No solo les regalaba relojes con diamantes incrustados a sus empleados, sino que una vez también pagó cientos de miles de dólares para encargar un corrido sobre uno de sus amigos acribillados.

“Cuando conocí a Guzmán, no tenía ni un avión”, les dijo Martínez a los miembros del jurado, que escuchaban el testimonio fascinados en la Corte Federal de Distrito de Brooklyn. “Sin embargo, en la década de 1990 ya tenía cuatro aviones. Tenía casas en todas las playas y un rancho en cada estado.

Martínez afirmó que Guzmán pagaba todos estos lujos y otros más con los inagotables ríos de efectivo ilícito que recibía por el envío y la venta de toneladas de cocaína y marihuana en Los Ángeles mediante una gran variedad de métodos innovadores: trenes de carga con tanques de petróleo, camiones con compartimentos secretos, túneles transfronterizos y latas de jalapeños. Los fiscales afirman que obtuvo un total de 14.000 millones de dólares a lo largo de su carrera como narcotraficante.

Algunos de los millones que ganó estaban guardados en escondites; había uno debajo de una cama que se levantaba del piso mediante un elevador hidráulico. Martínez testificó que, una vez al mes, llevaba personalmente una maleta de ruedas Samsonite con por lo menos 10 millones de dólares a un banco en Ciudad de México para depositarlos en la cuenta de Guzmán.

Ese estilo de vida poco a poco comenzó a afectar a Martínez, quien dijo que comenzó a consumir hasta 4 gramos de cocaína al día, a menudo utilizando una cuchara de oro que introducía en una pequeña lata de oro. Pagaba su adicción con el millón de dólares que Guzmán le daba cada año. Su adicción era tan destructiva que con el tiempo la droga le destrozó el tabique nasal.

En cambio, Guzmán fue descrito en la corte el martes como un hombre mucho menos sibarita. Disfrutaba el whisky, la cerveza y el coñac, y parecía tener una debilidad por las mujeres, comentó Martínez. Sin embargo, aunque Guzmán tuvo cuatro o cinco amantes en la década de 1990, Martínez insinuó que no se enamoraba tanto, pero era muy celoso y a menudo las espiaba por teléfono.

Guzmán no era el único que disfrutaba de una vida extravagante. Martínez relató, por ejemplo, que él y su jefe una vez visitaron a Juan José Esparragoza, un traficante veterano que estaba cumpliendo su sentencia en prisión. Cuando llegaron a la cárcel, descubrieron que su colega había organizado una fiesta y estaba rodeado de meseros, cocineros y una banda de mariachi. Estaban sirviendo la cena y los invitados podían elegir de un menú que ofrecía langosta, filete o faisán.

No obstante, como era costumbre en el entorno de Guzmán, los lujos iban de la mano de las masacres. El Chapo había ido a visitar al traficante con el fin de pedirle permiso para asesinar a un rival, comentó Martínez.

En ese entonces, Guzmán y sus secuaces libraban una guerra contra el Cártel de Tijuana, un enfrentamiento grotesco y sangriento. Ya habían degollado a la esposa de uno de los aliados de Guzmán. Los hijos pequeños de su amigo también habían sido víctimas del conflicto: un asesino los había arrojado de un puente.

Según Martínez, el Chapo utilizó las ganancias de su imperio para vengarse; desplegó un ejército de sicarios y organizó una serie de ataques durante dos años. Uno ocurrió en un club nocturno de Puerto Vallarta en 1992. Al año siguiente, en un ataque en represalia por el tiroteo en el club nocturno, murió Juan Jesús Posadas Ocampo, un cardenal católico muy querido.

En su testimonio del martes, Martínez ofreció un relato sorprendente sobre la muerte del cardenal. Dijo que sus asesinos lo habían baleado accidentalmente cuando trataban de acribillar a Guzmán. El ataque ocurrió en el aeropuerto de Guadalajara, recordó. Guzmán escapó de la lluvia de balas atravesando una cinta de equipaje para salir a la calle, sin soltar la maleta con 600.000 dólares en efectivo que llevaba.

A pesar de estas historias espeluznantes, Martínez afirmó en la corte que no era un hombre violento. De hecho, dijo que la única vez que tuvo un arma, Guzmán le dijo que se deshiciera de ella. Al capo le preocupaba que se lastimara.

Pero una vez, dijo, le preguntó a su jefe por qué le gustaba tanto la hostilidad.

“Le pregunté: ‘¿Por qué matar gente?’”, le dijo Martínez al jurado. “Y me respondió: ‘Prefiero que lloren en su casa que en la mía’”.