Perder el hogar en el sismo, perder la vida en la burocracia

En Ciudad de México aún existen asentamientos irregulares de gente que perdió su vivienda con el terremoto de 1985. Los que se quedaron sin casa con el sismo del 19s lidian con la tristeza y el laberinto burocrático para no quedar anclados al pasado.

CIUDAD DE MÉXICO — El 11 de septiembre, en el Museo Nacional de Antropología de México, Patricia Castelán Vargas hablaba frente a un grupo de doce personas sobre los primeros asentamientos y ciudades que surgieron en el territorio del gran lago Texcoco. Pero, sobre todo, quería contarles qué es lo que decían los antiguos mexicas sobre las tragedias naturales.

“Es necesario entender que el desastre también es renovación, es una oportunidad de cambio y también es vida”, dijo Patricia, una antropóloga de 62 años que perdió su hogar con el terremoto que sacudió a Ciudad de México el 19 de septiembre de 2017.

Todos en el grupo eran damnificados: personas que perdieron sus viviendas en menos de tres minutos hace un año, y pasan sus días tratando de insertarse en la compleja maquinaria de la reconstrucción de la capital mexicana.

Judit Rodríguez, de 64 años, olvidó por un momento la casa que perdió en la calle Saratoga, resquebrajada por el colapso de los edificios que la rodeaban, y dijo: “Hay muchos países en el mundo, es verdad, pero como México no hay dos. Nuestra historia es única”.

Su comentario era luminoso, pero también podía definir el carácter único del país para la fatalidad: el 19 de septiembre, tanto en 1985 como en 2017, la tierra tembló en México y provocó la liberación de esa energía que cambia el paisaje terrestre y crea montañas, abre precipicios y altera para siempre la vida de las personas que habitan un territorio.

‘Desde ese día siempre estoy triste’

En septiembre del año pasado, con pocos días de diferencia, dos grandes temblores azotaron a México. El del día 7, un sismo de magnitud de 8,2 —el más potente en casi un siglo—, devastó amplios sectores de los estados de Oaxaca y Chiapas.

Doce días después, a las 13:14 horas, un terremoto de magnitud 7,1 causó la muerte de 369 personas, 228 de ellas en la capital del país, donde colapsaron unos treinta edificios, más de 1500 inmuebles sufrieron daños y 26.000 personas resultaron afectadas.

Muchas personas sintieron que era el fin del mundo. O por lo menos de su mundo: de sus hogares.

Desde ese día, Arnulfo Pérez Lemoine, de 76 años, se ha convertido en un experto en ruinas, específicamente las de su departamento, que se hundió entero junto con el sótano y todo el primer piso del edificio Saratoga 714 en la colonia Portales.

Un día frío a principios de este mes, abrigado y con tapabocas, Arnulfo espiaba entre dos láminas de madera los escombros que quedaban en el terreno que fue su edificio. Los policías que cuidan el predio no le permiten entrar si no está acompañado por las autoridades de Protección Civil. “La delegación tiene secuestrado nuestro terreno, es increíble”, dijo y, junto con cuatro vecinos más, subió hasta el cuarto piso del edificio del frente para explicar, desde el aire, cómo era su edificio.

Arnulfo dice que más que una demolición, lo que hicieron en ese terreno fue una destrucción: si se mira la cantidad de escombros, electrodomésticos, muebles y coches destripados, parece una zona de guerra.

 En esta foto del 7 de septiembre de 2018 puede verse un edificio demolido; a su derecha todavía se encuentra en pie otra edificación que fue muy afectada por el sismo del 19 de septiembre de 2017, en la colonia Doctores de Ciudad de México.

“Ese hueco era el área de escaleras. Hay que retirar toda esa loza, destruirla y ver lo que hay abajo. Yo lo perdí todo pero lo que más me interesa son documentos que ya son imposibles de recuperar o sustituir”, explica, mientras enumera las fotografías que tenía, las cartas que conservaba, su contrato de compraventa del departamento y todos los recibos de pago que le piden para entregar los recaudos del proceso de reconstrucción.

“Vamos para un año del terremoto y no hay ningún avance, no vemos ningún apoyo o forma de reconstruir porque los trámites burocráticos son muy lentos”, dice, mientras dibuja con los dedos cómo era la forma de su hogar, los muebles que tenía y la ropa que permanece enterrada en Saratoga.

Ese mismo día, a unas pocas cuadras de allí, la antropóloga Patricia Castelán Vargas lloraba mientras miraba la torre donde vivía, en el número 252 de la calle Zapata. Se trata de un conjunto de tres edificios y 114 departamentos donde ya no vive nadie por los daños estructurales.

“Aquí no murió nadie, pero desde el sismo han fallecido tres personas”, explicó, mientras se secaba las lágrimas y decía que su madre, de 97 años, fue una de las víctimas de la reconstrucción. “Todo se tarda demasiado, son trámites y papeles pero no vemos avances. Mi mamá pasaba mucho tiempo conmigo y, como nos tuvimos que salir, su salud se empezó a deteriorar”.

El día del terremoto, Patricia llegó a su casa horas después y, sin pensarlo dos veces, subió hasta el departamento para buscar a Jazz y Mont Blanc, sus dos gatos. Todo estaba inundado, las paredes se desmigajaban y el olor a gas la asfixiaba. Caminó a tientas hasta que encontró a sus mascotas y bajó corriendo. “Desde ese día siempre estoy triste”, dijo. “Pero tenemos que levantarnos”.

Aunque ha recibido las ayudas del gobierno, dice que no le alcanzan para rentar su propio espacio, por lo que tiene que vivir con su hermana. Paradójicamente, tiene que seguir pagando el departamento donde vivía aunque ya no sea habitable. “El gobierno nos ha obligado a reclamar nuestros derechos, sin consideraciones por nuestra edad. Esperamos que esto cambie con la nueva gestión”.

Como parte de su terapia, y para olvidarse de todo eso por unas horas, Patricia decidió volver al lugar en el que ha sido más feliz aparte de su hogar: el Museo Nacional de Antropología, donde quiso recordar junto con otros damnificados lo que significa ser mexicano.

“Los temblores tienen que suceder porque, según la cosmovisión tradicional, la tierra se enoja y para que desaparezca lo malo se tiene que mover”, explicaba durante la visita, ante los ojos atónitos del grupo. “Nosotros somos un pueblo antiguo que ve esto como una oportunidad de renovación. Por eso lo vamos a superar”.

‘No tenemos un censo confiable’

Entre 2017 y 2018, el gobierno aprobó más de 9440 millones de pesos (casi 500 millones de dólares) para enfrentar la devastación causada por los terremotos en Ciudad de México. Sin embargo, las denuncias por el mal uso de los fondos, los retrasos y las quejas por la complicación de los trámites burocráticos que han impedido el inicio de la reconstrucción en muchas zonas se han multiplicado.

“Se nos había olvidado la vulnerabilidad de la ciudad y su riesgo. Ni el gobierno ni la sociedad estaban preparados para esa catástrofe”, explica Ricardo Becerra, un economista de 52 años que fue el primer comisionado para la Reconstrucción de la capital.

Según el cálculo que hizo la Comisión para la Reconstrucción de Ciudad de México cuando él estaba a cargo, “la cifra de damnificados ronda las 108-110.000 personas, y un 65 por ciento son adultos mayores. Lamentablemente, un año después, todavía no tenemos un censo confiable”.

Becerra solo estuvo 121 días en su cargo y reconoce que “el gobierno estaba muy fragmentado y descoordinado, no existía la costumbre de tener reuniones de gabinete y eso se extrañó mucho durante la emergencia”. También dice que él no estaba preparado para la intensa rutina de solo dormir tres horas al día y hacer 182 recorridos por las zonas de desastre.

Hoy, cada vez que se ducha, Becerra dice que escucha la alerta sísmica. Una secuela del estrés de esos días. Además es el coautor de un libro sobre su experiencia en la comisión titulado Aquí volverá a temblar. Su corta gestión no estuvo alejada del escándalo porque fue acusado de llegar ebrio a una reunión con damnificados —una situación que niega y califica como un ataque político— y, meses después, renunció abruptamente, lo que provocó un cambio en la intrincada burocracia de la reconstrucción.

“Un año antes del sismo, el gobierno federal redujo a la mitad el fondo para prevención de desastres”, afirma el excomisionado. “Con el calentamiento global, los reacomodos geológicos y el crecimiento demográfico era la receta perfecta para el desastre, no hay justificaciones”.

Becerra cree que la reconstrucción va a durar por lo menos todo el próximo sexenio, pero dice que “esto no se nos puede olvidar, como pasó con el 85”.

Sin duda, los más afectados por el sismo de 2017 no lo van a olvidar fácilmente.

 Esta foto del 18 de marzo de 2018 muestra un edificio que colapsó durante el terremoto del 19 de septiembre de 2017 en la colonia Doctores de Ciudad de México. 

Una doble marginación

Los desastres naturales ponen a prueba la legitimidad de los gobiernos así como la capacidad y los recursos del Estado. En 2009, la Universidad de Cambridge publicó Aftershocks: Earthquakes and Popular Politics in Latin America, un volumen editado por los profesores Jürgen Buchenau y Lyman L. Johnson que analizan, junto con un grupo de expertos, diversos desastres naturales sucedidos en América Latina.

“Las catástrofes no afectan por igual a todos los sectores de la sociedad. Muchas veces, la ayuda va a los partidarios políticos del régimen y las élites ricas se benefician del esfuerzo de las ayudas y la reconstrucción”, apunta el estudio. “La desigualdad en la distribución de la ayuda y el descuido de las masas populares a menudo resulta en una movilización contra el gobierno”.

Esas diferencias en la atención hacia los damnificados de diversas zonas de la ciudad forman parte de las muchas irregularidades que ha detectado Ciudadanía 19s, una iniciativa que agrupa a organizaciones civiles que buscan responder a los efectos del sismo de 2017. Ante la complejidad burocrática del gobierno, el grupo diseñó un manual de reconstrucción para guiar a los damnificados.

“Vemos que ha existido una prioridad hacia los multifamiliares, los edificios de condominios, y no hay claridad sobre los procedimientos para las viviendas unifamiliares”, explica Laura Freyermuth, integrante de la organización, quien advierte que eso afecta a las poblaciones más pobres en delegaciones como Tláhuac, Xochimilco e Iztapalapa.

Hace once meses, The New York Times hizo varios recorridos por Iztapalapa, la delegación más poblada de Ciudad de México, donde viven casi dos millones de habitantes. Allí las autoridades delegacionales han registrado 21.800 inmuebles dañados y 600 familias que viven en una zona de grietas que tendrán que ser reubicadas.

El domingo 9 de septiembre, en el Deportivo Cinturón Verde de Iztapalapa había jóvenes de todas las edades jugando futbol y básquet, y muchas personas trotaban alrededor de las canchas que lucían como nuevas.

“Primero debieron rescatar las viviendas antes que la infraestructura pública, es increíble”, dice Mariano Salazar Molina, un veterano dirigente vecinal de Iztapalapa, de 63 años.

Al salir del parque, Salazar comienza a señalar las depresiones, los huecos y los escombros que continúan en los alrededores. En la calle Derechos Democráticos parece que el tiempo se hubiese detenido desde 2017: algunas veredas fueron rellenadas y se han demolido y levantado casas, pero sin las medidas antisísmicas necesarias para prevenir riesgos ante otro terremoto. Cada tanto brotan como hongos carpas polvorientas donde viven personas a la intemperie.

“Nosotros seguimos en la calle, esperando a ver si nos van a reubicar”, dice María Ramírez Ruiz, de 48 años, quien desde el año pasado vive en un campamento de la calle Rosalitas. Aunque las nuevas autoridades ya han visitado el barrio, los cuarenta damnificados de esa zona continúan esperando por la reconstrucción.

“Reforzamos las tiendas todo lo que podemos porque cuando graniza o llueve esto se vuelve un río”, cuenta María, mientras se agarra las manos con nerviosismo. “Lo peor es que seguimos en riesgo porque las bardas que dan para la parte de atrás de las carpas están mal hechas y cuando tiembla se mueven feo”.

Las carpas ahora tienen portones de madera, lonas nuevas en los techos, electricidad y gas. Muchas están llenas de los enseres que pudieron sacar de las casas que quedaron destruidas; en conjunto parecen un pequeño barrio amorfo que creció sobre el asfalto.

“Nos dijeron que nos van a ayudar con la renta para que nos salgamos de aquí, también están buscando unas casitas prefabricadas para ver dónde podemos vivir mejor. Pero hasta ahora son puras promesas”, explica María.

 Los vecinos sacaban sus pertenencias de los escombros de un edificio derrumbado en Iztapalapa por el sismo de Ciudad de México, el 26 de septiembre de 2017. 

‘Disculpen, somos damnificados’

El ingeniero Édgar Tungüí, de 43 años, solía pensar que lo más difícil que una autoridad de Ciudad de México podría enfrentar es un terremoto y sus consecuencias. Durante los diecinueve años que lleva en la administración pública vivió inundaciones, deslizamientos, vaguadas y otros desastres, pero nunca se imaginó que le iba a tocar ser el comisionado de la reconstrucción de la capital.

Tungüí fue designado después de la renuncia de Becerra, por lo que solo lleva ocho meses en el cargo. Durante su gestión la comisión ha sesionado 32 veces, cada miércoles, y ha autorizado 49 acciones por un monto superior a los 6000 millones de pesos. Cuando discrimina las cifras dice con vehemencia que ha autorizado 110 proyectos de rehabilitación y 20 proyectos más para la reconstrucción de edificios, así como 7000 dictámenes de inmuebles.

Sin embargo, es una carrera contrarreloj para intentar recuperar el tiempo invertido en crear el sistema burocrático que destina los recursos. Solo en eso tardó más de cuatro meses.

“Esta es una ciudad que es susceptible a desastres naturales, no solo son los terremotos porque incluso hay riesgo volcánico. Mientras hablamos se está inundando el sur”, explica con desaliento, y recalca lo complejo que es atender a la quinta ciudad más poblada del mundo. Con sus más de 21 millones de personas, Ciudad de México tiene casi el doble de la población de países enteros como Portugal, Grecia o Bélgica.

“No creo que haya un trato distinto dependiendo de las delegaciones, la realidad es que la Ley de Reconstrucción no es muy clara para el tema de la vivienda unifamiliar y sí lo es para los multifamiliares. Por eso han salido primero”, asegura.

Además cuenta que, como si fuera una tragedia dentro de la tragedia, parte del Archivo General de Notarías también resultó afectado por el temblor. Allí se guardan las escrituras y los planos de la mayoría de las edificaciones de la ciudad, documentos que muchos propietarios perdieron cuando sus hogares colapsaron y que son necesarios para los trámites de reconstrucción. Más o menos un millón y medio de volúmenes están desordenados, dice, y no se podrán utilizar hasta fines de noviembre.

Aunque su gestión termina en diciembre, Tungüí espera aprobar al menos cincuenta proyectos más. Pero no se hace ilusiones sobre la rapidez de la reconstrucción, que cree que llevará cinco o seis años más si están los recursos necesarios, al igual que el excomisionado.

“A todos se nos olvidó que podía volver a temblar, pero el objetivo del gobierno tiene que ser que esto no vuelva a suceder nunca más. No puede pasar como en 1985, que todavía hay damnificados de ese terremoto”.

El Colector 13, en la delegación Gustavo Madero, es uno de los campamentos que aún alberga a personas que lo perdieron todo en 1985. Es un terreno de 1100 metros cuadrados de diminutas viviendas provisionales, hechas de lata y madera con todos los servicios, que recuerdan a los campamentos actuales situados en otras delegaciones.

“Somos un ejemplo de lo que no puede volver a pasar”, explica Raquel Villegas Ortega, de 72 años. “Tenemos más de treinta años aquí y siempre vienen a hacernos promesas, los gobiernos construyen edificios y no nos meten. Por eso ya no les creemos”.

En los estrechos callejones del campamento, donde juegan niños y jóvenes que son hijos y nietos de damnificados, viven 150 familias procedentes de diversos desastres naturales, pero todavía hay 45 grupos familiares de 1985. Sus habitantes se han convertido en un símbolo de la permanencia de las soluciones temporales del Estado mexicano.

César Cravioto, quien a partir de diciembre será el nuevo comisionado de reconstrucción de la ciudad, jura que todo eso va a cambiar. Asegura que su comisión hará otro censo en los meses que le quedan antes de asumir porque, a la fecha, aún no se sabe con exactitud cuántos damnificados hay, ni cuántas viviendas se tienen que levantar.

A sus 50 años, Cravioto irradia una energía casi juvenil, como suele suceder con los políticos en ascenso. Luego de coordinar a los diputados de Morena —el partido del presidente electo— en la Asamblea Legislativa, ahora tendrá que enfrentarse con la hidra burocrática de mil cabezas que Becerra y Tungüí, sus predecesores, no pudieron acabar.

 En esta foto del 17 de septiembre de 2018, un hombre usa un pico sobre la pared de un cuarto piso, mientras los trabajadores derriban un edificio de oficinas gubernamentales que resultó muy afectado en el terremoto de magnitud 7,1 del año pasado, en el centro de Ciudad de México. 

El 10 de septiembre pasado, mientras se dirigía a una reunión en un viejo Jetta gris, decía con optimismo que pronto quiere quedarse sin trabajo. Cravioto avizora un futuro en el que la reconstrucción se termine en dos años y él pueda tomarse sus primeras vacaciones largas tras veinte años en la política. “Me dicen que estoy loco, pero sé que es posible”, dijo, mientras atravesaba la ciudad que planea arreglar.

Perderlo todo y volver a empezar es uno de los relatos más antiguos de la humanidad. Aparece en textos sagrados como la Biblia, el Corán y el Talmud pero nunca es tan impresionante como verlo tallado en piedra. Patricia Castelán Vargas lo sabe y por eso dejó la Piedra del Sol para el final de la visita al museo con los damnificados.

Luego de dos horas de reír y reflexionar sobre la historia de los pueblos originarios, el grupo se había convertido en una pequeña tribu que se sentaba alrededor de Patricia en cada estación. Imitaban, sin saberlo, el antiguo ritual de los cazadores que en las noches rodeaban el fuego, mientras escuchaban las historias de los más sabios.

Frente al enorme monolito de 24 toneladas, Patricia habló de eras pasadas cuando los seres humanos eran tan felices que se olvidaban de los dioses. Y por eso los mitos relatan que fueron exterminados con desastres naturales de agua, fuego y vientos de navajas de obsidiana. Hasta que volvieron a poblar la Tierra.

“Esto ya ha pasado muchas veces, por eso somos un pueblo solidario y tenemos que agradecer la vida”, explicó con tono solemne. “Nosotros sobrevivimos al temblor por eso sabemos lo que es renacer”. Luego rompió a llorar y todos sus compañeros la abrazaron.

La gente que quería tomarse fotos con la piedra, comenzó a mirarlos para que se quitaran pero Patricia elevó la voz y les dijo: “Disculpen, señores, es que somos damnificados”. Y ahí se quedaron.

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