Un autoritario ha sido electo presidente de Brasil. ¿Y ahora qué?

Seguidores del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, celebran la victoria de su candidato en Brasilia, el 28 de octubre de 2018.

La estrategia que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil avanza por el mundo: el desprecio por las reglas democráticas, las minorías sociales puestas como chivos expiatorios, la nostalgia de un pasado supuestamente mejor y la popularización del antiintelectualismo, que favorece el saber de las redes sociales sobre el conocimiento de los expertos y la verdad de los periodistas. Todo diseminado a través de mentiras y noticias falsas o tergiversadas para causar un caos que solo el nuevo líder, contrario a la política tradicional establecida —llámese Trump, Erdogan, Duterte u Orbán—, será capaz de solucionar.

Con el 55 por ciento de los votos, Jair Bolsonaro le dio una victoria contundente a la extrema derecha, en parte porque convenció a sus electores de que las soluciones a la crisis no han sido rápidas solo por la falta de voluntad política. Pero ahora tendrá que entregar resultados, no solo retórica. A partir de enero de 2019, deberá resolver sus contradicciones para cumplir sus promesas electorales: leyes de posesión de armas a la población, erradicar la inseguridad pública —en un país donde 60.000 personas fueron asesinadas en 2017— y la disminución del gasto público.

Como es probable que Bolsonaro no pueda ofrecer resultados tangibles en poco tiempo, podría elegir esconderse en la trinchera que mejor maneja: la guerra cultural. Desconocido fuera de su reducto electoral en sus veintisiete años como diputado federal y electo presidente sin el respaldo de un partido importante, Bolsonaro se dio a conocer y construyó su poder político atacando a las instituciones democráticas y distorsionando el discurso feminista y de las minorías. Una de sus primeras cruzadas fue contra al “kit gay”, un libro que supuestamente iba a servir para enseñar sexualidad a los niños pero que en realidad nunca existió. Hay varios otros episodios que muestran que su campaña se ha basado en mentiras.

Las redes sociales y servicios de mensajes instantáneos fueron un factor determinante en estas elecciones. Un estudio de cien mil mensajes de WhatsApp de contenido electoral compartidos en Brasil determinó que más de la mitad tenía información engañosa o falsa. Y no eran solo distorsiones. Entre la información que las agencias de verificación de datos tuvieron que desmentir decía que Fernando Haddad, el candidato derrotado del Partido de los Trabajadores, había abusado sexualmente de una niña. Un reportaje de Folha de S. Paulo reveló que empresarios que respaldaron a Bolsonaro pagaron hasta 12 millones de reales por servicios de mensajería masiva contra el adversario de Bolsonaro —lo que está prohibido por la ley electoral brasileña—. La periodista que firmó el reportaje ha sido atacada digitalmente por grupos que apoyan a Bolsonaro. Pero no es el único caso: otros 140 periodistas más, incluida yo, hemos sido agredidos por seguidores del presidente electo.

En una entrevista de 1964, la filósofa Hannah Arendt le recordó al periodista Günter Gaus que el incendio del Reichstag, en Berlín, poco después de la llegada de Hitler al poder en 1933, le permitió al líder nazi imponer un estado de emergencia que duró doce años. El incendio se le atribuyó a un joven albañil comunista que acababa de llegar a Alemania, pero esta acusación nunca fue probada. Lo cierto es que el estado de emergencia permitió la persecución sistemática y masiva contra comunistas y llevó a la ampliación de poderes del nazismo. El punto es que no hay que esperar a que se repita un ejemplo extremo para entender cómo otros gobiernos autoritarios hicieron para garantizar la sumisión de la sociedad y consolidar su poder.

En el caso de Brasil, donde el 44 por ciento de la población rechaza a Bolsonaro, el desafío más urgente es no dejar que la indignación se diluya en la apatía, porque eso sería darle más poder a quien desdeña los valores democráticos. Sabemos que hay mucha más gente dispuesta a diseminar mentiras que a combatirlas. Y si Bolsonaro actúa como lo hizo durante la campaña, uno de sus principales blancos será la verdad.

La sociedad civil, la oposición política, la prensa y las instituciones públicas independientes, no pueden bajar la guardia. Un primer paso es proteger y rescatar la verdad, empezando por la verdad histórica.

Nuestra redemocratización fue construida a partir de un pacto de olvido —la Ley de Amnistía— que perdonó a quienes habían cometido “crímenes políticos”: militantes contrarios al régimen, pero también funcionarios del Estado acusados de tortura y asesinato. Años después, nuestra tardía comisión de la verdad terminó sin castigos a los torturadores de la dictadura militar (1964-1985), lo que permitió que fuera casi normal que un militar retirado del ejército que apoya la tortura gane la presidencia.

Si los brasileños no queremos perder las conquistas sociales más importantes logradas en los últimos gobiernos, debemos crear un contrapeso sólido para frenar los rasgos antidemocráticos de Bolsonaro. La prensa y los tribunales superiores tendrán que vigilar al poder ejecutivo más que nunca.

Bolsonaro dijo recientemente que los “rojos” (los del Partido de los Trabajadores) tendrán que salir del país o irán a la cárcel, una amenaza que suena a una dictadura, en donde no hay espacio para adversarios políticos. Sus seguidores se han contagiado de su discurso polarizante y violento. Y su concepto de quién es “rojo” es amplio: va de periodistas que lo molestan hasta el filósofo liberal Francis Fukuyama, quien dijo que Bolsonaro era una amenaza para la democracia.

Sus partidarios están haciendo de ese diagnóstico una realidad. Durante la campaña, protagonizaron al menos cincuenta ataques físicos por razones políticas. Bolsonaro dijo que no podía hacerse responsable por las acciones de quienes lo apoyan. Pero si no logra controlar ni a sus partidarios, ¿cómo va a solucionar la violencia de todo un país?

 Después de la victoria de Bolsonaro, una mujer sostiene un ataúd con las iniciales del Partido de los Trabajadores, del candidato perdedor, Fernando Haddad. 

En su primer discurso como presidente electo, Bolsonaro pronunció una oración evangélica y prometió respetar la Constitución y los valores democráticos, pero no hizo un llamado poselectoral a la unidad nacional, como se esperaba. En cambio, imprimió a su discurso un giro que podría parecer irónico: “El pueblo brasileño ha entendido la verdad. Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, dijo citando un versículo de la Biblia. Esto sugiere que tendrá un gobierno a imagen y semejanza de la fórmula que le dio resultado durante la elección: polarizador, mentiroso y cargado de prejuicios raciales, sociales y sexuales. Es también probable que haga uso de la represión estatal, con un precio importante para las libertades individuales de los brasileños.

Así que quienes creemos que hay que rechazar el autoritarismo, debemos estar alerta en momentos de choque y escrutar en las razones y pretextos que Bolsonaro podría usar para justificar la fuerza. Frente a las mentiras, será indispensable defender la verdad y nunca ceder en nuestra indignación.

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