Dom. May 26th, 2019

Un ejército para recibir una caravana de migrantes exhaustos

Más de cinco mil soldados estadounidenses fueron desplegados en campamentos a lo largo de la frontera con México. Allí, bajo un calor agobiante y sin electricidad, pasan las horas a la espera de la “amenaza”: hombres, mujeres y niños migrantes que huyen del hambre y la violencia.

CAMPAMENTO BASE DE DONNA, Texas — Era jueves, 8 de noviembre, cuando el sargento Daniel Micek del pelotón de la 89.ª Brigada de la Policía Militar de Estados Unidos abrió el paquete color café de su comida preparada.

Su ración consistía en un platillo de pollo y fideos, uno de los alimentos favoritos de las tropas porque viene acompañado de un paquete de dulces Skittles. Aunque desde el catre, afuera de la tienda de su pelotón en una base de operaciones recién instalada, Micek casi podía ver el colorido techo naranja y blanco de Whataburger, una utopía de la comida rápida ubicada a unos 12 kilómetros: no tenía permitido ir por las actuales normas militares. Los camiones camuflados con plataforma que había en la base eran para transportar alambre de púas, no para ir por comida.

Así es en parte la vida en el frente más reciente donde se encuentran desplegados los soldados estadounidenses. Las elecciones intermedias se acabaron y junto con ellas mítines donde el presidente Donald Trump advertía que una caravana de migrantes centroamericanos que se dirige a Estados Unidos equivalía a una “invasión” extranjera y justificaba el despliegue de hasta 15.000 soldados en servicio a los estados fronterizos de Texas, Arizona y California.

No obstante, los 5600 soldados estadounidenses que ya fueron movilizados hacia los matorrales secos a lo largo de la frontera con México parecen estar actuando solo con inercia para una misión compleja, que parece haberse ejecutado solo por órdenes de un comandante jefe determinado a llevar a sus seguidores a las urnas y con un liderazgo del Pentágono incapaz de convencerlo de los peligros que esta implica.

El campamento base Donna es uno de varios que han sido establecidos a lo largo de la frontera.

Este fin de semana, en lugar de estar con sus familias y jugando fútbol americano durante el Día de los Veteranos, los soldados del Décimo Noveno Batallón de Ingeniería, recién llegados del Fuerte Knox, en Kentucky, trabajaban arduamente en la colocación de alambre de púas en las riberas del río Grande (río Bravo), justo debajo del puente internacional McAllen-Hidalgo-Reynosa.

Cerca de allí, los soldados de la Base Conjunta Lewis-McChord, del estado de Washington, se aseguraban de la correcta instalación de la tienda donde se ubicaría la enfermería, al lado de su estación de asistencia. A unos cuantos kilómetros de ahí, el sargento de personal Juan Mendoza dirigía el tránsito mientras su compañía de apoyo de ingeniería del Fuerte Bragg, en Carolina del Norte, descargaba vehículos militares.

Lo más seguro es que sigan desplegados para el Día de Acción de Gracias, el 22 de noviembre.

A unos 3000 kilómetros, en el Pentágono, los funcionarios se quejaban en privado del despliegue por considerarlo un desperdicio de tiempo y recursos, además de desanimar a los elementos del ejército destinados allí.

Los soldados juegan naipes para pasar el tiempo.

El soldado de primera clase Skyler Fayo al teléfono. Para cargar la batería de sus celulares, los efectivos usan generadores. 

Antes de las elecciones intermedias del pasado 6 de noviembre, el ejército anunció que la misión en la frontera se llamaría Operación Patriota Fiel; no obstante, el mismo día de las elecciones, el secretario de Defensa, Jim Mattis, pidió a sus subordinados que dejaran de usar ese nombre y el Pentágono envió un escueto comunicado de prensa un día después en el que decía que, en adelante, la operación solamente se conocería como apoyo fronterizo. El término “patriota fiel”, según los funcionarios, tenía matices políticos.

Aún no se ha dado a conocer una estimación del costo final de la movilización, pero a los responsables del presupuesto en el Departamento de Defensa les preocupa que si la cantidad de soldados enviados a la frontera en efecto llega a los 15.000 elementos, el costo podría alcanzar los 200 millones de dólares, sin que haya ninguna partida presupuestal específica pensada para ese fin.

La última ocasión en la que se enviaron soldados en servicio activo a la frontera de Estados Unidos con México fue en la década de 1980, para ayudar en misiones para combatir el narcotráfico. Desde entonces, los predecesores de Trump han confiado en la Guardia Nacional, que llegó con menos fanfarria que la comitiva de vehículos y las ciudades de tiendas de campaña que se han diseminado en los últimos días.

El campamento base está rodeado por alambre de púas y está al lado de una franja de valla fronteriza.

El presupuesto fiscal del Departamento de Defensa para el 2019 ya había asignado fondos para combatir al grupo del Estado Islámico en Irak y Siria, continuar la interminable guerra en Afganistán y prepararse para un posible conflicto con una nación extranjera, como China, Rusia, Corea del Norte o Irán.

No hay fondos destinados para combatir a los hombres, las mujeres y los niños que se dirigen a la frontera estadounidense; muchos de ellos están huyendo de la violencia o la corrupción, casi todos en busca de una mejor vida. A los elementos del ejército se les han asignado prácticamente los mismos tipos de logística, apoyo e incluso trabajos administrativos que ya hacen los soldados de la Guardia Nacional que fueron enviados a la frontera hace unos meses este mismo año.

El tema de la moral del ejército es casi igual de preocupante. Las órdenes de despliegue tienen fecha límite del 15 de diciembre, lo cual quiere decir que los militares estarán en la frontera para Día de Acción de Gracias. Pero tendrán poco que hacer, además de proporcionar apoyo logístico, salvo que Trump declare ley marcial. Los soldados no harán cumplir las leyes migratorias estadounidenses, porque eso contravendría la Ley Posse Comitatus de 1878, a menos que se emita una exención especial.

“Cuando le asignas a un soldado una misión genuina, es menos probable que haya un problema de moral, incluso si es Navidad o Acción de Gracias”, dijo el representante demócrata por Maryland Anthony G. Brown, expiloto militar de helicóptero que sirvió en la guerra de Irak. “No obstante, cuando envías a un soldado a una misión dudosa, sin valor militar, en Acción de Gracias, no ayuda en absoluto”.

Las bases son similares a las establecidas en Afganistán e Irak en la década de 2000.

El jueves, dos días después de las elecciones, un pelotón de ingenieros del ejército en Hidalgo, Texas, que estaba extendiendo rollos de alambre de púas del lado estadounidense del río Bravo, se despojó de las prendas blindadas. La decisión de vestir solo el uniforme, cantimploras, guantes y cascos fue sencilla: hacía demasiado calor para vestir los chalecos antibalas y los soldados sabían que no los necesitaban. Además, algunos ya han sufrido golpes de calor a tan solo días de iniciada su nueva misión.

Aproximadamente a 24 kilómetros de ahí, unos quinientos soldados —una combinación de unidades médicas, oficiales de policía militar e ingenieros— comenzaban a establecer una rutina en el Campamento Base de Donna. Se le nombró así por el pueblo adyacente de Texas, que los agentes de la Patrulla Fronteriza creen que es uno de los puntos de entrada más probables para la caravana migrante, en caso de que llegue.

La base militar, ubicada entre una autopista de cuatro carriles y el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, se asemeja a las que fueron establecidas en Afganistán e Irak a principios de la década de los 2000.

Como sucedía en las bases en aquellas zonas de guerra en sus inicios, la electricidad es escasa, excepto para hacer funcionar las luces y el equipo de comunicación. Los soldados apenas instalaron una pequeña tienda para bañarse en los días pasados. Los hombres y las mujeres han establecido horarios para hacerlo; solo cuentan con siete minutos por persona.

No hay un área designada como comedor; los oficiales patrullan durante la noche armados con pistolas de mano y se alimentan con comidas preempaquetadas hechas para las fuerzas armadas, apodadas MRE. En cada tienda de campaña caben veinte personas; no hay electricidad ni aire acondicionado.

Pueden recargar las baterías de sus teléfonos con algunos generadores que son usados para prender los reflectores cerca de las vallas.

A diferencia de Afganistán e Irak, los soldados no reciben un pago extra por estar en posición de combate activo. Tampoco hay un pago por enfrentarse a grupos hostiles, ya que los soldados no van a interactuar con los migrantes.

El despliegue se extenderá más allá del 22 de noviembre, cuando los estadounidenses celebran el Día de Acción de Gracias. 

Los soldados con las llamadas MRE, el nombre castrense para las raciones de alimentos listos para comer

Desde hace tiempo, Mattis, el secretario de Defensa, está en contra de politizar a las fuerzas armadas estadounidenses y a su trabajo. Durante los casi dos años en los que ha estado al frente del Pentágono, ha buscado prevenir que los 1,2 millones de soldados en servicio activo del país queden inmersos en las fuerzas políticas que han plagado a otras agencias o que parezca que apoyan a un candidato sobre otro.

Colocar soldados en la frontera a fin de proteger al país contra lo que Trump considera una amenaza, como dio a entender en la campaña, ha hecho que esa postura de Mattis esté destinada a chocar con la del presidente. La relación de Mattis y Trump de por sí se ha deteriorado considerablemente a lo largo del año pasado.

Las tropas revisan el traslado de un vehículo militar. 

Oficialmente, los líderes del Pentágono comentaron que su deber era seguir las órdenes del comandante jefe, no decirle cómo desplegar a los soldados estadounidenses.

Entre las solicitudes para el despliegue que ha hecho la Casa Blanca está que las tropas en la frontera estén armadas y listas para contacto directo con los migrantes con leyes del uso de la fuerza.

“No me corresponde hacer esas evaluaciones”, dijo el secretario del ejército, Mark T. Esper, en una entrevista el miércoles. “Todos reconocemos que una de las muchas misiones del ejército es la defensa de la seguridad nacional y la seguridad de nuestras fronteras”.

La construcción de las regaderas terminó hace poco tiempo en el campamento. 

De vuelta a la frontera, cerca del puente Hidalgo, los soldados habían dedicado su mañana a plantar estacas en el suelo para usarlas como pilares para la nueva barda. Ahora, varios de esos oficiales estaban a bordo de un vehículo carguero para disfrutar del aire acondicionado mientras observaban a los equipos de camarógrafos entrevistar a sus colegas.

Horas más tarde, a unos 24 kilómetros, se pronosticaba lluvia al caer la noche en el Campamento Base de Donna. Algunos soldados comenzaban a cavar lentamente una zanja afuera de sus tiendas, para evitar que el agua se encharcara en sus catres y a sus pies en las horas siguientes.

Otros caminaban lentamente hasta los baños portátiles y los lavabos, que bombean agua mediante un pedal, para rasurarse y cepillarse los dientes. Un nuevo grupo de soldados que había llegado unas cuantas horas antes estaba descargando sus mochilas y llevándolas a sus catres en una marcha silenciosa.

 Los soldados en la base Donna, en Texas, son algunos de los miles desplegados a la frontera con México.