Un joven con un problema cardiaco, una tierra sin cirujanos del corazón

Desde la izquierda, Chance Mwunguzi, Innocent Nsabimana y Alexis Nshimiyimana, que se volvieron amigos cuando esperaban juntos a que los operaran del corazón en el Hospital Rey Faisal en Kigali, Ruanda.

A sus 16, Chance Mwunguzi había estado enfermo durante años y su madre, una maestra, había hecho todo lo que le era posible para conseguirle ayuda, incluso vendió su hogar para pagar por la atención médica. Chance tenía dos válvulas cardiacas dañadas y requería de una intervención quirúrgica para remplazarlas: sin ella, no sobreviviría.

Su país, Ruanda, no tiene cirujanos de corazón. Los médicos de Chance les recomendaron viajar a India para llevar a cabo la operación, pero la familia no podía costearla.

Fui a Kigali para informar sobre el tipo de afección cardiaca que afectan a Chance y millones de otros jóvenes. Tenía esperanza de encontrar avances sobre el tratamiento y la prevención.

Cuando conocí a Chance y a su madre, Alphonsine Mukankundije, habían encontrado su mejor, y tal vez última, esperanza: Team Heart, un grupo de voluntarios médicos de Estados Unidos y Canadá que viajan a Kigali una vez al año para efectuar operaciones de remplazo de válvulas en pacientes como Chance.

Lo impactante sobre este padecimiento cardiaco mortal es que es causado por una faringitis estreptocócica, una enfermedad que es prácticamente solo una molestia en Estados Unidos y otros países desarrollados, donde los niños con gargantas irritadas son rutinariamente revisados para detectar estreptococos y curados con antibióticos. Sin embargo, si la infección —causada por estreptococo— no es tratada, puede desencadenar una fiebre reumática y graves daños a las válvulas cardiacas.

En los países de ingresos más bajos, donde el estreptococo a menudo no es detectado, las lesiones cardiacas por la fiebre reumática son un enorme problema de salud pública que afectan a decenas de millones de personas. Este año, alrededor de cien pacientes de Ruanda, desesperados por una intervención quirúrgica que les salve la vida, llegaron para ser revisados por Team Heart —que solo podía operar a dieciséis personas—.

Es tentador pensar que si a los padres se les pudiera enseñar a buscar atención cuando sus hijos tienen dolor de garganta, este problema podría ser erradicado. Sin embargo, no es tan simple. En entrevistas, he descubierto que la mayoría de los pacientes y sus padres no recuerdan la garganta irritada.

Yo sabía que las lesiones en las válvulas cardiacas debido a la fiebre reumática eran graves, pero nada me preparó para ver a tantas personas jóvenes tan enfermas, muchos todavía adolescentes o en sus veintitantos —algunos con afectaciones en el crecimiento o abdómenes prominentes por fluidos, algunos cerca del final de su vida—.

Chance estaba entre los afortunados: fue considerado como un buen candidato para la operación.

No obstante, unos días después de reunirme con él y su madre por primera vez, los encontré sentados alrededor de un árbol afuera del Hospital Rey Faisal en Kigali. Chance era el retrato de la miseria, Alphonsine contenía las lágrimas. Directivos del hospital se habían rehusado a ingresar a Chance a menos que Alphonsine pagara una cuota —una cantidad que ella no tenía—. Había venido desde tan lejos y había luchado tanto para salvar la vida de su hijo, solo para que le azotaran la puerta en la cara.

¿Una reportera debería intentar ayudar? ¿No se supone que debemos ser como moscas en la pared, que ven los eventos ocurrir sin influir en ellos? Saqué mi celular y llamé a Team Heart. Enviaron a un miembro para resolver el ingreso de Chance. Aunque el grupo ha realizado operaciones en el hospital desde 2008, cada año hay problemas con la cobranza, generados por la burocracia del hospital y los caprichos de los seguros médicos en Ruanda. Horas más tarde, Chance fue ingresado.

Tengo que hacer una revelación completa: ya había hablado una vez para favorecerlo, cuando el equipo que evaluaba a los candidatos a la intervención quirúrgica parecía haberlo olvidado. ¿Hizo una diferencia? No tengo idea. Tal vez revisaron sus notas y lo recordaron de todos modos. O quizá no.

Como los familiares de muchos de los otros pacientes para operaciones de corazón, Alphonsine vivía demasiado lejos del hospital como para irse a casa, así que se unió al grupo, en su mayoría conformado por madres, que básicamente acamparon en las amplias terrazas que rodean el hospital y conectan sus dos alas.

Su primera noche fue desalentadora, me dijo posteriormente. Un joven que había sido programado para la operación repentinamente empeoró y fue claro que no sobreviviría la noche. Al mismo tiempo, una joven, Elina, que acababa de ser ingresada —y que desempeña un papel importante en la historia que escribí— comenzó a toser y a experimentar dificultad para respirar. Sin embargo, el equipo estaba intentando brindar atención al paciente agonizante. Una enfermera le pidió a Alphonsine que vigilara el monitor de oxígeno de Elina y que pidiera ayuda si la lectura descendía por debajo de cierto nivel.

 Profesionales de la salud de Team Heart, una organización estadounidense sin fines de lucro, revisan a Elina Mukagasigwa durante una auscultación para detectar padecimientos cardiacos reumáticos.

“Podía ver que yo era la persona de mayor edad en la habitación”, dijo Alphonsine. “Eso me dio mucha más responsabilidad”.

Despertó al familiar de otro paciente para que le ayudara a vigilar a Elina. Pronto, el nivel de oxígeno comenzó a bajar. Alphonsine pidió ayuda y el equipo llegó corriendo.

Alphonsine pasó el resto de la noche y parte del día siguiente tratando de confortar a la madre del joven que había fallecido y ayudándole a planear el funeral.

Unos días después, Chance fue operado. Como el resto de las madres, Alphonsine se sentó en la terraza, trató de mantenerse tranquila, con los ojos pegados al ala opuesta del hospital, en espera de ver a su hijo ser transportado en la camilla del quirófano a terapia intensiva.

El cirujano le dijo que la operación había sido un éxito.

“Quiero agradecerte”, le dijo al médico. “Rezaré para que Dios te mantenga vivo y te brinde conocimiento continuo”.

Chance se recuperó satisfactoriamente y pronto estuvo en pie nuevamente, caminó por las terrazas e incluso pateó un balón de fútbol.

Alphonsine dijo que planea dar charlas sobre el estreptococo y cómo prevenir la fiebre reumática a sus estudiantes, colegas y a los miembros de su iglesia.

“Aunque no tenga nada, si mi hijo se salvó, estoy feliz”, me dijo. “Soñé que mi hijo se curaría. Ahora el sueño se está volviendo realidad”.

No me arrepiento de haber ayudado. Si Chance no hubiera sido operado, habría sido una historia desgarradora. Su recuperación fue una mejor historia.

No obstante, muchos más pacientes de los que el equipo podía manejar necesitaban una operación, y el progreso que había esperado encontrar —como que el gobierno de Ruanda pagara esas operaciones y capacitara a médicos y enfermeras para realizarlas— todavía parece lejano.

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