Vie. Ago 23rd, 2019

Una nueva caravana migrante desde Honduras aviva las tensiones

Una mujer hondureña en un campamento migrante en Tijuana.

 

SAN PEDRO SULA, Honduras — Una nueva caravana de migrantes se prepara para salir de Honduras y con ella se han delineado líneas de batalla desde el norte: algunos han prometido ayudarlos; otros han jurado que los van a frenar.

En Estados Unidos, la salida de la caravana —programada para el 15 de enero— le ha dado al presidente Donald Trump munición en su lucha contra el congreso, al que le exige aprobar un presupuesto con 5700 millones de dólares para construir un muro fronterizo con México. La disputa ha resultado en el cierre de la administración más largo de la historia estadounidense.

Tal como lo hizo cuando otra caravana emprendió el mismo trayecto en octubre, Trump ha descrito de manera peyorativa a los migrantes de este grupo, que afirman que su viaje es para escapar de la pobreza y la violencia y que tienen el derecho legal de solicitar asilo, como pretenden hacerlo.

“Se está formando otra gran caravana en Honduras que estamos tratando de desintegrar, pero hasta ahora es más grande que cualquiera que hayamos visto”, dijo Trump el jueves 10 de enero. “No podemos detenerla con drones ni con sensores, pero ¿saben con qué podemos pararla en seco? Con un muro poderoso y bien hecho”, aseguró.

A pesar de las afirmaciones de Trump, nadie sabe cuántas personas saldrán el martes y cuántas más se unirán conforme los migrantes crucen por Guatemala, lleguen al sur de México y se abran paso hasta la frontera con Estados Unidos.

Tampoco ha quedado claro quién puso en marcha el plan para organizar esta nueva caravana.

Héctor Romero, de 37 años, decidió que se uniría al grupo el 9 de enero. “Solo he tenido dos días de trabajo a la semana durante los últimos tres meses y eso apenas cubre los gastos”, dijo Romero, quien está empleado como recolector de pasajes de autobús en una población al oeste de San Pedro Sula, la ciudad desde donde pretende salir la caravana. “No tuve el valor de irme la última vez, pero ahora sí”.

El hondureño, divorciado y padre de cuatro hijos, indicó que llevará consigo a su hija de 12 años, pues cree que así tendrá más probabilidades de que las autoridades migratorias de Estados Unidos lo dejen entrar.

Tijuana ha tenido problemas para atender a los migrantes que han llegado en los últimos meses desde países de Centroamérica.

El primer desafío para los migrantes podría ser su propio gobierno. Los presidentes poco populares de Honduras y de Guatemala, que enfrentan diversos escándalos, están ansiosos por mantener el apoyo del gobierno de Trump, quien ha amenazado con recortar la ayuda financiera a estos países. Frenar la caravana podría ayudarlos a lograr ese objetivo.

Heide B. Fulton, la encargada de negocios de la Embajada de Estados Unidos en Honduras, viajó a la frontera de ese país con Guatemala para filmar un llamado dirigido a los migrantes. “No pierdan su tiempo y dinero en un viaje destinado a fracasar”, indica Fulton en el anuncio.

En México, en tanto, el nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha dicho que lidiará con los migrantes de manera más humana que el gobierno anterior.

Los funcionarios mexicanos indican que quieren evitar los “horrores” que vivían los migrantes cuando intentaban evitar que los arrestaran y los deportaran durante su trayecto a través de México.

“Nuestra visión es que los migrantes no son delincuentes; mucho menos constituyen una amenaza a la seguridad de México o de Estados Unidos”, dijo el 7 de enero Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación mexicana, en un discurso dirigido a diplomáticos mexicanos en el que prometió un fin a las deportaciones masivas.

Sánchez Cordero precisó que más de 300.000 centroamericanos entraron a México el año pasado, la mayoría con un “acceso no documentado”, y que los datos indican que el 80 por ciento tenía como objetivo cruzar la frontera hacia Estados Unidos.

La secretaria de Gobernación declaró que de ahora en adelante los migrantes en caravana que entren a México por medio de un punto de cruce oficial y que se registren obtendrían visas humanitarias y permisos para trabajar en México para que puedan trasladarse bajo la supervisión de las autoridades migratorias mexicanas hacia la frontera de Estados Unidos. Sin embargo, recalcó que quienes crucen a México ilegalmente serán deportados.

“No se permitirá que su ingreso no sea ordenado ni seguro o controlado y regulado por las leyes mexicanas”, dijo Sánchez Cordero.

Andrés Manuel López Obrador, el nuevo presidente de México, ha prometido tener una respuesta más humana hacia los migrantes que el gobierno anterior.

Las nuevas políticas del gobierno de México se pondrán a prueba cuando llegue la caravana que saldría el martes, dijo Gustavo Mohar, exfuncionario mexicano en temas de seguridad y migración. “El problema no puede resolverse”, dijo, “entonces debe manejarse de manera inteligente, precavida y realista”.

Afirmó que de lograrse eso, sobre todo con tanta atención internacional enfocada en los migrantes centroamericanos, le daría a México “autoridad moral frente a Estados Unidos”.

Los activistas dicen que viajar en caravanas ofrece seguridad para protegerse de los grupos criminales y los funcionarios corruptos que van tras los migrantes. Sin embargo, el tamaño de las caravanas recientes se ha vuelto “incontrolable”, según Irineo Mujica, parte del grupo trasnacional Pueblo Sin Fronteras, que ha acompañado a otras caravanas anteriores en su paso por México. No está participando en la organización de la nueva caravana.

A medida que la nueva caravana se prepara para partir, la experiencia de la agrupación más reciente es la que parece determinar la respuesta de los gobiernos y la gente a lo largo del camino.

Ese éxodo previo fue una historia narrada a través de imágenes: de las personas cuando cruzaron el río Suchiate, que marca la frontera entre Guatemala y México; de masas de gente que se movían atiborradas por autopistas o que se subían a camionetas; así como de varias plazas de ciudades mexicanas que quedaron transformadas en campamentos y albergues improvisados.

Cuando esa caravana —con casi seis mil integrantes— llegó a Tijuana, los migrantes se toparon con una cerca alta que aún los separaba de su destino estadounidense y una espera muy larga para solicitar asilo. Los refugios de migrantes estaban saturados y las condiciones en el interior rápidamente empeoraron. Algunos migrantes desistieron.

No obstante, en Honduras, las dificultades de caravanas previas no han disuadido a los que consideran unirse a la nueva. El peligro y las frustraciones que vivirían en el camino son poco en comparación con el temor abrumador de quedarse en el país o ser enviados de regreso, dijo Lidia de Suazo, coordinadora de atención pastoral para los migrantes en la arquidiócesis católica de Tegucigalpa, Honduras.

“La mayoría de los que salieron en la caravana de octubre no fueron deportados”, comentó. “Así que eso envía un mensaje a los países de origen, y la gente dice: ‘Vayamos también, porque no van a deportarnos’”.

Miroslava Cerpas, la coordinadora del área de movilidad humana del Centro de Investigación y Promoción de los Derechos Humanos, dijo que pese a los peligros, “ellos van a salir de cualquier manera. Muchos no saben adónde van, pero saben qué están dejando atrás”.

Algunos de los migrantes en Tijuana, México, incluso dijeron que pensaban ir de regreso al sur para unirse a la nueva caravana y acompañar así a los que harán el viaje por primera vez. Omar Rivera, de 39 años, obrero salvadoreño, era uno de ellos.

“Está viniendo mucha gente y necesita nuestra ayuda”, dijo, mientras se preparaba el jueves pasado para abordar un autobús con destino al sur.

 Muchos migrantes que llegaron a Tijuana con caravanas previas se quedaron varados ahí.