Dom. Oct 20th, 2019

Una palabra es noticia

 

 

Una vigilia frente al consulado mexicano en Los Ángeles con la consigna #MeToo, en noviembre de 2018.

 

Las palabras son la principal herramienta de comunicación de cualquier periodista. En The New York Times en Español nos tomamos muy en serio nuestra lengua y cómo la usamos: entendemos que el español es un idioma con muchas variantes, pero que entre los más de 500 millones de hispanohablantes en el mundo compartimos mucho más que lo que nos diferencia.

En este espacio les contamos sobre algunas decisiones de estilo que tomamos para escribir nuestros artículos; también ofrecemos actualizaciones de las reglas ortográficas del español.

Este artículo se irá actualizando semana a semana, a medida que incorporemos nuevos debates o decisiones de estilo. ¿Quieres que revisemos un caso en particular? Puedes sugerir una palabra, una expresión o una duda para que exploremos a [email protected]

#AMíTambién: Acoso y hostigamiento sexual

12 de abril de 2019

Hace menos de un mes que el movimiento #MeToo (#AMíTambién) irrumpió en México con la denuncia en Twitter de la violencia sexual que habría ejercido un escritor mexicano contra varias mujeres. Solo bastó un tuit para que fluyeran cascadas de denuncias silenciadas durante décadas en diferentes cuentas bajo la etiqueta #MeToo. Entre los muchos desafíos a los que nos enfrenta un movimiento con estas características está la definición de las agresiones que se denuncian.

Según la Ley general de acceso de las mujeres a una vida sin violencia(2009), hay diferentes tipos de violencia: psicológica, física, patrimonial, económica, laboral, docente y sexual, además de cualesquiera otras formas “que lesionen o sean susceptibles de dañar la dignidad, integridad o libertad de las mujeres”. En las denuncias difundidas en los últimos días quizá nos hemos preguntado qué es hostigamiento sexual, qué es acoso sexual; qué califica como abuso y qué como violación.

Identificar y conocer a qué nos enfrentamos puede ayudarnos a combatirlo de mejor manera. Tanto el hostigamiento como el acoso sexual son clasificadas como violencia sexual; el hostigamiento se diferencia del acoso porque hay una subordinación real de la víctima frente al agresor en un ámbito laboral o escolar, mientras que en el acoso hay un “ejercicio abusivo de poder” entre pares (un profesor y una profesora) que hace que la víctima se sienta indefensa y en riesgo. Ambas actitudes implican insinuaciones o comportamientos verbales o físicos de índole sexual, indeseadas para quien las recibe.

En el código penal mexicano también existe una diferenciación temporal entre abuso y acoso sexual: el abuso sexual implica una agresión prolongada, de manipulación sistemática; el acoso sexual puede ser una agresión inmediata (miradas lascivas, tocamientos, frases, envíos de videos masturbándose). A diferencia de la violación, en el abuso no hay penetración, como especifica la investigadora y activista Raquel Ramírez Salgado.

Los colectivos que manejan las cuentas de denuncia han diferenciado y clasificado cientos de testimonios, en un intercambio de asesoramiento y aprendizaje simultáneo. Es responsabilidad de todas y todos aprender con qué nos enfrentamos para prevenirlo y luchar contra ello.

¿Un insulto legítimo?

15 de marzo de 2019

Hace una semana, la cuenta en Twitter de la Real Academia Española encendió las redes con este tuit:

El mensaje de la RAE tuvo muchas reacciones porque, como sucede con frecuencia, leemos lo que queremos leer o ponemos atención a lo que coincide con nuestro punto de vista. Con esta respuesta en su servicio de consultas, la Real Academia Española no “dio su bendición” para que lancemos “putos” a diestra y siniestra: solo reconoce que los jóvenes en España la usan comúnmente para intensificar alguna cualidad —que puede ser tanto positiva como negativa— y que, como ya se consigna en el Diccionario de la lengua española, se trata de una palabra malsonante.

Es decir: en el mejor de los casos, pensaré dos veces antes de pronunciarla dependiendo de las personas a las que les esté hablando, y no porque lo diga la RAE, sino porque es una norma básica de convivencia. Muchas personas han dicho durante esta semana que la RAE “avala” (como si se necesitara) el grito de “puto” en los estadios mexicanos: no, este no es un refrendo al grito como muchos han querido verlo.

No podemos olvidar que las palabras tienen poder y tienen efectos: dependen de un contexto; de cómo, dónde y a quién se las decimos. Las normas del lenguaje, estemos o no enemistados con ellas, nunca nos eximen de la responsabilidad que tenemos del sentido de aquello que expresamos. Dicho de otro modo: se puede hablar con una perfecta adecuación a las normas del español y ofender a otros. La RAE no hace lavados de conciencia.

¿Tránsito o tráfico?

1 de marzo de 2019

Esta semana, publicamos un reportaje de Daniel Melchor sobre el tráfico en Ciudad de México. Sí, leíste bien: tráfico, para referirnos al paso y el congestionamiento vehicular en una de las ciudades que parece ocupar los primeros puestos en la clasificación de quienes pierden más tiempo en sus autos.

Apenas salió el artículo, comenzamos a recibir comentarios de que nos habíamos equivocado, que confundimos “tráfico” con “tránsito”. Esta es una de esas situaciones en las que me gusta estar frente a la persona y ver su cara de sorpresa cuando le digo que no, que aquello que creía que era un error no lo es: que tránsito y tráfico pueden usarse como sinónimos cuando nos referimos a “la circulación de vehículos automotores”, como apunta la Fundación del Español Urgente.

A veces pecamos de ultracorrectos —¡y miren quién lo dice!— y creemos que hay variantes que como no son comunes en nuestro ámbito —sea este un grupo de amigos, de profesionales o de connacionales— son incorrectas y, por ello, hay que evitar decirlas. “Tráfico” viene del italiano traffico y una de sus acepciones es “circulación de vehículos”; “tránsito”, viene del latín transitus y significa: “Acción de pasar por una vía pública”.

El Diccionario de la lengua española, de la Asociación de Academias de la Lengua Española, consigna a ambas como la circulación o el paso de vehículos, además de otras acepciones (como “paso de personas” para tránsito o “comerciar, negociar con el dinero y las mercancías” para tráfico). Es decir: una palabra no tiene solo un significado y el que en nuestro país no se use no quiere decir que sea incorrecto. ¿Hemos de multar a quienes dicen tráfico en lugar de tránsito? Pues no y menos en este espacio que queremos que haya #UnEspañolDeTodos.

Adrián González alentó a sus compañeros a pedir acentos en sus uniformes, como un reconocimiento a la influencia de los jugadores latinos en el béisbol de las Grandes Ligas. 

‘Se llama tilde, no acento’

15 de febrero de 2019

Hace tres años publicamos una historia que me gustó especialmente: los beisbolistas latinoamericanos en las Grandes Ligas querían que su nombre estuviera bien escrito en sus camisetas e iniciaron la campaña #PonleAcento. La publicamos muy orgullosos, convencidos de que su campaña era una muestra del amor por el español. Pero la mayoría de los comentarios que recibimos solo decían que estábamos equivocados: que acento-no-es-lo-mismo-que-tilde, que todas-las-palabras-tienen-acento-pero-solo-algunas-tienen-tilde.

Sin duda, las frases que nos repiten en la escuela primaria pesan mucho más que la voluntad de investigar, que fue lo que hice entonces.

Resulta que la tilde (sí, desde la edición de 1925 del Diccionario de la Real Academia Española se registra un uso mayoritario como sustantivo femenino) puede llamarse acento. Consulté con la Fundación del Español Urgente y con el Departamento de Consultas Lingüísticas de la Real Academia Española si es correcto decir que tal palabra lleva acento; esta última contestó: “Son igualmente válidos, con ese sentido, los términos acento y tilde”.

¿Por qué? Porque resulta que la tercera acepción de “acento” es: “Signo ortográfico español consistente en una rayita oblicua que baja de derecha a izquierda (´), y que, siguiendo unas reglas, se escribe sobre determinadas vocales de sílabas con acento”. Y que en estos casos se usa también la palabra “tilde” (que se denomina, asimismo, como acento).

Hay otros tipos de acento, cierto, como el que ponemos al pronunciar una sílaba con más fuerza dentro de la palabra, el de la entonación con la que hablamos o el que comparten algunas personas de un país, por ejemplo. Pero en este caso solo nos referimos al acento gráfico, al del signo ortográfico que se escribe sobre las letras.

Incluso hay registros en el Corpus Diacrónico y Diatópico del Español de América de que desde 1811 en Uruguay, en la Gazeta de Montevideo, se usaba “acento” como la marca ortográfica que se pone sobre una vocal o una ene para formar la eñe. Así que, lamentamos venir a derribar esta creencia de la infancia que es más poderosa que Papá Noel, pero tilde y acento pueden utilizarse como sinónimos en este caso.

Gasolinera, gasolinería, grifo, bencinera o bomba

Gasolinera y gasolinería

1 de febrero de 2019

Desde inicios de este año, el tema de la gasolina ha estado muy presente entre los mexicanos: desde el huachicoleo (robo de combustible) hasta el desabasto (o desabastecimiento, ambas son válidas) y pasando por las dudas de vocabulario del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, sobre cuál es “la palabra correcta”: gasolinera o gasolinería.

Ante tantas preguntas, la cuenta en Twitter de la Real Academia Española (que en este caso fue más consultada que la Academia Mexicana de la Lengua) respondió: “gasolinera” es la forma común entre los hispanohablantes, pero aclaró que “gasolinería” es de uso común en México. Si nos remitimos a la Academia Mexicana de la Lengua (AML), para los mexicanos ese es el nombre —además de “la gas”— con el que llamamos a los establecimientos donde se vende combustible; contrario a lo que la AML dice, sí está consignada en otros diccionarios, entre ellos, el Diccionario de la lengua española.

Asimismo, en el Diccionario de americanismos se consigna que algunos guatemaltecos, hondureños, nicaragüenses, costarricenses, panameños, entre otros habitantes de los países de América Latina, usan también “gasolinería”. En otras partes de la región tienen palabras distintas: en Perú, por ejemplo, les llaman grifos; en Chile son bencineras, y en Colombia, República Dominicana, Costa Rica y Panamá les dicen bombas. En Argentina las llaman estaciones de servicio.

Al final, casi cualquier hispanohablante entendería estas variantes gracias al contexto. ¿Una es más correcta que la otra? No, solo unas son más usadas que otras en diferentes países. Bienvenido sea #UnEspañolDeTodos.

Alfonso Cuarón, director de “Roma”, dijo: “Algo de lo que más disfruto es del color y la textura de otros acentos. Es como si Almodóvar necesitara ser subtitulado”.

Enfadados y enojados

11 de enero de 2019

A los hispanohablantes, al parecer, nos gusta despreciar nuestras diferencias. El español, una lengua que hablan más de 577 millones de personas en el mundo —es decir, el 7,6 por ciento de la población mundial—, tiene muchas variantes, aunque nada que haga necesario traducir “enojar” por “enfadar”.

La polémica surgió por los subtítulos en español que se usaron en España para presentar la película Roma, que está hablada en español… de México. Pero se trata de un dilema que se extiende a toda la producción cultural.

El periodista Álex Grijelmo cita al investigador mexicano Raúl Ávila, quien analizó 430.000 palabras en medios de México y “concluyó que el 98,4 por ciento de ellas pertenecían al español general. El hecho diferencial se quedaba en un 1,6 por ciento”. ¿Cuántos leímos a Julio Cortázar, a Mario Vargas Llosa, a Horacio Quiroga o a Carmen Laforet sin necesidad de adaptación alguna?

Hace tres años, cuando me sumé al proyecto de The New York Times en Español y me encargaron la tarea de elaborar nuestro manual de estilo, la consigna inicial fue que usáramos un español neutro, “uno que entendieran los lectores de América Latina y España”. Erradicamos el “platicar” de los mexicanos, el “hacer cola” de los venezolanos, el “coger” de los españoles… Por temor al malentendido, nos enfocamos en anular las diferencias en vez de destacar la riqueza del idioma, ponerla en contexto y hacer brillar nuestra diversidad.

Hasta que, un día, una editora colombiana propuso un artículo sobre los beneficios de la patilla y solo los editores venezolanos le entendieron; los demás nos quedamos con cara de incógnita: ese 1,6 se materializó ante nosotros. Sin embargo, cuando supimos que hablaba de la sandía nos maravillamos y empezamos un juego que se ha vuelto una tradición en esta redacción: el de buscar y asombrar a los demás con nuestras diferencias. Entendimos que una imagen o un buen contexto nos permitían sortear la incomprensión para preservar las singularidades, enriquecer nuestros textos y compartir realidades.

¿Por qué adaptar el idioma a una versión neutra que nadie habla? Creemos que es mejor enfocarnos en encontrar alternativas que nos ayuden a los hispanohablantes a comprendernos mejor y a darnos cuenta de que el español nos une mucho más de lo que nos separa. (Sí, nos gusta que el argentino quiera llamar “pomelos” a las toronjas y nos reímos ante las protestas de los editores que no son mexicanos por la “toma de protesta”. Ya pues, como dicen los peruanos).

Raúl Jiménez entra a la cancha, con su tilde bien puesta, en lugar de Hirving Lozano, quien anotó el gol contra Alemania el 17 de junio.

#PonleAcento

14 de diciembre

Hay dos creencias falsas sobre las tildes o acentos de las que me gustaría escribir hoy: su uso en las mayúsculas y en las etiquetas que usamos en redes sociales.

En varios de nuestros países, aún es común escuchar que “las mayúsculas no se acentúan”. Hay quienes lo repiten como un mantra, pero tal vez desconocen que esa nunca ha sido una norma ortográfica, sino una limitación técnica.

Hace algunos meses explicamos cómo fue que la imposibilidad de acentuar las mayúsculas en algunas máquinas de escribir diseminó esta idea entre muchos hispanohablantes, a tal punto que aún hay muchas personas que no acentúan su nombre porque este está escrito en mayúsculas (y sin tildes) en su acta de nacimiento.

Pero la Ortografía de la lengua española (2010) deja muy claro que “el empleo de la mayúscula no exime de poner la tilde cuando así lo exijan las reglas de acentuación gráfica”. Y, por supuesto, los límites técnicos para acentuar correctamente las mayúsculas han sido largamente superados con el uso de computadoras.

La velocidad del progreso tecnológico también sirve para derribar una segunda creencia falsa: que las etiquetas en redes sociales no se acentúan porque se rompen o no entran en los mismos criterios de búsqueda, como sucedía hace tan solo unos años, pero ya no es así. Esta semana, por ejemplo, reportamos la irrupción de la etiqueta #MiráCómoNosPonemos, bajo la cual miles de mujeres en Argentina, México y Perú, entre otras, relataron los abusos sexuales de los que fueron víctimas.

 Los acentos o tildes son signos ortográficos característicos del español, parte de la riqueza de nuestra lengua. Recuerda: #PonleAcento a las palabras que les corresponde.

*#PonleAcento es una campaña que inició en 2016, impulsada por las Grandes Ligas para acentuar los nombres de los latinoamericanos que juegan en Estados Unidos y reconocer así su influencia en el juego.

El Jardín Hidalgo en Coyoacán, en Ciudad de México

¿Por qué hablamos de Ciudad de México (y no de ‘la’ ciudad de México)?

23 de noviembre

El 29 de enero de 2016 se promulgó la nueva Constitución de la capital mexicana, en la que se estipula que el nombre de la entidad deja de ser Distrito Federal para ser Ciudad de México. Con ello, acababa la duda persistente de si ciudad debía escribirse o no con inicial mayúscula, pues era una forma que los habitantes de esta metrópoli usábamos con frecuencia.

Una vez que “ciudad”, el sustantivo genérico, se convirtió en parte del nombre, ya sabemos que se escribe con inicial mayúscula y que el artículo no es necesario, según lo señala la Ortografía de la lengua española, editada por la Asociación de Academias de la Lengua Española. Por eso ahora hablamos de que tanto Ciudad de México (no *la Ciudad de México) como Ciudad del Cabo tienen problemas de escasez de agua; que cientos de venezolanos emigran de Ciudad Bolívar hacia Brasil, o que en Ciudad Juárez se reparten Juangas, y no estrellas Michelin.

Claro que es un cambio reciente y esta norma no es ampliamente conocida: la costumbre de llamar a esta “la ciudad de México” aún es muy fuerte. Pero el nuevo nombre ya cumplirá tres años y siempre es buen momento para adaptarnos a los cambios.

Una ilustración de Joaquín “el Chapo” Guzmán (centro), junto a su abogado defensor Eduardo Balarezo, en el juicio de la Corte Federal de Distrito en Brooklyn, el 13 de noviembre de 2018.

¿Cártel o cartel?

16 de noviembre de 2018

Este martes 13 de noviembre comenzó en Nueva York el juicio a Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante mexicano conocido como el Chapo. Al escribir sobre el proceso judicial, nos hemos encontrado ante la disyuntiva de cómo llamar a la agrupación delictiva que se le acusa de liderar: el Cártel (¿o Cartel?) de Sinaloa.

En México lo pronunciamos como una palabra grave; es decir, que la vocal que pronunciamos con más fuerza es la “a”; al terminar en ele, debemos acentuarla: cártel. Sin embargo, en Colombia se pronuncia como una palabra aguda (la fuerza tónica está en la “e”); entonces no lleva tilde. Como ambas son válidas, decidimos escribir Cártel de Sinaloa, pero Cartel de Medellín, de acuerdo con la forma en que se usa en cada país.

De paso, así es como deben escribirse (según la Ortografía de la lengua española) los apodos, que podríamos definir como nombres alternativos con los que conocemos a las personas: solo los ponemos entre comillas si están entre nombre y apellido (Joaquín “el Chapo” Guzmán o Joaquín “Chapo” Guzmán). Para desmentir un error común: el artículo no forma parte del apodo y por ello se escribe con inicial minúscula y se contrae con las preposiciones (el Chapo, del Chapo, al Chapo). ¿Cómo sabemos esto? Porque si lo tuviéramos enfrente y le habláramos, le diríamos: “Explique, Chapo…”; en vez de: “Explique, el Chapo…”. Aunque lo más probable es que saldríamos corriendo.

 

T-MEC

19 de octubre de 2018

En la encuesta en Twitter que publicó hace dos semanas el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, la sigla “T-MEC” fue la más votada para nombrar al tratado trilateral entre México, Estados Unidos y Canadá, que remplaza al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Desde que se propuso esta nueva sigla, parecía que faltaba la “U” de Unidos.

Este jueves, la Secretaría de Economía anunció que, con la aprobación del gobierno actual y el entrante, el nombre con el que se conocerá al tratado será T-MEC. Según la Ortografía de la lengua española, las siglas se forman con las “iniciales de las palabras con carga semántica”; sin embargo, también se señala que “para conseguir una estructura pronunciable como palabras”, muchas siglas a veces “prescinden de incorporar la inicial” de alguno de los términos.

Luis Fernando Lara, coordinador del Diccionario del español de México, pronostica que acabaremos llamándolo “Temeca”.

Vale recordar que en español, las siglas no llevan punto ni se pluralizan. Las siglas que se “pueden leer” se llaman acrónimos (como Farc, Unicef y Cicig).

Lella Lombardi fue la última mujer en competir en la Fórmula 1, en 1976.

Pilota

12 de octubre de 2018

Esta semana hablamos de W Series, la nueva competencia internacional de automovilismo que busca promover el talento femenino detrás del volante, pero también en las ciencias e ingenierías. En el artículo usamos la palabra “pilotas” para referirnos a las mujeres que conducirán los autos de carreras. Sabemos que el Diccionario de la lengua española (Asociación de Academias de la Lengua Española) no recoge esta acepción; tampoco lo hace el Diccionario del español de México ni el Diccionario del habla de los argentinos. Sin embargo, dos grupos que siguen la actualidad de nuestra lengua, el Departamento del Español al Día de la Real Academia Española y la Fundación del Español Urgente, admiten que “pilota” es una palabra bien formada y que “no cabe censurar su empleo”.

En The New York Times en Español creemos que es importante usar el femenino siempre que esté bien formado; por eso mismo usamos lideresa del partido Fuerza Popular cuando hablamos de Keiko Fujimori, pilota cuando hablamos de la colombiana Tatiana Calderón, exfiscala cuando hablamos de la guatemalteca Thelma Aldana y expresidenta para Michelle Bachelet.

La lengua cambia porque la realidad cambia. La última pilota en competir en la Fórmula 1, Lella Lombardi, lo hizo en 1976. Con ella, solo otras cuatro mujeres participaron en la categoría máxima del deporte motor. Hoy está en nuestras manos que esta palabra se vuelva cada vez más común.

Rompimiento

5 de octubre de 2018

Hace algunas semanas publicamos el artículo “Cómo salir adelante después de un rompimiento amoroso”. Aunque los corazones rotos son un asunto universal, parece que los rompimientos no tanto: muchos lectores comentaron que “rompimiento” estaba mal empleado para referirse al fin de una relación entre dos personas.

En The New York Times en Español sabemos que nuestra lengua es una de las más vastas y ricas, por eso intentamos —en lo posible— usar las variantes más usadas en los diferentes países donde se habla español. En México, según el Diccionario del español de México, el “rompimiento” es la “suspensión de la relación que sostenían dos o más personas”. En Colombia, por ejemplo, se usa “terminada” en algunos ámbitos; en Argentina se dice que esos que eran novios “rompieron” pero lo llaman “ruptura”, y en Perú que “terminaron”.

Ninguna es más correcta que la otra, solo que una se usa más en un país —quizá solo en una zona— que en otro. Nuestro objetivo es que de alguna u otra manera, nuestros lectores se reconozcan al leernos y encuentren también nuevas formas de expresarse; siempre nos gustará conocer sus propuestas para enriquecer nuestra variedad de los usos del español.

En todo caso, esperamos que esto no signifique un rompimiento ni una ruptura ni que terminen con nosotros. Pueden estar seguros de que seguimos amando el español en todas sus formas, aunque no podamos ser exclusivos: lo nuestro es el poliamor.

 

Queer

17 de agosto de 2018

Según la Alianza Gay y Lésbica contra la Difamación (GLAAD), el adjetivo queer se usa para referirse a una persona cuya orientación sexual no es exclusivamente heterosexual, aunque también es común que se utilice para definir una identidad de género no binaria, es decir, que no encaja con los estereotipos más comunes asociados a lo masculino/femenino.

En español no tenemos una palabra equivalente y por ello la recomendación de la Fundación del Español Urgente es escribirla en cursiva o entre comillas, como si se tratara de un extranjerismo. Sin embargo, esta semana, hemos decidido usar queer sin ningún tipo de resalte.

Si el lenguaje debe transformarse junto con las sociedades, creemos que es importante aceptar una palabra conocida y usada ampliamente para nombrar una identidad que también forma parte de nuestras realidades. Las personas queers hispanohablantes no son extranjeras: son queers.

Para el Centro de Investigaciones Pew, las personas nacidas entre 1981 y 1996 son consideradas como milénials.

Ser milénial

13 de julio de 2018

Es una palabra que en el último par de años hemos oído cada vez con más frecuencia. Millennial, como se escribe en inglés, funciona a veces como adjetivo y otras como sustantivo para referirnos a las personas nacidas entre 1981 y 1996, según el centro de investigaciones Pew Center. Pero ¿cómo podemos usar esta palabra en español si mencionamos, por ejemplo, que una mayoría clara de los integrantes de esta generación votó en contra del brexit o por el mexicano Andrés Manuel López Obrador?

En The New York Times en Español proponemos la adaptación “milénial” para el singular: eliminar las dobles consonantes y tildar la “e”, porque se pronuncia como palabra grave. Y, para el plural, proponemos “milénials”. Si vas a culpar a los milénials de todo (algo que parece haberse vuelto común en las redes), al menos puedes hacerlo en tu idioma.

Los uruguayos Diego Godín y Luis Suárez celebran el pase a los cuartos de final después de la victoria de la Celeste ante Portugal el 30 de junio de 2018 en Sochi.

Los goles suenan mejor en español

6 de julio de 2018

El futbol (o fútbol) como lo conocemos fue inventado por los ingleses, sí, pero nadie podría negar que hoy es un juego universal que se vive en muchas lenguas; en español ya lo llevamos en la sangre. Aunque solo nos queda Uruguay como representante hispanohablante en Rusia 2018, seguimos viviendo la Copa del Mundo en español.

A diferencia de este locutor peruano, que tuvo que hacer su propio diccionario para narrar los partidos en quechua, nosotros ya tenemos las palabras: oímos y hablamos de “tiros de esquina” o “córneres”; de “penaltis”, “pénaltis” o “penales”; de “árbitros”; “videoarbitraje”, y “juego limpio” o “deportividad”. Que los goles suenan mejor en español… si no, pregúntennos.

Hirving Lozano, seleccionado mexicano, defiende el balón del alemán Joshua Kimmich en el Mundial Rusia 2018.

¿Fútbol o futbol?

22 de junio de 2018

En estos días de Mundial, quizá ya no quieres saber nada del balompié o quizá vives, comes y sueñas fútbol… ¿o futbol? ¿Te has preguntado cuál es la forma correcta de escribir esta palabra?

Pues es válido escribirla tanto con tilde como sin ella. Si la escribes con acento, muy probablemente seas de Argentina, Perú, Venezuela o España y la pronuncias como una palabra grave, al poner énfasis en la “u”; si eres mexicano, guatemalteco o nicaragüense, el énfasis estará en la “o” y, al ser una palabra aguda que termina en ele, no se acentúa. Nosotros usamos ambas variantes.

Por primera vez en la historia de España, hay más mujeres como titulares de ministerios.

¿Consejo de ministras?

8 de junio de 2018

Por primera vez en la historia democrática de España, el gabinete del Gobierno está conformado por once mujeres y seis hombres. Esta proporción inédita ha llevado a algunos a plantear si ya es momento de usar “Consejo de Ministras” para referirse al grupo, una forma de hacer justicia a la mayoría femenina que lo compone.

En la Nueva gramática de la lengua española se lee que, al hablar de un conjunto formado por hombres y mujeres, la referencia debe ser en masculino, lo que es conocido como masculino genérico. Sin embargo, la realidad lleva a que agrupaciones como la Fundación del Español Urgente cuestione si ya es hora de optar por la concordancia en femenino para referirse a un grupo mixto con mayoría de mujeres. Ustedes, lectores y lectoras, ¿qué opinan?